Yermos los brazos, arrugado el párpado,
el luengo cordón que es el alma, mira lejos.
En otro sitio y otra hora los aparejos
dejó olvidados. Implacable su pecado
lo persigue en el sueño y los espejos,
ajadas copias en que mira al obcecado
producto de la ruta que ha trazado,
su linaje, podre, estirpe, sus perplejos
y nunca bien trazados gestos. El proyecto
mayor que lo desvela, el viento mismo
que lo empuja lo envenena, un abyecto,
turbio esquema lo atormenta: cataclismo.
Asombrado autor, arrepentido, el recto
esqueleto dobla, se mira repetido él mismo.
|