La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Aristidemo - 'El Asesino'


El Asesino




El asesino mide la noche, olfatea las luces en la calle, serpentea sobre la banqueta. Es una sombra. Todo permanece quieto, casi congelado, casi sobre piedra. El asesino llega a la casa. Palpa por debajo de su chamarra el arma junto a las costillas. No encuentra resistencia en la puerta. Abre, entra. La casa duerme. El asesino entra a su sueño, no la despierta.
Las luces de un auto se embarran en el asfalto, trepan las rejas, se pegan a la ventana, se escurren en la pared. El asesino las sigue hasta que se desvanecen en la boca del silencio. Camina sobre la alfombra sorda que borra sus huellas. Conoce el lugar, ha estado ahí.

Ahora sube las escaleras que lo llevan a una estancia en la que, frente a frente, las puertas de dos recámaras esconden su interior. Hay una sala, un televisor, revistas tiradas, fotografías enmarcadas de los habitantes que nada saben del asesino que ahora se acerca a una de las puertas y la abre como la abriría un viento tibio. Asoma medio cuerpo. Descifra la penumbra, ve: dos niñas duermen, tienen la boca abierta, una de costado, otra bocarriba. Duermen en la casa dormida; sueñan y son el sueño. El asesino las observa, quieto. Escucha el delgadísimo silbido que brota de una de ellas. Está un minuto así, hipnotizado, absorto. Después saca el cuerpo. Cierra. Se dirige hacia la otra puerta. No puede evitar el milimétrico traqueteo que hace al abrirla. Su corazón escupe hielo a sus rodillas, a la palma de sus manos. El instinto lo vuelve invisible, lo mimetiza. Los ojos se transforman en termógrafos. El asesino no respira.
Sabe que ahí está la mujer. Descubre la curva de su espalda sobre una cama destendida, la piel blanquísima, la silueta de sus nalgas, de las piernas bajo la sábana. El asesino se le acerca levitando. Está frente a ella. Por un momento se queda así, mirándola. Mira los párpados cerrados, la suave línea de su nariz, el dibujo de sus labios entreabiertos, la fragilidad de su cuello. El asesino la reconoce, sabe quién es ella. Duda qué hacer con el arma. Se agacha, olfatea el cabello castaño de la dormida: huele a madrugada. En el rostro del asesino aparece un retazo de sonrisa. Está sobre ella, a un centímetro de distancia. Con la punta del dedo índice acaricia el caracol caliente de su oído, le besa un hombro.

La mujer del asesino abre los ojos, despierta.




Texto de Aristidemo agregado el 27-11-2007.
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