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Y anochecía
Y ANOCHECÍA
No era yo el que lo decía sino el que lo escuchaba.
Y anochecía.
Luis Salvarezza
“Este temblor de espigas”
Creo que, en el fondo, muy en el fondo, yo ya lo había sospechado secretamente. Es más, creo que todos los hombres casados o en pareja lo hemos sospechado alguna vez, una vez al menos, a partir de ciertos pequeños signos, de algún que otro aviso metafísico, de equívocas señales, casi imperceptibles pero que, sin embargo, desatendemos incorregiblemente; o que, por eso mismo: por pequeñas y sutiles, esas llamadas de atención no nos alertan, no nos abren los ojos… Y después, claro; después ya es tarde.
Edmundo Duarte está ahora sentado a mi derecha, casi tocándome, en uno de esos bancos altos de las barras de los bares, bien pegado al mostrador y a su vaso de vino tinto… Ahora, también, es ese momento confuso, esa mezcla de luces y sombras, esa hora borrosa del atardecer y el principio de la noche de un día cualquiera. Hace un poco de calor y la soledad (mi soledad) es un fardo en el alma y en el cuerpo, y el recuerdo de ella, que está de viaje, es un fardo en la memoria, en el alma y en el cuerpo…
La Diva es un bar donde suelo tomar alguna cerveza cada tanto. Este día es una de esas tantas veces, en un día de pocos parroquianos. Uno de ellos, el que tengo más cerca, como dije, el que se llama Edmundo Duarte, uno que conozco de aquí, uno de mirada vacía y perdida, saca un cigarrillo del paquete que lleva en el bolsillo de la camisa, me pide fuego y en un susurro que es también un lamento sordo y monótono comienza una letanía que quiere ser una conversación.
-Así como me ves, hermano, yo estoy muerto…
-Claro, Edmundo –le digo, por decirle algo nomás-, me doy cuenta…
-Me han estado matando a sangre fría y alevosamente a lo largo de 10 años y nadie se ha dado cuenta, ni siquiera yo mismo, hasta hoy.
-Claro, Edmundo, me doy cuenta, sí, si se te ve a lo lejos, aunque vos ni nadie se de cuenta –insisto a falta de encontrar un argumento mejor-, suele pasar…
-¡Primero mató mi libertad esa hija de puta!… ¡Mi libertad!
-Ah, estás hablando de una mujer, Edmundito –digo, mirando hacia la calle, con la esperanza de que llegue alguien a salvarme de soportar la perorata cargosa del borracho.
-Claro, que estoy hablando de una mujer… De mi mujer, de esa mujer que me ha estado matado durante estos 12 largos años, hermanito…
-Ajá, sí, sí… ¿Pero no eran 10 años recién, Edmundo?...
-10 años de casados, más los 2 de novios, que también suman, y que no le voy a perdonar a esa conchuda…
-Noooo, seguro que no; ni ahí hay que perdonarles nada –digo yo, por las dudas.
-¡Mi libertad!... Fijate vos: despacito, con mucha paciencia, con mucha astucia fue cortando las alas de mi libertad, matándola, matándome, hasta hacerme su esclavo… ¡Su esclavo, carajo, y yo sin darme cuenta!... ¡Qué hija de mil putas!
-Bueno, pero…
-… Y junto con mi preciada libertad se llevó mi decisión de defenderla… Tan maliciosamente lo hizo, tan ladinamente lo hizo, que tampoco me di cuenta hasta que ya era tarde…
-Pero…
-Así como te digo, hermanito… Y entonces, ¡crac!, me mató los sueños. Porque un hombre sin libertad y sin decisión es un hombre sin sueños… ¡Mis queridos sueños!...
-Claro, los sueños…
-Sin libertad, sin decisión, sin sueños, así como me había ido dejando, ya fui un hombre sin personalidad… ¡Ella hacía todo por mí!... Soñaba por mí, decidía por mí, libremente, dueña de mi libertad que la dejaba hacer porque no me daba cuenta, porque creía que eso era parte del amor!... ¡Ay, qué boludo que fui!...
-Bueno, che…
-Y después ya no tuve voluntad… ¡Tan bien hacen lo suyo estas hijas de puta!... No tuve voluntad de cambiar las cosas, ni tuve voluntad de nada, hermano, de nada… La dejé hacer, y así le abrí el camino para que hiciera lo que quisiera con mi falta de voluntad… ¡Esa yegua!...
-Che, Edmundo…
-¡Y la esperanza!... Porque después ya ni siquiera tuve esperanza… No tuve esperanza de recuperar lo perdido, no tuve esperanza de poder cambiar las circunstancias, no tuve esperanza de… ¡No tuve ganas, tampoco!... ¡Hasta las ganas me mató!... ¡Mierda!... ¡Mis ganas!...
-Edmundo, me parece que…
-¡Mis ganas!... ¡Pobrecitas, mis ganas!
Edmundo no me escucha. Toma un trago largo de su vaso de vino tinto, apoya los codos sobre el bronce del mostrador, esconde la cabeza entre las manos, suspira largamente, y sigue con su rosario… Las luces ya son casi todas sombras en la tarde que cae.
