Lo que sigue es una historia real, no la considero digna de ser contada pero mis intenciones esquivan la dignidad. Intentaré no agregar ni omitir algún dato innecesario, aunque debo confesar que, como lo dijo Borges: cederé a la exquisita tentación literaria de agregar algún que otro pormenor.
Nunca pensé en escribir historias amorosas, no me considero un romántico, pero hubo un tiempo de mi vida en que pensé que el amor, del que tanta gente habla, me había llegado.
No fue un día de rosas ni mariposas, ni siquiera recuerdo si fue de día, pudo haber sido de noche, el tiempo era lo que menos me importaba.
Lo que recuerdo perfectamente es que cuando la vi, quede impactado profundamente por su belleza, y fue a causa de esa belleza que no me atreví a hablarle. Siempre pensé que ninguna mujer tan linda ni siquiera me miraría, y mi teoría no falló.
La solía ver en uno de esos lugares donde algunas personas, en el afán de mejorar su estado físico, asisten a diario. Nunca entendí el porqué de haberme ido yo también, no me consideraba una persona que se interesara mucho en su aspecto físico y eso se notaba a leguas, aunque si pudiera haber elegido, en otro momento, no hubiera dudado ser victima de la eugenesia. Creí que fui arrastrado hasta ese lugar, la verdad sólo fingí ser forzado a cumplir con el anhelo de una experiencia distinta.
De vez en cuando, bah!, casi siempre, la admiraba desde lejos, sus ojos, sus labios, el lunar sobre la boca, cada detalle de su figura. Ella permanecía indiferente a mi mirada aunque debo admitir que era muy difícil verme en donde me escondía, avergonzado de las miradas ajenas, de esas personas que siempre estaban ahí, para interrumpir mis sueños.
A veces deseaba que sólo estuviéramos los dos, así sería más fácil, y no quedaría otra alternativa, tendría que hablarme o por lo menos mirarme.
Después de un tiempo me sentí observado por ella. Me miró, ¿me miró? no, debió mirar a otra persona.
Daba media vuelta hacia atrás y veía que habían otras personas a quienes pudo haber dirigido esa mirada. Yo, encerrado en mi pesimismo ni siquiera la saludaba cuando nos cruzábamos, el miedo al rechazo siempre fue más fuerte y empecé a resignarme al olvido, de todas formas, siempre lo había solucionado así. No soy mas que un cobarde, me decía, no la merecés, un cobarde como vos...
Me auto flagelaba con las palabras, y con esto solamente justificaba mis hechos o mejor dicho, lo que no hacía. No sé por qué preferí siempre permanecer dubitativo frente a decisiones importantes, aún sabiendo que se debe arriesgar y que la mayoría prefería el rechazo antes de quedarse con el quebranto y se suscitara la pregunta: qué hubiera pasado si... pero yo no estaba entre esa mayoría.
El tiempo pasó, y siguió pasando, por fin había tomado una decisión ya no era uno de esos dubitativos a quienes siempre criticaba, me sentí orgulloso de mi mismo, por fin decidí: no hablarle.
Y nunca le hablé hasta...
Fue una mañana de abril, yo volvía de algún lugar que no diré, no precisamente por que no lo recuerde si no que me parece intrascendente en esta historia. Era como las once de la mañana, caminaba y observaba a los estudiantes que en ese horario pululaban por esa zona, y mientras miraba los negocios las casas y pensaba quizá en alguna estupidez, la vi, aunque no la reconocí, estaba un poco lejos sin embargo me causó la misma impresión de la primera vez.
Paso a paso, cada vez más cerca, nuestros ojos se encontraron y de inmediato desvié la mirada, sin embargo seguía sintiendo la suya en mi corazón. Esta vez no tenía dudas, ella me miró.
Doscientos metros después seguía viendo sus ojos, en el camino, en los árboles, hasta en el viento. Después, como un estruendoso trueno, la razón me despertó de aquel sueño. Fue solamente una mirada de simpatía o tal vez ni siquiera eso, quizá sólo recordó haberme visto en algún lugar, o peor aún; seguramente tenía algo raro en la cara, fui rápidamente frente a una vitrina para dilucidar esa duda, ¡que alivio sentí al examinar mi rostro y no haber encontrado ninguna cosa extraña aparte de mi cara!.
