A usted le hablo, déjese de ir y venir por un momento y escuche lo que tengo que decirle. Primero que nada, tenga en cuenta que el hecho de que en este momento estemos juntas no tiene nada que ver con mi condición, es algo meramente circunstancial que si pudiera evitar, lo haría gustosamente. Que quede en claro que le tengo la más profunda aversión y mi enemistad viene de mucho tiempo atrás. Sí, lo recuerdo bien, mi madre comenzó a contarnos ese cuento repetidas veces, era su cuento preferido. Jamás supe a quién pertenecía, quizás fue inventado por ella, pero era algo así como "uno de los principios fundamentales que regían su vida". Trataba de un príncipe que quería casarse y no se le ocurrió algo mejor que salir a buscar novia entre las doncellas de la zona montado en su caballo. El tipo les decía que el equino en cuestión sólo comía pelusas ¡PELUSAS! Y las muy bobas le creían. Todas querían complacer al soberano, así que buscaban en todas partes, debajo de las camas, roperos y muebles en general, llenando bolsas de pelusas que el personaje cruelmente hacía tragar al pobre alazán, que no tenía nada que ver en el asunto. Así siguió inflándole la panza a más no poder, hasta encontrar a una doncella que se disculpó diciéndole que en su casa no había pelusas. ¿Puede creer eso? Ahí nomás la eligió como consorte y se casaron. ¡Ja! ¡JA! Lo que habrá sucedido después es lo que empezó a bullir en mi imaginación. La imagen de una mujer maniática de la limpieza cuyo único objetivo en la vida es eliminar la suciedad de la casa torturando a todos a su alrededor: que hay que limpiar constantemente el polvo que se deposita en la vajilla, en los chiches, en las repisas, que no entren con los pies embarrados, nada de apoyarse en las paredes, váyanse todos afuera para que el palacio se conserve limpio, lávense las manos cincuenta veces al día; hasta mostrar una cara de mil demonios cuando a alguien se le cayera cualquier basurita. Niños torturados y atormentados, marido que trata de no pisar la casa. Todo eso y mucho más me imaginé… ¡Achís! ¡Achís! Este polvo de porquería que me hace estornudar. Sí, es por eso que la odio tan intensamente, a usted y a todos los artefactos de su clase, así que será mejor que tengamos el menor contacto posible, sólo lo imprescindible para que no terminemos sepultados en la mugre. ¿Me entendió? Bueno, ya terminé de barrer. Ni hablemos de fregar, a eso lo dejaré para otro día porque ahora tengo ganas de escribir algo.
Andrea Piccardo |