Mesías
Son las 4 AM. Venimos de un carrete. Yo y ella. Estamos ebrios. Adelante, le digo. Y entramos a mi casa. Honestamente, no recuerdo su nombre. Puede que se llame Katy. O Naty. Es tetona, morena y caliente. Entra y se desnuda de un tirón. Sus calzones gotean. Tiene calor. En la fiesta tomó una de esas pastillas que te encienden. En el lavamanos bebe agua durante un minuto. Luego me pregunta qué tengo. Veo su cuerpo y me caliento. Saco mi cédula de identidad y dispongo dos líneas blancas. Jalo una. Ella se acerca agitando sus tetas. Y jala la otra. Y me desnudo. Le ofrezco otra y la rechaza. Estoy bien así, dice. La toco y me detiene. Me dice que le chupe su vagina, que cuando está drogada le cuesta lubricarse. Le lamo la vulva y el ano. Ella gime y me para. ¡Mételo!, me grita. Abre las piernas. Veo su rostro excitado y me parece fascinante. Varío el ritmo; primero rápido, luego lento y más adentro, y luego rápido. Y miro su cara. Los vaivenes de sus gestos. Mi pene está muy rígido. Y siento claramente cómo su vagina lo succiona. Y vuelve succionarlo. Estoy sensible. Muy sensible. Siento todo. Siento sus oscilaciones pélvicas. Siento su útero palpitante. Y cierro los ojos. Los abro y veo a mi madre. ¡Me estoy follando a mi madre! Siento nauseas. Y ella me dice que mi cama huele a perro. Vuelvo a cerrar los ojos. Los abro y mi madre ya no está. Katy o Naty me dice que mi cama huele a perro. Y vomito. Justo en su cara. Alcohol y papas fritas.
Quiero hablar de mi infancia. Fue miserable. Pero feliz. Bendita sea la ignorancia en que vivía. Ahora no. Ahora sé cosas. Maldigo el momento en que conocí a Dostoievski. Y a Camus. Y a García Márquez. Maldigo a la literatura en general. Y a haber descubierto la belleza de la poesía. Y al cine, por supuesto. Maldigo a Hitchcock, a Kubrick y a Lynch. Mis compañeros de escuela siempre serán unos ignorantes. Ellos no aprendieron a ver buen cine. Tampoco a apreciar la literatura. Y se los envidio. Envidio su mala educación. Ellos ahora tienen oficios con sueldos viles, ven fútbol todos los fines de semana, alegan contra el gobierno en discusiones poco concluyentes, consiguen una esposa sumisa, son machistas, son obtusos y a veces se embriagan. Así existen. Y la mayoría de ellos son felices en sus pequeñas vidas. El conocimiento no sirve. No es necesario crecer. Pensar. Tu alma morirá. La ignorancia, en cambio, es gloriosa.
Corro al baño y sigo vomitando. Desde mi cama, Katy o Naty me insulta. Cuando vuelvo, ya no está. La puerta de mi casa está abierta y sobre mi cama mi perro lame los restos de mi regurgitación. Lo echo a patadas. Luego siento pena. Y lo dejo estar conmigo. Como siempre. Y el muy astuto se sube a la cama. Y mueve su sucia cola. Sabe que me reiré. Y lo hago. Y duerme junto a mí. Al fin y al cabo, es igual que yo.
La casa de la quebrada en que vivía con mis padres y mis hermanos era una pocilga; no teníamos luz ni agua. Y casi no comíamos. Si llovía, había que dormir en el barro. Y si te enfermabas, había que rezar. Pero no importaba. Eso es vivir. Sobrevivir. Ser un animal. En mi escuela todo el mundo era como yo. Ahí no había clases sociales. Recuerdo que era amigo de la tía del kinder. Le contaba lo que pasaba en mi casa y me oía con compasión. Y a veces me regalaba cosas; velas por ejemplo. Para que pudiera ver en la noche. Y siempre me daba consejos. Le conté que mi hermano mayor se fue de la casa y me dijo que ahora yo tenía que cuidar a mi hermana pequeña. Mi hermana es sordo-muda. Todos los días tenía que bajar del cerro a dejarla a su escuela especial y luego subir a la mía. Cuando me quedaba dormido y me atrasaba, la dejaba en el kinder con la tía. Era muy chistosa mi hermana. Vivía su propio mundo. Pero se entendía muy bien con todos, incluso peleaba por lo suyo. A sus ojos inocentes, ella era igual que los demás.
