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Inicio / Cuenteros Locales / blasleon / Raquel

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Raquel no creía en la cigüeña, por eso sabía que su problema no se resolvía cerrándole la puerta a un pájaro. Apretó los párpados, tratando de hacer completa la oscuridad y se tapó con la manta hasta la barbilla. Pronto llegaría el frío y ese único abrigo no sería suficiente. Había un silencio anormal aquella noche, como si las otras supieran de su problema y callaran, derribando con su silencio cualquier barrera que la eximiera de pensar. Al otro lado, tras las finas paredes de madera carcomida, la noche se impregnaba del olor a mal augurio. Mientras estuviera dentro, estaría segura. Alguien tosió, ella se cubrió la cabeza con la manta y dejó de respirar.

De niña también lo hacía y jugaba a que estaba en una cueva, donde inventaba mil aventuras. También entonces contenía la respiración hasta que no podía más; luego retiraba la ropa de golpe y respiraba, abriendo la boca de par en par. La sensación del aire penetrando en los pulmones era igual a la del viento en el rostro, cuando papá, de regreso de la consulta en el pueblo, iba a buscarla al colegio y la montaba a la grupa del caballo. Galopaban, sorteando las piedras, camino de casa. Como se enfadaba mamá diciéndole que un día la dejaría caer, pero lo que tenía era envidia, una envidia sana que nacía del recuerdo de un pasado cercano, cuando era ella la que ocupaba ese lugar. Los cascos que ahora resonaban en su cabeza eran otros, espoleados por unas botas altas, negras, relucientes, que no sugerían autoridad, sino miedo. Abrió los ojos a la realidad y se alegró de no ver el alrededor. Haría lo que fuera para no dormir ni un minuto más aquella noche y así alejar la madrugada. Volver a la vida era estar más cerca de la muerte y sortearla era su tarea diaria.

La primera luz del alba dibujó en los cristales su extrema suciedad. Raquel se levantó la primera; se lavó con el agua helada de la pila, que todas usarían y que nunca cambiaban; se vistió con ropa limpia, mejor que la de las otras; y salió rumbo a la casa. La cabeza alta, no por arrogancia, sino por seguridad: “Nunca ocultes el rostro, le dijeron, pensarán que ocultas algo y te matarán.” Al entrar a la casa, los soldados, que custodiaban la puerta, le cerraron el paso. Se abrió hueco entre ellos, sin abrir la boca, aguantando el roce y la carcajada de los dos. Dentro, se dirigió a la cocina y preparó el desayuno. El olor de la comida le produjo un retortijón en el estómago. No probó nada, él lo habría notado. Preparó también café, lo puso todo en una bandeja y subió a la habitación. Antes de llamar, miró la hora en el gran reloj de pared. “Nunca antes ni después de la hora –le había dicho-, o atente a las consecuencias.” Abrió la puerta y entró. El hombre se desperezaba, de pie, junto a la ventana. Vestía bata y zapatillas.

–Déjalo sobre la mesa –dijo, sin volverse–. Desayunaré después. Ahora quiero que me laves.

Sin pudor alguno, se despojó de la bata y se giró hacia ella. Ella trató de no mirarle, aunque no era la primera vez que le veía desnudo.

Todo estaba ya preparado: la bañera, el agua caliente que desprendía vapor, el jabón, las toallas. Raquel supuso que lo habían hecho los soldados de la puerta y que la carcajada no había sido por el roce, que existía cada día, sino porque sabían lo que iba a ocurrir arriba. El hombre se introdujo en la bañera, con gesto de placer. Raquel cogió el jabón y empezó a enjabonarle. El hombre, con la mano empapada, le agarró de la ropa y la atrajo hacia la bañera. Raquel estuvo a apunto de caer al agua.

–¡Ven, puta! –dijo–. ¡Desnúdate! ¿No pretenderás que te folle vestida?

Raquel obedeció. Sabía que si no lo hacía, el hombre la obligaría, a golpes. No pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Su llanto contrastaba con la risa lasciva de él.

–No llores, gatita y metete conmigo en la bañera. Nunca habrás tenido un baño tan caliente– dijo en tono sarcástico.

Raquel obedeció deprisa, tratando de que el hombre no se fijara en su tripa. Aunque apenas se notaba, ella intuía que él se daría cuenta. Dentro, se dejó hacer, aguantando el asco que le producía el contacto de sus cuerpos. En un momento, el jabón se le escurrió de la mano y fue al fondo de la bañera. Trató de buscarlo, pero él no dejaba de moverse y no lo encontró.

–Yo sé que en el fondo te gusta –continuó diciendo él–, aunque no me lo quieres decir.

