Ocaso
Y ya no es el viento una brisa,
en la hora cero,
cuando la ilusión responde
y los ecos sordos resuenan;
y el sol dejó de ser un amigo,
donde se descuelgan las mañanas
y se calienta la sangre
con el don de los poderes;
y las nubes tampoco son un mar de reflejos,
un laberinto de puertas,
que esperan abiertas
al que sueña despierto.
El primero ya es cuchilla,
helada,
que hizo de la rosa una llaga;
el del medio, lejano y resentido,
ciego,
derrotado por el frío;
las otras, blanco marchito,
que anuncian
el final de lo que acaba.
Y sin embargo,
mientras cicatrizan las heridas,
de amor y de guerra,
y el invierno nace
para ser madre algún día
de otra primavera,
aumenta sobre el dolor
la sonrisa
que nadie percibe
y alcanza su vértice
tras la muerte.
Churruka, 16.11.2007 |