Despierto cerca de las 3 de la tarde. Miro a mi alrededor y me contextualizo. Estoy en mi casa, estoy solo, es martes, pienso. La pieza con baño en que vivo huele a mierda de perro y alcohol. Echo al animal y recojo botellas y excrementos. Después almuerzo pan con mantequilla. Y fumo un pito. Y me tiro a la cama. Y me duermo. Alguien golpea la puerta varias veces hasta que reacciono y abro. Son las 10 de la noche, se viene el carrete, me dice un vecino mientras entra. Luego ubica un pisco y una bebida en mi velador y va a buscar vasos. Me paso ambas manos por la cara e intento despertarme. Fúmate esto pa calentar motores, me dice y me pasa un pito mezclado con pasta base. Lo fumo. Y empezamos a beber. Pongo un disco de Radiohead y mi amigo se enoja. Me pide algo más movido. Después me pregunta cómo me fue ayer con la Paty.
Sigamos con mi infancia. Mi papá era carpintero; mi mamá, puta. Lo de la prostitución lo supe muchos años después, en un viaje a otra ciudad. Ahí estaba mi madre, vendiéndose en una esquina. Mi papá se llama José; mi mamá, María. Tenía siete años el día en que mi mamá se despidió y no volvió. Mi papá es alcohólico. No lo culpo. Conseguía trabajos ocasionales y casi siempre se bebía el dinero que obtenía. Yo y mis hermanos vivíamos de la limosna. Todo empeoró cuando mi mamá se fue. Mi papá se hundió en su vicio. A veces pasaban semanas sin que lo viéramos. En muchas ocasiones yo y mi hermano lo encontramos botado en el centro y desocupamos sus míseros bolsillos. Mi hermano es cinco años mayor que yo. Cuando tuvo la oportunidad de irse, lo hizo. Yo hubiese hecho lo mismo. Usualmente iba a dejarnos dinero a mí y mi hermana. Es traficante. Desde que se fue, nunca más habló con mi papá.
Me hallo en un antro. Suena Chico Trujillo. Estoy, pero no estoy. Una mujer me baila. Usa una polera corta que deja ver una gelatinosa panza. Sentado en un viejo sillón, alterno mi visión entre su hipnótica danza y el entorno lleno de colores vivos e inestables. La música se oye lejana. El bajo, en cambio, es potente y retumbante. Y monótono. Vivo una realidad paralela. Todo el tiempo. Escapando. La mujer ahora se sienta en mis genitales y sigue bailando. Y me lame. Oigo risotadas lejanas. En realidad todo es lejano. Excepto el invariable sonido del bajo. Miro a mi alrededor y veo rostros alegres. Observándome. Luego llego a un punto en que nada sé y nada me importa; a un terreno desvanecido e indefinible, donde no existe la noción espacio-tiempo. Y bebo. Y bailo. Y canto. Y fornico en el baño del bar. Y en la cópula vuelve a aparecer mi madre. Y vuelve a esfumarse. Y la mujer del baile me da nalgadas. Y veo pasar una rata. Y eyaculo.
A los 12 años perdí mi virginidad. La vida era diferente en la población en que vivía. Existíamos en la extrema ignorancia y libertad. Éramos animales descubriéndose. A esa misma edad dejé mi casa. Lo recuerdo claramente. Toda la escuela observaba a un furgón de carabineros que se estacionó fuera del establecimiento; luego tocaron la campana, entramos a las aulas y al rato el director fue a buscarme. Alista tus cosas, me dijo. Me llevarían a un hogar de menores. Me acuerdo que con una profesora cruzamos el desolado patio hacia el furgón. Sentí miedo. Y a mitad de trayecto me desesperé. Y empecé a llorar. Y grité. Grité por mi hermana sordo-muda. ¿Quién la cuidará?, ¿quién la entenderá?, decía entre sollozos. Y me detuve. Y tuvieron que llevarme a rastras hasta el vehículo de carabineros, entre lágrimas y chillidos. Todos los niños de la escuela me miraron desde las ventanas de las salas de clases. Tras de mí dejé una escuela triste y aletargada.
Unos pasos me despiertan. O creo que me despiertan. Tal vez es un sueño. Veo la neblinosa figura de una mujer caminando a mi puerta. El portazo confirma la realidad de la imagen. Y abro ampliamente mis ojos. Miro mi reloj y me contextualizo. Son la 1 PM, es miércoles, acaba de irse una mujer que no recuerdo, pienso. La resaca es leve. Me levanto y bebo casi un litro de agua. Tengo hambre. Reviso mi despensa y sólo veo un pan duro. Busco las llaves de mi vecino y voy a su casa. Está durmiendo. Abro su refrigerador y sacio mi apetito. Vuelvo a mi casa. No tengo que hacer nada y no tengo energía para nada. Así son mis días. Y me pongo a ver televisión. Pura basura. Basura que consumo a diario. A veces por horas y horas. Y fumo un pito. Y me acuesto. Y me duermo.
El hogar de menores me dio una brutal bofetada en la cara. Me mostró una vida diferente. De mi papá me alejé por completo. A mis hermanos, en cambio, los veía de vez en cuando. Mi hermana quedó en manos de una prima de mi madre que quiso hacerse cargo de ella. Mi estadía en el hogar me trajo cosas buenas y malas. De entre las primeras, sin duda, están las tres comidas diarias. Eso me impactó. Y de entre las segundas: los prejuicios. Verme al espejo y revelarme como un ser inferior. Eso fue lo peor.