El hombre se divirtió, jugando un rato más. Cuando se cansó, la apartó con violencia y dijo:

–Sal de la bañera y trae la toalla . Ahora iremos a la cama.

Raquel obedeció, dejando un reguero de agua tras de sí, que tendría que secar después, de rodillas. Al darse la vuelta, tras coger la toalla, vio que él trataba de incorporarse, apoyándose en los bordes de la bañera. Todo fue tan rápido que Raquel apenas se dio cuenta de lo que sucedía. El golpe la hizo cerrar los ojos. Cuando los abrió, apenas un instante después, vio que el hombre, dentro de la bañera, no se podía incorporar.

–¡Ven aquí, zorra, ayúdame! –gritaba, con gestos terribles de dolor–. ¿Qué has hecho con el jabón? ¡Lo has dejado dentro deliberadamente!

Raquel se quedó quieta frente a la bañera. Si seguía gritando, los soldados no tardarían en subir. Miró en derredor, buscando algo con lo que hacerle callar. Sobre la silla estaba el uniforme y sobre él, sujeta al cinturón, estaba la pistola. Se obligó a ir a por ella, sacando fuerzas del odio que le producían los gritos. Él no creía lo que veía y seguía gritando. Ella ya no le oía, solo veía el movimiento de sus labios. Sacó la pistola de la funda y apuntó a la bañera. No le veía a él. Veía a su padre, cayendo a la zanja desnudo, sobre los otros cuerpos esqueléticos. Y a su madre, violada y golpeada una y otra vez, hasta la muerte, en su mismo barracón, mientras a ella la obligaban a mirar. Y recordó también, lo felices que eran, en su casa en el campo, antes de que llegaran ellos y se los llevaran, en contra de su voluntad. Entonces disparó una, dos, tres veces; hasta que los gritos se ahogaron en el fondo de la bañera, rebosante de sangre.

Fue a la puerta y comprobó que estaba cerrada con llave. Fuera, oyó ruido de botas subiendo por la escalera. Sin soltar la pistola, se acercó a la mesa de escritorio y cogió varios documentos, que si hubiera leído, habría visto que eran sentencias de muerte firmadas la noche anterior. Fue hasta la estufa de carbón y los prendió. Con ellos incendió las cortinas y la ropa de la cama. El resto del papel en llamas lo tiró sobre la mesa, cogió una botella de licor y la vertió sobre ella y sobre el suelo. De repente se encontró rodeada por las llamas. Varios puños aporreaban la puerta con fuerza, desde fuera, a punto de derribarla. Raquel miró la pistola y apoyó el cañón en la tripa.

–Nada de lo que has tocado, quedará –dijo, mirando al muerto–. Nada que venga de ti, vivirá.

Y disparó

La visión de las llamas paralizó el campo durante algunas horas, en las que los soldados, sin éxito, trataron de salvar la casa. Los presos no sabían lo que ocurría, pero se alegraron de ver que lo que ardía, era la vivienda del comandante, que tanto daño les hacía. Fuera de allí, el humo no llamó la atención: Todos pensaron que en el campo habían incrementado el trabajo de los hornos crematorios.


Blas León.

Texto agregado el 13-11-2007, y leído por 171 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2008-02-18 22:47:06 Blas León, esta noche visité los miedos de Raquel. El agua de la bañera se ha quedado en mi memoria mojando con el mismo dolor que el proyectil libero de su condena a Raquel. Por desgracia has descrito sin quererlo una rutina escondida del mal humano que en algunos habita. Un cuento el tuyo que no ha de dejar indiferente a aquellos que se atrevan a leerlo. Gracias por recomendarme su lectura y ahora entiendo el por que de tu orgullo de escritor. Yo también lo estoy de conocerte. elloco2
2007-11-21 19:52:32 Dios, Blas.... :_( 5*s nayru
2007-11-20 14:10:33 Un relato durísimo pero tan cierto ¡cuánta miseria vestida de orden público, legalidad y honra! ¡cuánta cobardía nos rodea y nos domina! El ritmo, la narrativa impecable, como siempre. Mi agradecimiento por la denuncia, mi admiración por tu calidad literaria con mis cinco estrellas y un abrazo. maravillas
2007-11-18 17:24:35 Magnífico regreso, Blas, te has pasao con este cuento. Grandioso y estremecedor, cuesta llegar al final, como dice iolanthe. Mis estrellas admiradas ***** neus_de_juan< /a>
2007-11-16 13:14:19 Y la curiosidad me llevo a continuar, siempre evito esta temática, pero usted siempre sabe encauzar las historias. Es muy visual y describes las imágenes de forma que bien podría ser un film. Llevaremos una Raquel dentro, por cada dictadura. Saludos iolanthe
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