EL AÑO EN QUE EL HOMBRE SE ACERCABA A LA LUNA
Pasé aquella tarde caminando por la playa, el frío había espantado a los pocos turistas y lugareños, el mar rugía afónico de tanto chocar contra el acantilado; en la pequeña porción de arena que oficiaba de playa observé una infinidad de piedras que el oleaje caprichosamente acercaba y alejaba. Algunas de ellas me atraían por sus formas, colores, y brillo. Aproveché la ocasión para tomar tres, una triangular de color verde agua, otra de tono azul, veteada con blanco y gris, la última elegida, era morena con incrustaciones doradas y transparentes que mostraban un perfecto rostro femenino. Las guardé en el bolsillo de mi campera, me refugié detrás de una roca para poder encender un Gitanes. Dejé la vista remar en aquella inmensidad de agua y cielo asustado. El mar embraveció, pude sentir cómo embestía con furia a la roca que me guarecía. Presuroso, me alejé de aquella playa, en la retirada creí oír claramente un grito de desgarrador, giré, creí que tal vez alguien podía pedir socorro desde al agua, había sido un bramido de angustia. Entrecerré los ojos buscando en el mar alguna forma que diera veracidad a mis sospechas. Sólo pude ver como las olas se devoraban lentamente la playa, pero ninguna figura humana a la vista. Una pesada bruma ayudó a oscurecer ese atardecer purpúreo que empezaba a desperezarse.
De regreso a la cabaña escuché a los pescadores preocuparse por tan mal tiempo y el ímpetu del oleaje, e increíblemente lo relacionaban con una maldición que podía terminar con ese pequeño paraíso. El absurdo me hizo sonreír. Mi mozo personal me acercó la cena al cuarto (una importante cazuela de mariscos regada con vino blanco áspero y dulzón que arañó mi garganta) dijo que el mar estaba enloqueciendo. Lo miré incrédulo e irónico. “Señor – dijo el muchacho que se llamaba Roberto – por causa del clima han desaparecido dos barcazas de pescadores cerca de la costa. Las olas van creciendo con fuerza. Todos aquí están asustados y creen que tal vez sea... “ calló de pronto, como avergonzado. Lo insté a seguir, pero se disculpó por su parlamento, tomó la propina y se retiró. No quise decirle al muchacho acerca de aquel grito de dolor que creí haber oído y sin más me dediqué a la comida. Para el momento del café con coñac puse una cinta en mi geloso pero el sonido del mar se filtraba por la ventana, y era mas fuerte que la música. Busqué las piedras recolectadas que casi había olvidado, y a la luz del velador pude disfrutar de su textura, suave la triangular, ligeramente rugosa la de forma de gota, y al tocar la morena, por un momento sentí que la piedra inspiraba y exhalaba. El cansancio puede generar mucha confusión, sin duda, tanta creencia en lo sobrenatural me había emboscado. Negué con mi cabeza tan absurda percepción, apuré el final de la copa de vino y me dormí. Un grito espantoso me despertó a las tres de la mañana, era el mismo aullido de la tarde. No voy a negar que preso de cierto miedo había asegurado puertas y ventanas, pero pronto comprobé que uno de los postigos estaba suelto y el gozne hacía un chirrido importante. Ese ruido me había despertado y mi subconsciente debió recurrir con rapidez al aullido de la tarde. Pude ver en la oscuridad las olas rompían furiosas cerca del murallón, el mal tiempo continuaba. Volví a la cama. El amanecer ocurrió mas tarde lo habitual, me acicale antes de salir. Mi rostro frente al espejo mostraba que no había sido la mejor de las noches. En el pequeño bar del complejo de cabañas todos lucían preocupados. Busqué una mesa con vista al mar para disfrutar mi café con bollo de chocolate y vainilla. Roberto, estaba charlando con una bella chica, ambos lucían angustiados, al verme se me acercó gentil y apurado, sintiéndose culpable por no haber alcanzado el desayuno a mi cuarto. Le ofrecí una propina para que se serenara y me contara el motivo de tanto nerviosismo.
- Es que el mar no deja de crecer, señor. Y eso no es bueno para nadie. No habrá turismo si las cosas no vuelven a la normalidad – dijo en tono asustado.
Lo interrumpí tratando de explicar que las pésimas condiciones climáticas a veces se extendían más de lo habitual. Pero él pareció no escuchar y continuó.
- No ha oído al mar gritar su dolor durante la noche? Pide por algo que le pertenece.
Me paralicé, no pensaba caer en las creencias paganas de una aldea, y menos en esos años, cuando el hombre se acercaba a la luna. No estábamos para supersticiones. Sonreí, balbuceé alguna frase inconexa, pero continuó.
- Todos aquí creemos que quien haya robado al océano, será marcado con cruces en la cara. La mujer que estaba hablando conmigo, dice que cada cien...
