Barrabás
Barrabás, aunque su nombre fuese Miguelito y más tarde Miguel, era la criatura más endiablada de la zona y su apodo se lo había ganado a pulso gracias a un sinfín de fechorías, testimonio evidente de tan sombría reputación, pues no había bicho viviente o vecino que no hubiese sido víctima de la pesadez de sus bromas además de la endeble humanidad de su carácter. Más de uno se la tenía jurada y eran muchos los que al menos le debían una paliza, pero Barrabás o Miguelito, al amparo de sus hermanos mayores, fuertes y machotes, siempre lograba escapar a las posibles represalias.
El pasatiempo preferido de esta pequeña sanguijuela era ocultarse entre las lápidas del cementerio, y con el rostro empolvado y los ojos ensombrecidos asustar a las viejecitas o algún que otro despistado que pasaba por ahí.
Un día, a la caída de la tarde, Miguelito salió disparado detrás de una tumba y se plantó a la sombra del tío Eustaquio, un abuelito ya entrado en años. El pobre hombre se llevó un susto de muerte y tras agarrarse el corazón fue a parar al polvo del camino. A Miguelito la carcajada se le quedó trabada en la garganta y dando media vuelta escapó corriendo.
El tiempo transcurrió y curiosamente nadie perdió palabra alguna sobre el incidente, pero Miguelito evitó acercarse al cementerio hasta que su padre le ordenó hacer un encargo por donde era inevitable no tener que pasar por el camposanto.
El cielo ya bostezaba en rojo mientras nuestra “Mala sombra” caminaba por el sendero que atravesaba el cementerio de punta a punta sin atreverse a alzar la mirada y tropezarse con aquellos ángeles de piedra que parecían fulminarlo con ojos vacíos, cuando de repente una sombra bajó de un pedestal y se le cruzó en el camino. Barrabás contempló aterrado con ojos como platos a la muerte toda vestida de negro y que con una mano enguantada sostenía su guadaña y con la otra lo señalaba.
Miguelito no tuvo tiempo aún de comprobar cómo su miedo se hacía líquido en sus pantalones y con el diablo en la nuca salió de estampida.
Una vez solo, el tío Eustaquio se quitó la máscara y del ataque de risa a punto estuvo esta vez de morirse de verdad. Algo más calmado, reconoció que sólo se trataba de la travesura de un viejo, pero ya era hora de que alguien le diese una lección al mocoso.
Miguelito por su parte jamás volvió a aproximarse al cementerio hasta el día de su muerte. Su comportamiento cambió y a partir de entonces únicamente se dedicó a hacerles ojo a las chiquillas de su barrio, a las que endulzaba con sus travesuras de niño y que a nadie molestaban, excepto a la nostalgia y el recuerdo de los viejos.
Churruka |