Suena la canción paranoid android de Radiohead. Estoy durmiendo. No sé si la escucho o la sueño. La música se detiene. Luego vuelve a comenzar. Y ahora me despierta. Es mi celular. Alo, digo. Hola, soy Paty. ¿Paty? Sí, Paty. Dime. Sabes quien soy, ¿cierto?. En realidad no. Te acostaste conmigo varias veces, vomitaste en mi cara, ¿no te acuerdas?. Si, algo; tengo muy mala memoria. Bueno, me lo haces más fácil, llamaba para decirte que tengo sida, así que tú también. Y colgó. Y bostecé. Y continué durmiendo.
Pasemos a mi adolescencia; me enamoré, sufrí, me volví a enamorar, hice sufrir. Y así sucesivamente. Hasta que me aburrí. O desistí. Durante ese proceso aprendí cosas. Cosas que no debí aprender. Cosas que convirtieron una vida cándida en una suspicaz; y muy vulnerable. Hablo del cine y la literatura. A momentos, la rutina en el hogar de menores se hacía insufrible. La soledad. El miedo. La melancolía. Una película o un libro era una puerta de escape. Y así, fui escudriñando esos placeres. Casi vicios. Escapando. Y conocí a Kafka. Y a Salinger. Y a Poe. Y a Cronenberg. ¡Cómo los odio! Ampliaron mi pequeño universo y me fui haciendo cada vez más ínfimo. La libertad no sirve. Estoy atado. El mundo no está a mis pies, sino en la cima del Everest. Es triste descubrirlo.
Despierto y veo mi reloj, son las 3 AM. Recuerdo que tengo sida y sonrío. Luego dejo entrar a mi perro. Somos iguales, le digo. Y le doy algo de comer. Guiado por un impulso irresistible, saco de debajo de mi cama una caja y la abro. Ahí yace parte de mi pasado. Decenas de libros y películas en VHS. Me siento nostálgico y rabioso. Y voy por un whisky que reservo para ocasiones especiales. Bebo de la botella al tiempo que hojeo los libros y reviso los títulos de las películas. El guardián en el centeno y Seven saltan a mi vista. Odio mis crisis de lucidez. Cada vez que ocurren saco mi puta caja.
Mi hermano está prófugo fuera del país por narcotráfico. Antes de huir, me regaló parte de sus bienes raíces. Los demás se los dio a mi hermana. Vivo en la casa más pequeña de las que me dio y me mantengo con el arriendo de las demás. Mi hermana me detesta. Antes era su ídolo; ahora me considera basura. Y tiene razón. Soy basura. Y cobarde. Es curioso, el cine y la literatura fueron mi escape; hoy escapo de ellos.
Voy por mi marihuana skunk y armo unos pitos. Y empiezo a fumar. Y bebo whisky de la botella. Y sigo hurgando mi caja. Y de fondo oigo el ok computer. No quiero una mujer a mi lado. No me interesa. He descubierto la fórmula matemática del amor. Sé tierno. Sé amable. Sé desprendido. No tardará en aparecer una mujer que quiera estar contigo. ¿Pero para qué? Ellas no me estimulan. Nada me estimula. Prefiero ser un animal. Y comienzo a sentirme mal. Siento que mi cerebro flota sobre mi cabeza. Y me tiro al suelo en posición fetal. E intento vomitar. Y siento que muero. Y vomito bilis. Y escupo sangre. Y vomito sangre. Y muero. Y nadie puede salvarme. Y cierro los ojos.
Borges escribió que los animales son inmortales, porque ellos no saben que van a morir. Yo soy un animal. Yo soy inmortal. Yo soy un perro. Un perro vagabundo. Olfateando el culo de los otros perros. Desesperanzado y liberado. Viviendo, simplemente.
Tengo 33 años. Soy un fantasma. Un zombie. Por un lado es cierto y por otro no. Y despierto. Veo mi reloj y me contextualizo. Son las 2 PM, es jueves, estoy vivo, pienso. Sobreviví a otra de mis sobredosis. Y suena paranoid android. Mi celular. Alo, digo. Hola, habla la Cata, ¿te acuerdas de mí? No, no me acuerdo. ¿Podemos juntarnos? No, no quiero. ¡Es importante! No creo que lo sea. ¡Estoy embarazada! Viste que no lo es.
Albert Camus creó a Meursault, un hombre incapaz de encontrarle un sentido a la vida, al amor o a la muerte. Yo soy un Meursault fríamente calculado. No tengo la desidia congénita del personaje de Camus, por eso vivo una realidad paralela. No busco acabar con mi vida ni hacer algo significativo de ella. Sólo busco vivir. Así de simple y brutal.
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