Al ver mi gesto burlón, Roberto pidió disculpas por la charla y se marchó, le hizo una seña a la chica con la que charlaba, quien me miró por sobre el hombro y ambos ingresaron en la cocina.
Yo estaba tan molesto e irritado que salí a caminar por la costa, las olas comenzaban a mojar la ruta. Bajé hasta el puerto y me instalé en un bar de pescadores. Almorcé allí, pasé parte de la tarde fumando, tomando wisky barato rebajado con agua mientras releía mis escritos. De tanto en tanto escuchaba aquel grito de espanto viniendo desde cualquier parte. Confirmé que todos allí lo oían. Pude ver que algunos aldeanos se persignaban y otros simplemente escondían temerosamente sus cabezas entre los hombros. Aquella versión de la maldición se hacía presente en cada diálogo. El miedo corría libre por los rincones de ese pueblo acostumbrado al mar sereno y sol cansado. Los gritos eran cada vez menos espaciados. Regresé al complejo por la ruta balnearia. Me detuve frente a lo que había sido la pequeña playa, sentí el romper de las olas contra el murallón, salpicando mi rostro. Un ardor en la cara me hizo retroceder, aquellas gotas eran como agujas filosas. Increíblemente estaba cayendo en el pensamiento absurdo del que me hablaba Roberto. Enojado, llegué a la habitación, ordené café y toallas limpias. Quedé absorto frente al espejo, mi rostro estaba marcado por arañazos en forma de cruces. No había sido un delirio aquello de las gotas incrustándose en la carne y lo que era peor, la absurda creencia aldeana comenzaba a tener rasgos reales. Mi mozo llegó con el pedido y se horrorizo al verme.
- Entonces es usted! – gritó espantado – usted es quien tiene lo que el mar busca. No se detendrá hasta obtener lo que le es propio. Y esa mujer... – Hizo un silencio, se tapó la boca con desesperación, giró sobre los talones, y salió a toda marcha, no sin antes tomar su propina.
Eran demasiadas coincidencias, traté de serenarme, las heridas me ardían. Las piedras sobre mi mesa de luz permanecían igual. Contemplé la que parecía tener aquel rostro. Dos golpes secos a mi puerta me desalojaron de cualquier pensamiento. Roberto había regresado pero acompañado por esa joven morena, de rostro delicado, con quien charlaba en la mañana.
- Ella le explicará todo – dijo el muchacho – por favor, escúchela.
La chica se sentó frente a mí, mientras empezaba a hablarme supe que esa cara la conocía.
-Este mar que usted ve, sufre un dolor impostergable, pero la maldición de los océanos le impide llorar. Por lo tanto muestra su pesar lanzando piedras a la playa. Todos aquí creen que si alguien toca alguna de ellas, el mar no descansará hasta tenerla de vuelta. Pero es mentira. De todas las piedras arrojadas hay una sola que él desea. Una especial, con el rostro de la mujer que el mar ama. Una vez cada cien años, la deja pasar algunos días en la playa, y le permite a la mujer vivir una vida normal, sin algas ni caracoles luego mujer y piedra deben volver juntas al mar. Esta vez al retornar a la playa no encontré la piedra, y pensé que me había liberado, pero veo que no es así.
La miré sorprendido.
- No tema, estoy acostumbrada a este momento. Mi tiempo se ha terminado – dijo - Si no regresara el mar terminara con toda la aldea y con usted
- Por favor, no pueden creer en eso – dije mirando a la chica y al mozo.
-No? Y cómo justifica esas heridas en la cara? – arrojó ella.
No tuve tiempo a responder, un golpe feroz en mi nuca me arrojó de cara al piso. Desperté al borde del barranco, Roberto, la chica y otros hombres estaban a mi lado.
-Siento haberlo golpeado, señor – se excusó mi mozo – pero no podíamos perder más tiempo. Le pido sólo un favor, arroje al mar la piedra con la cara de mujer, está en su bolsillo. Usted la tomó, y debe devolverla.
Miré a la chica. Ella sonrió, la oí musitar:
- Algún día él me dejará libre, no me resigno.
Con una mezcla de descrédito y desencanto lancé la piedra, hubo un grito más espantoso que todos los anteriores. Los hombres bajaron la cabeza y vi a la chica deshacerse en el viento como una estatua de sal reseca. El mar se calmó, el cielo se abrió espantando las nubes. Los que estaban a mi alrededor cayeron de rodillas y elevaron un canto doloroso. Roberto se mostró sumamente preocupado por mí, sabía que mi escepticismo había recibido un duro golpe y me acompañó en el descenso. Bajé hasta la playa en silencio sin poder ordenar ninguna idea, todo era difícil de creer. Cien años para vivir este momento y yo había estado allí. Llegué a la playa, no había piedras, sólo una inscripción hiriendo la arena: “Resignarse es un suicidio permanente”. El mar ya no rugía, tenía un murmullo enamorado.
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