APRIETE FUERTE POR FAVOR, GRACIAS
Por: Yactayo
Marta Patricia bajó del avión con un modesto equipaje pero reventando de esperanzas ¡Por fin estaba en Miami! “Todo lo que tuve que pasar para conseguir la visa de turista... ¡Ya llegué!”. Era la primera vez que viajaba fuera y no pensaba volver. Era un hecho. En su libretita verde tenía de todo: El número de su amiga del colegio, del chico de su barrio, el de la señora del trabajo... ¡Ahora me toca a mí!... Sentía que el corazón le iba a explotar y en su cabeza resonaban los consejos que su hermana, ya entrada en traguitos, le diera la noche anterior. “Vas a ver que un gringo al toque se enamora de ti...”. Pero a Marta Patricia no le gustaban mucho los gringos... “¿A ver, qué tendríamos en común?...”. No. Ella no venía a buscar marido sino a trabajar. Y no es por nada, ¿ah? Pero a ella jamás le faltó enamorado... Es que la chata era fachosa... Por ahora quería concentrarse en buscar chamba... Por eso caminó derechito al primer teléfono público para llamar a su amiga y comenzar, por fin, una vida nueva.
“¡Uf!... ¡Qué calor! Le encantaba el sol y por eso iba seguido a la playa para ponerse negrísima con su tanga roja, que ya tenía como tres veranos. Era de esas bajitas curvilíneas que cada mes se preocupan en disimular una abundante melena de color castaño oscuro. No había chico que no volteara al verla pasar. “Ay, amiga, el cabello claro te favorece montón...”, dijo Periquito, el de la peluquería del barrio, vaciándole íntegro un frasco de decolorante. Y cada semana tenía que ir al cine, aunque sea para ver una mala película. La cosa era salir a darse una vuelta con sus amigas o con su enamorado... “Lo malo es que ganaba una miseria, pues...”. Su mamá murió un año atrás arrollada por un microbús justo en la esquina de su casa. El horrible accidente conmocionó a todo el barrio justo cuando estaban a punto de perder la relojería que tenían frente al mercado. Su hermana mayor había quedado a cargo de la casa pero apenas si tenía tiempo para atender a una escalerilla de mataperros en pañales. La plata ya no alcanzaba para nada y encima el papá de los niños brillaba por su ausencia. Y todavía se presentaba para los cumpleaños de todo el mundo con otro hijo que tenía “con su nuevo compromiso” y, después de devorarse todo lo que había, volvía a desaparecer. Para colmo, un despido masivo dejó a su hermana sin empleo justo unas semanas antes del viaje. Y empeoraron las cosas. “Tengo un montón de razones para irme... Te juro, papito, que ni bien llegue me consigo un trabajo y al toque te estoy mandando platita... Vas a ver... No te preocupes, papi... En un año vengo de visita y, quien sabe, de repente nos vamos todos...”, le dijo en el aeropuerto, tratando de animarlo. Es que no quería ponerse sentimental. Ahora se arrepiente de no haberlo apretado un poco más... Pudo haber sido más cariñosa. Soltar su lagrimón. Que, al final, eso era lo que quería el viejo.
Después que le rebuscaron la maleta de rabo a cabo y que no le dejaron pasar la bolsita de chancapiedra que su papá le puso en el bolso de mano por si acaso, le dieron sólo tres meses de entrada. Qué importa. Igualito se iba a quedar. Su amiga ya la estaba esperando afuera. Ni bien se abrió la puerta automática, el vapor caliente de Miami le dio la bienvenida. Y las dos amigas se abrazaron, sudando, igualito como si estuvieran jugándose un partido de voley en el colegio. Hasta lloraron de alegría. Pero se separaron rapidito y de un susto cuando el esposo les pitó el claxon de la camioneta. Los primeros tres meses se la pasó cuidando a un par de niñas caprichosas que se divertían echándole la culpa de todo. Lo peor es que la acusaban con su papá. El gringo les creía todo a sus querubines “En estei país enseñamous a niñous a nou menthir...” Y las antipáticas le sacaban la lengua y se burlaban de ella hasta cuando le racionaba el papel higiénico. Marta Patricia no podía ni llorar en privado. No tenía un lugar para ella. Cada noche tiraba un colchón delgadito en el piso del cuarto y se acostaba a dormir entre las dos camas. Se la pasaba atendiendo sus necesidades noctámbulas hasta que volvía a buscar el sueño. Aveces se desvelaba pensando si su familia tenía para comer. Se levantaba adolorida y agotada. Y, como casi no comía para no molestar a nadie, se puso flaquísima la chata. Aprovechó una tarde que estaban a solas en Bayside para confiarle a su amiga las dificultades económicas de su familia y la necesidad que tenía de trabajar para mandarles dinero. La chica le prestó la Tarjeta del Seguro Social a escondidas y consiguió trabajo bañando perros en una veterinaria que estaba como a diez cuadras. Cuando el gringo por fin se enteró la odió a muerte porque tuvo que pagarle otra vez a la niñera. Pero se desahogó cobrándole el cuarto. Marta Patricia regresaba muerta de cansancio y se compró una bicicleta en una venta de garaje con la que se movilizaba por toda la ciudad.