Y mi mirada se nubló frente a mi reflejo. Si, solamente fue una mirada inevitable, de esas que hacemos todos al caminar por la calle, pero había algo más en sus oscuros ojos que encandilaron los míos.
Seguí caminando. Miré hacia atrás, pensando quizás, que aún la vería, busqué su imagen entre toda esa gente y no la encontré. Pensé en correr y seguir su rastro y conocer su rutina o su casa, pero la cobardía me detuvo.
Allí estaba yo, anclado en mi duda existencial, interrumpiendo el paso de toda esa gente que ni se imaginaba lo que estaba pasando por mi cabeza.
De repente, como casi siempre me ocurre, me encontré mirando el cielo, admirando tanta quietud sobre nosotros.
Las aves, parecían tan felices, despreocupadas, indiferentes. En ese momento deseé ser una; siempre quise volar como un ave y recorrer el cielo... Mientras seguía pensando en que haría si fuese ave, veo caer unas plumas desde el techo de una casa, eran de una paloma que estaba siendo atacada por un gato, entonces reconsideré mi deseo y preferí ser un gato, me quedé callado por un tiempo y no pude evitar una sonrisa.
Esto me hizo recapacitar y me motivó a ir hacia donde la había visto, quizá aún la encontraría. Decidí hacer lo que deseaba entes de que viniera cualquier gato y me desplumara.
La emoción de esa decisión me hizo girar tan repentinamente que no pudimos evitar chocar.
Disculpame, fue la primera y la única palabra que dije antes de mirar sus ojos y quedar nuevamente hipnotizado o idiotizado (ahora ya no sé cuál de estos dos adjetivos se ajusta mejor a aquella ocasión), y mientras ella hablaba, creo que se disculpaba, yo la miraba fijamente, esta vez tenía excusa para hacerlo.
Después de un rato dejó de hablar, y yo me sentí obligado a contestar con algo, pero como no tenía idea de lo que ella me había dicho, solamente asentí sin pronunciar ni una letra.
A veces el destino parece jugar con nosotros, justo cuando yo había decidido ir a buscarla, la encuentro y qué mejor excusa que un choque para empezar una conversación. Pero en esta ocasión el silencio pedía a gritos que yo le hablase, y el silencio fue el único que se hizo sentir y así mismo como se apareció, volvió a desaparecer entre la muchedumbre, como un fantasma que me atormenta y a la vez como un ángel que con su sola presencia me transporta al mismo cielo.
Y otra vez la historia se repitió, me sentí nuevamente avergonzado, desilusionado.
Seguí caminando el camino que creí que era mío, y sentí que mis huellas eran borradas por la de los demás y que esto era inevitable; pero yo no quería ser invisible quería dejar mi rastro, pero no supe cómo, no podía pensar entre tanto ruido, sentí que hasta ese momento no había hecho nada de lo me enorgulleciera. Me di cuenta de que tal vez no era tímido, mi problema era mucho más grave.
Me hubiera gustado saber lo que ella pensaba, conocerla sin hablarle, pero me di cuenta de que quizá ni siquiera yo me conocía, a veces pensaba que era lo que los demás querían ver y creo que esa verdad me asustó.
Escondía lo más que podía y mostraba solamente lo que creía necesario y en este caso no creía necesario mostrar lo que sentía.
Ya no intenté seguirla, ya comprobé que de nada serviría, sólo me quedaría otra vez como una estatua sin decir nada.
En mi cabeza daban vueltas miles de ideas e imágenes, creo que buscaba una explicación coherente que demostrase que yo no era el culpable, porque me sentía culpable, por estar solo.
Llegué a la plaza, era el camino obligatorio, y como luciérnagas en la oscuridad, las parejas brillaban y se paseaban frente a mi, otra vez me mostraban lo solo que estaba, como si no lo supiera.
Caminaba rápidamente, casi corriendo, quería escapar de aquel mundo de corazones y rosas, pero la rapidez con que caminaba no fue suficiente para evitar volver a verla. Al principio creí haberme confundido, creí que su imagen me perseguía o tal vez yo la perseguía y que mi imaginación era victima de una obsesión que comenzaba a atormentarme.
