Perfecta historia de amor
Un día lluvioso, Antonio odiaba los días lluviosos, pero ese día y esa lluvia nunca los olvidaría. Eran las seis y veinte cuando se subió al autobús, había sido un pesado día de trabajo. Este autobús en particular le era agradable porque era insociable, además tenía los vidrios polarizados y estaba muy bien iluminado por dentro, estas características le daban la sensación de ser una pequeña burbuja perdida en el universo; se sentía identificado.
Se estaba quedando dormido cuando alguien se sentó a su lado, era una hermosa joven de unos veinte años, blanca, casi pálida, contrastado con un cabello negrísimo. Antonio la observó unos segundos y desvió la mirada hacia el exterior del autobús casi tan negro como el cabello de su compañera de viaje.
Antonio se exaltó cuando sintió que el cálido rostro de la joven tocaba su hombro y ella muy apenada, sonrojándose, con un rojo casi azul debido a su palidez, dijo: “Discúlpeme, me quede dormida, no quería molestarlo”, y él muy educadamente le respondió: “No se preocupe, entiendo. Es más, si no le incomoda le ofrezco mi hombro para que descanse, de mi puede esperar mucho respeto y consideración”. Ella todavía sonrojazulada asintió con un leve movimiento de cabeza. Entonces Antonio, siempre educado, le pregunto: “¿Dónde se baja usted?”, y ella respondió con voz quebradiza: “En el centro, y me llamo María”.
¡María!, ¡qué olor tan embriagante despedía su cabello!, ¡qué hermosa era! Antonio casi no podía controlarse, su corazón latía fuertemente y le temblaban las manos, le temblaba todo el cuerpo, le temblaban los hombros, por suerte la vibración del autobús lo disimulaba.
Llegaron al centro y Antonio despertó a María, ella sin decir una sola palabra se levantó, miró a Antonio y sonrió, sonrió con una sonrisa de agradecimiento o de cariño o de simpatía o de amor, ¡¿cómo saberlo?!, dio media vuelta y se fue.
Nunca volvieron a verse.
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