Las noticias que llegaban del Perú eran alarmantes. Que su papá cerró el negocio porque toda la plata se iba en los gastos de la casa... Que a su hermana le diagnosticaron una diabetes agresiva. Que necesitaban plata urgente... “Ya verán que todo va a cambiar...”, decía para tranquilizarlos y se iba pedaleando hasta la Calle Ocho para mandar dinero. Una noche que volvió a casa encontró a su amiga con una cara de a metro “¿Cómo era posible? ¿Se creía que su casa era un hotel? ¡Te me vas ahorita mismo!... ¿Crees que no puedo denunciarte a migraciones?... ¿Ah?... ¡Ratera!... ¿Adónde están los ganchitos de pelo de las niñas?... ¿Y las otras cosas? ¿Crees que no me doy cuenta que se las mandas a esos muertos de hambre?... ¿Ah?... ¡Mis hijas no mienten!...”. La puso con sus maletas de patitas en la calle - previa registrada, por supuesto – y el gringo no despegó los ojos del periódico ni dejó de comer sus Tostitos con salsa mexicana. Más tarde, recordó que la niñera no le había dado la cara ni un instante. Definitivamente, tenía el rabo de paja. Caminó por horas como sonámbula y sólo dejó de llorar para sacar su libretita verde y hacer una llamada telefónica. Su amigo del barrio se le apareció en pijamas y la acomodó rápidamente en el garaje pero, como era hombre casado y su mujer estaba tan celosa que a cada rato armaba unos escándalos caribeños de temibles proporciones, al poco tiempo se tuvo que ir. Así estuvo rodando un par años. Compartió el techo con mucha gente hasta que pudo encontrar un trabajo fijo, comprar un auto y alquilar un departamento. Compró a crédito algunos muebles, artefactos, ropa y montones de regalos para mandar a Lima... ¡Compró, compró y compró! Hasta terminó adoptando un perro para tener con quién hablar.
La muerte de su papá la agarró de sorpresa. Todavía lamenta no haber podido pasar esos últimos años con él... ¡Ni siquiera sabe dónde está enterrado!... Se le hace un nudo en la garganta cuando recuerda que no quiso ponerse sentimental ¡Y el pobre se murió añorando ese abrazo!... Ahora le pesa no haberlo apretado un poco más fuerte. Los sobrinos – que casi no se acordaban bien de ella - habían crecido y pedían sólo las mejores marcas y siguió trabajando como una hormiga para pagarles los caprichos y los estudios... ¡Lo pagó todo! No tuvo tiempo ni para buscarse un novio. Cuando la diabetes consumió la vida de su hermana prematuramente, mandó por esos tres adolescentes que le sacaron el jugo durante varios años hasta que se mandaron a mudar y ahora andan por las discotecas despilfarrando lo poco que ganan. Sólo se presentan a recoger sus regalos de cumpleaños y se largan con las mismas... ¡Ni siquiera le hablan!... “¡Ah! Pero qué bueno que fue enviarles cositas y recibirlos en casa...
Marta Patricia todavía se siente fuerte y a prueba de todo. Una noche, mientras lavaba su uniforme y preparaba la cena, cayó en cuenta que hacía como quince años que no iba al cine y que no tenía una verdadera amistad... Que jamás volvió a tener un mes de vacaciones... Ni sabría qué hacer con ellas... Que no había vuelto a ir a la playa. Que no había subido ni un cerro ni había vuelto a gritar de felicidad... “¡No he hecho nada!... Sólo ir y venir del trabajo al supermercado...”. Los estudios de los chicos la dejaron endeudada hasta el cuello pero ha empezado a ahorrar. Necesita un chequeo médico y arreglarse los dientes... Quiere regresar al Perú... Tal vez hasta jalarse las arruguitas... A ver si se quita esa expresión de fracaso que cada mañana intenta disimular con montones de cosméticos... Pero no quiere irse sin plata... ¿Y sus cosas? ¿Dónde va ha meter todo lo que ha comprado?... ¡Bah!... Ya se resignó a regresarse sin nada... ¡Total! ¿No ha tenido de todo?... Todavía le palpita fuerte el corazón cuando piensa en el futuro ¡Pensar que hasta ahora no había sabido qué hacer con su vida! Y como nunca es demasiado tarde, se ha jurado tomar aquél avión de regreso pase lo que pase...
|