Cuando el árbol añoso permite que mano torpe le recorte, de tiempo en tiempo, su follaje para ayudarlo a reverdecer y a ser umbroso, termina
por morirse desgajado y desnudo. No le renace
ni siquiera sombra para sí mismo ni logra fortalecer
su savía para hurtar a los pájaros sus rebrotes.
El árbol que se derrumba por la fuerza del viento
o de los años, con su follaje apenas raleado, merece el derecho de vivir y de dar vida. Pero el árbol que ha entregado sus ramas a la poda ciega para tener más vida, ha muerto antes de que mueran sus raíces. |