El sudor le bajaba por todo el cuerpo por chorro, le llegaba velozmente hasta las plantas de los pies, bajándole cada gota por el canal de la espina dorsal hasta empaparle así toda la ropa de arriba abajo dejando a su paso un fuerte olor.
El machete en su mano se movía rápidamente en el aire de derecha a izquierda, zumbaba como si tuviera vida propia, el viento parecía querer detener el batir de su brazo, pero era inútil el intento porque el filo del machete lo partía en dos.
Tumbaba a sus pies un gran batallón que era muy fuerte y además muy bien formado, que le hacía frente insistentemente, pero aún así seguía avanzando por encima de los cuerpos tirados en el suelo, no le daba importancia a los obstáculos que estos significaban, solo quería recorrer aquel amplio campo de batalla que estaba sembrado de resistentes cañas.
Con la falda amarrada a la altura de la rodilla para que no estorbe en su dura batalla, se levantaba desde muy temprano como un fuerte valiente, sin darles mente a sus hijos que los dejaba solos en una pequeña choza.
No pensaba en ellos mientras cortaba la caña, no por desprecio a sus pequeñitos, sino para no perder ni un segundo en su dura batalla, porque tenía que cortar una gran cordillera de caña de azúcar, aunque para ella era caña muy amarga.
Ella llevaba casi un año en el duro trabajo del corte de caña, soportando sed, hambre, hormigas torturadoras de la que hay en el caribe y además de todo eso el más candente sol de las costas del mar caribe, el cual la hacia brillar en su oscuridad, ella tenía los brazos bien fuertes y muy bien definidos, como pocos fisiculturistas que aparecen en prestigiosas revistas.
Entró repentinamente a vivir de la zafra, nunca había pensado en ejercer tal trabajo, pero desde aquel día azaroso cuando el tren se tragó a su marido entre los rieles, era su unica realidad.
Aquella fecha no la olvidaría jamás, era de noche cuando sucedió todo, con la luna presente como testigo del hecho, aquel hombre de oscura apariencia que estaba terminando su jornada y subiendo toda la caña que había cortado al vagón que la traslada al ingenio, fue cuando se atrabancó entre los rieles el pie del negro Jeen, el tren arrancó como siempre sin precaución alguna, arrancando al mismo tiempo la vida a Jeen, una vida humilde que se mantenía con el machete y el sudor de su frente o de su cuerpo entero.
Al batey Porvenir donde vivía el accidentado llevaron el cuerpo muerto, no hubo pago (se lo juro por mi madrecita santísima), ni compensación, ni una sola explicación del suceso, solo le llevaron a la pobre mujer el cuerpo molido de aquel que fue su marido y el machete filoso con el cual trabajaba y lo tiraron como un perro.
Desde entonces la vida de aquella oscura mujer fue otra, una vida muy diferente y muy sudorosa, y aquel filoso machete que habían tirado junto con su marido en aquella inolvidable noche de luna llena, se había convertido en su fiel compañero, y la caña de azúcar que en algun tiempo ella creía que era dulce, comenzó a saberle muy amarga y era su verdadera enemiga en el campo de batalla, pero a pesar de sus constantes batallas y sus claras diferencias, esa caña, que solía ser muy fuerte, resistente y amarga, le permitía llevar migaja de comida a su humilde choza donde la esperaban sus siete pequeños con las bocas abiertas como pichones de ave cualquiera.
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