Esta vez ya no quedé atontado, creo que fue porque la vi con él, hasta donde sabía eran solamente amigos, pero la intención de él era llegar a ser algo más, yo lo sabía perfectamente, él mismo me lo había dicho en una de la tantas noches en donde los amigos se confían los más íntimos secretos.
No quise ir a saludarlo, hasta traté de que no me viera, pero fue inútil.
Me pregunté cómo desde tan lejos había logrado reconocerme, pero eso ya no importaba.
Yo sólo levanté el brazo para saludarlo pero él con insistencia sacudió el suyo con la intención de que yo me acercara hasta donde estaban. Dudé un poco, y mientras iba caminando en dirección a ellos me pregunté para qué me había llamado, tal vez se le había terminado su planeada conversación y me vio como una buena excusa para romper el silencio. Tenía razón.
Recién en ese corto trayecto me causó gracia la conversación que tuvimos aquella noche:
- Vos decís si le llevo al parque, para mi que demasiado obvio ya va a ser, yo no quiero todavía que sepa que me gusta.
- No sé viejo, no creo que no se haya dado cuenta todavía, después de todas esas llamadas que le hiciste... En las primeras le decías que te equivocabas de número, pero lo peor era cuando le hablabas, o mejor dicho, cuando le intentabas hablar , y después le preguntabas si tenía novio. No creo que sea tan tonta.
- Si pero todavía no confirma nada, yo no le dije nada todavía.
- A veces el no decir nada dice todo...
- ¿Vos decís?
Llegué, le saludé primero a él, después a ella, tenía vergüenza; la mirada, la paloma, el gato, el choque; todo lo que había pasado volvió a mi memoria y al parecer a la suya también, o al menos el choque; lo sospeché porque no dejaba de sonreír, y eso era lo que me daba vergüenza.
- Y después que haces vos por acá.
- Nada, ahora me estoy yendo a casa.
- Ah!. Te presento a...
- Si ya nos conocemos, –le interrumpió ella-.
Después de eso inventé algo para escapar de ahí.
Continué mi camino, como si no pasara nada, traté de olvidar todo, o por lo menos algo de lo que había pasado esa mañana.
Al llegar a mi casa, el bullicio y las discusiones me hicieron creer que había logrado mi objetivo, pero cuando el silencio me sorprendió, volvió a mi absolutamente todo lo que creí olvidado.
Mientras estaba sentado en el escritorio de mi pieza, intentando ordenar viejos cuadernos del colegio, recordé con algo de añoranza lo que siempre me ocurría en la secundaria al rendir un examen. Al poco tiempo de entregar la hoja de respuesta me olvidaba de lo que había escrito ( esto no pasaba siempre, pero pocas eran las veces en que alguna respuesta quedaba en mi memoria, si acaso estudiaba, y si no, era muy difícil que retuviera por mucho tiempo lo que me dictaba algún compasivo compañero).
Así que decidí escribir esta historia como un último esfuerzo de la memoria (disculpen la rima)para llegar al olvido aunque soy conciente de que corro el riesgo de que ocurra todo lo contrario, me arriesgaré a olvidar para siempre un “amor” o a recordarlo durante toda la vida.
En caso de que no cumpla mi objetivo, que es lo más probable, me queda la esperanza de que por lo menos ustedes lo olviden, así, de laguna forma me quedaré satisfecho; sé que no les costará tanto trabajo como a mí. Aunque me parece que ya todo es inútil y que Borges (otra vez Borges)tenía razón: “sólo una cosa no hay, es el olvido”, yo sin embargo, me temo que aguardaré sin mucho de impaciencia que ocurra algún milagro.
Pensé que por lo menos en estas páginas un final feliz se concretice, también la idea de un triste final también me acosó, pero como desde el principio me propuse a no omitir ni agregar nada, entonces no lo haré.
Este final, que tal vez no lo parezca (quizá porque aún no termine) es hasta donde llegó mi historia. Sé que no es un buen final pero es el final real, aunque bien podría ser un punto y aparte, quien sabe; por eso prometo que si algún suceso posterior “digno” de ser escrito acontece, será agregado; o mejor aún, si a ustedes, que tuvieron la paciencia y la bondad de escuchar mi historia, se les ocurre un final lo suficientemente inverosímil como para introducirlo en esta historia y convertirlo en real, háganmelo saber, quizá luego se cumpla y si acaso eso sucede, tendremos un final.
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