-¿Y el amor? ¿Cómo no se me va a morir el amor así, hermanito?... Lo mató ella, esa mujer…
-Bueno, pero…
-Si hay algo grande que tiene un hombre en la vida es el amor, hermanito, y esta pedazo de hija de puta viene y me lo mata… ¡Me lo mata!... Y no me mata el amor que yo sentía por ella solamente, no, no señor, me mata todo el amor que yo pudiera sentir… ¡Todo!
-Ya, ya… No llorés Edmundo, no llorés…
-¡Insaciable de porquería!... ¿Todo el amor me tenía que matar?...
-…
-¡Ah!… ¡Y la sonrisa!... ¿Vos me has visto sonreír alguna vez a mí, decime, me has visto siquiera estirar la comisura de los labios en un intento de sonrisa a mí? ¿Eh?, decime, ¿me has visto?... ¡Pero qué yegua esta mina!...
-…
-Andá sumando, hermano, sumá, dale, sumá: la libertad, la decisión, los sueños, la personalidad, la voluntad, la esperanza, las ganas, el amor, la sonrisa… ¿Qué más?... ¡El sexo!... ¡Ja! Me olvidaba lo del sexo...
Si antes quería que Edmundo me escuchara para ver si podía cambiarle de tema, ahora soy yo el que quiere escuchar más atentamente lo que cuenta Edmundo. No solamente por esa solidaridad de los hombres con los pobres borrachos en los bares, sino porque me parecían grandes verdades las que estaba contando. Verdades que yo no había notado hasta este momento… ¡Esas yeguas, sin que uno se dé cuenta lo van matando de a poco a uno!
-Dale, Edmundito, seguí con lo del sexo… ¿Qué te hizo con lo del sexo tu mujer?...
-¿Que qué me hizo? ¡Nada!... Eso es lo jodido: ni me hizo, ni me dejó hacer, ni me deja hacer ahora, ni... ¡Nada! Soy un hombre sin sexo.
-¡Un hombre sin sexo! ¡Claro!, también como lo que me está pa…
-… Que el dolor de cabeza, que el período pre-menstrual, que la regla, que el período pos-menstrual, que los chicos, que no porque es fin de mes, que no porque yo no le entiendo sus tiempos, que está agotada, que está deprimida, que pareciera que es en lo único en que puedo pensar, que no la respeto como ser humano, que no la respeto como mujer, que… ¡Basta!... Ya le tengo terror a querer intentar tener sexo, hermanito… Con ella es imposible: la veo y el pobre pitulín se me hace retráctil, te lo juro. Y con otra… Mirá, si intentara con otra, creo que me pasaría lo mismo.
-¡Pero que mina de mierda, Edmundito!...
-Sí…
-¡Igual a la mía!
-¿Sí?
-Sí, claro que sí… ¿Y no te prohibió que veas a tus amigos, que vayas al club, que te juntés con los muchachos de la oficina a comer un asado, que te tomés más de un vasito de vino en las comidas?...
-Sí. También, por supuesto…
-¡Igual a la mía! ¡Son todas igualitas estas brujas!
-Sí, todas, hermano…
-¡Y uno es un gilún de cuarta que no se da cuenta! ¡Uno es un pobre boludo inocente que cree estar viviendo su vida, Edmundo, y que en realidad está viviendo la vida que ellas quieren que uno viva!
Edmundo hace silencio… Ahora soy yo el que toma un trago largo de su vaso, apoya los codos sobre el bronce del mostrador, esconde la cabeza entre las manos, suspira largamente… Y entiende.
-Che, hermanito, disculpame pero me voy… Si no estoy en casa en media hora, mi mujer me mata –me dice después de empinar su vaso hasta el fondo.
Se levanta, se va, lo veo irse y, realmente, veo una cáscara de hombre que es nadie y que es nada, un hombre muerto que camina hacia su casa a vivir una vida que le exigen vivir como si fuera la suya, la que ha elegido… Miro a los otros dos o tres parroquianos y veo que son todos iguales a Edmundo, que somos todos iguales…
Pago, me levanto, y salgo yo también. Voy camino a la comisaría 12, que está aquí cerca. Cuando llego, el policía de guardia me pregunta qué necesito.
-Vengo a hacer una denuncia –digo.
-Sí, ¿de qué tipo?...
-Un asesinato.
-¡Epa!... Eso es grave. Tome asiento, por favor, y cuénteme.
-Ileana Leuze, mi esposa, me ha matado durante 5 largos años y hoy me he dado cuenta. Vengo a hacer la denuncia correspondiente…
-…
-¿Le van a dar perpetua por lo menos, no?...
-¿Usted me está tomando el pelo a mí?...
-No, agente, le juro que no… ¿Usted es soltero o casado?...
-Soltero, pero…
-¿Su nombre?...
-Ríos, señor. Agente Amilcar Ríos.
-Amigo Amilcar, ya entenderá usted más adelante, cuando se case y, un día cualquiera, cuando se mire al espejo y se acuerde de mí, vaya a hacer su propia denuncia… Ya entenderá, se lo juro.
Afuera, la noche, es.
Texto de vaerjuma agregado el 19-11-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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