Roxana era una mujer joven todavía,
su vida había transcurrido feliz,
primero al lado de sus padres,
que como única hija que era
la colmaron de amor, lujos y atenciones
porque asi lo permitió la magnifica
condición económica de la familia.
Luego fue desposada por Rolando Quiñones,
próspero y emprendedor hombre de negocios,
que bien pronto consolidó una gran fortuna
gracias a la habilidad temeraria que era
su divisa en las lides bursátiles.
Sin embargo, desde unos meses atrás,
Roxana había iniciado un penoso periplo
por hospitales y laboratorios clínicos
en busca de alivio para algunos dolores
y enfermedades que en otros tiempos
le fueron fáciles de sanar.
Ese peregrinar la llevó a la sala de recepción
del lujoso hospital donde ahora se encontraba.
La espera, aunque sólo ha sido de algunos minutos,
le parecía eterna. Con resequedad en la boca
y sudoración fría en las manos,
pretendió entretener al tiempo
evocando imágenes bellas de su vida.
Volvió a sentir la desbordante alegría
de sus fiestas infantiles, disfrutó otra vez
del legítimo orgullo de aquella mañana
en que aprobó su examen profesional
y se estremeció de pasión al evacar
su primer noche de casada.
Se dió tiempo para recordar los maravillosos
y apasionados viajes de placer que había realizado
con su esposo. Bueno, hasta se filtró en su memoria
aquellas vacaciones en Rio de Janeiro donde coincidieron con su prima Niccol, quien festejaba su tercer divorcio con el desparpajo que la caracterizaba.
Ese si que fue un viaje delicioso, a pesar de aquel
horroroso día en que su esposo y la prima Niccol
quedaron atrapados en un trafico infernal, que no los liberó hasta bien entrada la noche. Recordó con satisfacción femenina como se desvivió Rolando para que lo disculpara. ¡Su amado Rolando!, todavía no se explicaba tanta culpabilidad, si el trafico de las grandes ciudades castiga a cualquiera.
Lo que si le disgustó y le extrañó fue que al otro día Niccol voló a México, se fue sin despedirse,
¡pobre Niccol!, ya no la volvió a ver con vida, pues
al año, murió en París, victima de una repentina como extraña enfermedad.
Sin quererlo, hilvanó este recuerdo triste, con las palabras solemnes del doctor Riquelme, -señora, sólo por precaución, le mandaré unos análisis clinicos, urge que se los realicen-.
¡Caray con el doctorcito!,
prescribirle a ella análisis para detectar esa maldita enfermedad que se ha convertido en pandemia de la humanidad.
¡A ella!, que no ha conocido otro hombre que su adorado esposo. Se estaba llenando de ira, cuando escuchó la voz de la enfermera que le decía:
-señora Roxana, los resultados que espera, están en este sobre-. Recibió el sobre y muy a su pesar sonrió cuando vió el gafete de la enfermera:
"Esperanza Buendía".
No esperó más, con ansiedad razgó el sobre y ávida leyó su contenido...
En el centro del papel, con nítida claridad
y en caracteres negros como la muerte,
POSITIVO, decía. |