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De cómo Kimberly Flores se transformó en ícono pop
De cómo Kimberly Flores se transformó en ícono pop
Todo lo que Kimberly Flores deseaba era ser estrella de televisión. Era la más bella del barrio y del liceo. Todos los hombres la miraban. Y a menudo le gritaban piropos. Kimberly se complacía. Si de algo disfrutaba en la vida, era de sentirse deseada.
Kimberly Flores sabía bailar y modelar. Todas las tardes practicaba las coreografías que veía en la televisión. Y los sábados iba a una academia de modelaje. Todas las noches soñaba con el esplendoroso futuro que le esperaba, lleno de luces y aplausos.
Era usual que Kimberly pasara horas mirándose al espejo y fotografiándose para su fotolog: www.fotolog.com/kimberly_flores. Se encontraba hermosa. Y ahí ostentaba sus diferentes perfiles. Kimberly, la seductora. Kimberly, la reflexiva. Kimberly, la ruda.
A los 14 años tuvo su primer novio: un tipo que doblaba su edad. Y se inició en la vida sexual. Y su cuerpo se hizo aún más exuberante. Y ganó experiencia. Y se hizo mujer.
A Kimberly no le interesaban los pendejos. Pero tenía una debilidad por los chicos tímidos. Le gustaba enseñarles la grandeza de la vida. Mostrarles el mundo. Y los llevaba a un motel y se los mostraba. Así era Kimberly. Una chica de muy buen corazón.
¡Culito más lindo que el de la Kimberly no existe!, se comentaba. Y era cierto. Su culo era su orgullo. Grande y redondo como ningún otro. Y lo sacudía con jactancia. Otros podrán salvar vidas. Educar a las personas. Hacer leyes. Kimberly movía bien el culo.
A los 18 años empezó a ir a castings para entrar a la televisión. Se sentía preparada. Pero le fue mal. Te llamamos, le decían en todas partes. Y nunca la llamaban.
Kimberly Flores empezó a ir a discotecas top. Quería encontrarse con futbolistas de moda y seducirlos. Así aparecería en la prensa de farándula. Pero ninguno se fijó en ella.
Kimberly googleó “productores de televisión”. Consiguió sus e-mails. Les mandó sus fotos. Les escribió que haría lo que sea por entrar a la televisión. Y tuvo tres respuestas.
Todos querían lo mismo. Al de la primera cita le pateó la ingle. Al de la segunda lo abofeteó. Y al de la tercera le aceptó. Resignada. Es el precio de la fama, concluyó. Y mientras lo montaba y gemía como una yegua, imaginaba las futuras revistas con ella en portada.
Y llegó el día. Kimberly pasó a ser parte del team de baile de un programa juvenil. Su aparición en pantalla era escasa. Pero la aprovechaba. Robaba cámara. Y cada vez que se veía en el monitor, exacerbaba su contoneo y esbozaba sonrisas coquetas.
Finalmente, halló la técnica de atención masiva: su culo. Su orgullo. Así, si el baile lo admitía, lo mostraba. Bien mostrado. Y hacía un tiritón. El tiritón de la muerte. Y seducía a la cámara, ostentando un erotismo digno de un postgrado en felación de Harvard. Kimberly entablaba un diálogo telepático con el telespectador. Un diálogo obsceno.
Y hay que reconocerlo, era honesta. Sabía que no estaba salvando al mundo. Sabía que su rol era meramente sexual. Y no pretendía más. Ella quería masturbaciones. Quería eyaculaciones precoces. Quería la lujuria de las masas. Y en eso nadie la superaba.
Kimberly empezó a ser invitada a otros shows de televisión. Les subía el rating. No decía cosas muy interesantes; pero a la hora de bailar, hipnotizaba a todo el público masculino.
Y consiguió manager. Cómo no. Y empezó a hacer eventos en discotecas. Todos querían verla bailar en vivo. O ver su cuerpo en vivo. Y su manager le aconsejó ponerse un nombre artístico. Lo hablaron y tomaron una decisión. Ahora se llamaría “Kimberly Flowers”.
El éxito de Kimberly Flowers era ascendente. Empezó a ganar mucho dinero. Y no vacilo en ponerse silicona en las tetas. Ahora si que llegaré a la cima, pensó Kimberly.
Y vivió su apogeo. Pero acabó. Más pronto de lo que esperaba. Al menos una vez al mes empezaron a aparecer mujeres como ella. La gente se aburrió. Y dejó de ser especial.
Kimberly se hundió en el alcohol y las drogas. Cayó en picada. Su vida se tornó miserable. Pero se levantó. E ingresó a un centro de rehabilitación. Y se recuperó. Y se reinventó.
Kimberly se sentía como nueva. Se puso silicona en el culo y aumentó la de sus tetas. Y se engrosó sus labios. Se veía deforme. Y se le llamó grotesca. Obscena. Pornográfica. Guarra. Y triste. Sobretodo triste. Todo el mundo hablaba de su decadencia.
Montó una carpa con un show nuevo. Pero ya muy pocos querían verla. Su inútil intento de reverdecer los laureles no era más que su terrible ocaso. Su último estertor de fama.
Tras un show, un muchacho fue a verla al camarín. Kimberly lloraba. Todo el tiempo lloraba. Lloraba por no ser lo que fue. Y el joven le dijo que era hermosa. Que siempre lo sería. La candidez del mozuelo cautivó a Kimberly. Y ahí mismo tuvieron sexo.
Los días pasaron y Kimberly descubrió su embarazo. No quería un hijo. No cuando intentaba recobrar la grandeza que perdió. Y su manager hizo los arreglos para abortar. La operación era riesgosa, pero su carrera era prioridad. Y fue el fin de Kimberly Flores.
La noticia de su muerte fue portada de todos los periódicos. Y no tardaría en esclarecerse la causa. El honor de Kimberly estaba en juego. Y su manager hizo lo necesario.
Por un lado, sobornó a todos los forenses que supieron la causa de su fallecimiento para que no la divulgaran. Y por otro, escribió una confesión suicida falsa. En ella criticó la televisión actual e hizo ver que la vida y muerte de Kimberly eran un mensaje social fríamente pensado, como si su gran afán hubiese sido burlarse de la cultura basura.
Todo el mundo lo creyó. O quiso creerlo. Y Kimberly Flowers pasó a ser un referente obligado de su generación. Pasó a ser de culto. La gente usaba poleras con su rostro. Se pegaban posters de ella en las paredes. Kimberly era un che Guevara. Un Kurt Cobain. Un Ghandi. Y pasó a la historia. Kimberly era un ícono pop con todas sus letras.
Texto de FiNCHeR agregado el 26-11-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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