El sudor le bajaba a chorro hasta los pies, gota a gota por el canal de la espina dorsal hasta empaparla dejando a su paso un fuerte olor.
El machete lo movía rápidamente, zumbaba en el aire de derecha a izquierda como si tuviera vida, el viento parecía querer detener el batir de su brazo, inútil el intento porque el filo lo trozaba.
Tumbaba a sus pies un batallón fuerte que le hacía resistencia insistentemente, pero aún así avanzaba entre los cuerpos sin importar el obstáculo, su misión era recorrer el campo el cual estaba plantado de cañas.
Con la falda amarrada a la altura de las rodillas se levantaba desde temprano como una valiente, sin pensar en los hijos que quedaban en la choza.
No pensaba en nadie estando en el campo, para no perder un segundo, tenía que acumular una gran montaña de caña de azúcar aunque para ella era amarga.
Llevaba un año en el duro trabajo, soportando sed, hambre, hormigas picantes y el candente sol el cual la hacia brillar en su oscuridad.
Comenzó a vivir de la zafra después del día que el tren se tragó a su marido. Fue inolvidable, era de noche con la luna presente como testigo del hecho, el hombre de piel oscura terminaba su jornada y subiendo la caña al vagón que la llevaría al ingenio se le atascó un pie entre los rieles, la maquina arrancó sin precaución alguna arrancando la vida de Jin, un hombre que solo pensaba en el trabajo.
Al batey llevaron el cuerpo, no hubo pago, ni compensación, ni una sola explicación del suceso, solo llevaron el machete filoso y lo tiraron como un perro muerto frente a su choza.
Desde entonces la vida de la oscura mujer fue otra, diferente y sudorosa y el machete se convirtió en su fiel compañero y la caña de azúcar comenzó a saberle amarga y a ser su enemiga de días enteros.
Pero a pesar de todo, la caña le permitía llevar migajas de comida donde la esperan sus siete pequeños con las bocas abiertas, como pichones de ave cualquiera.
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