En los interiores de la Amazonia brasileña existen grupos nativos que aún conservan un estilo de vida ancestral. Uno de éstos, los sipapo, mantiene creencias en las que el cielo y la tierra se mezclan. Para ellos todo cuanto existe sobre el mundo es sagrado. “La flor y la lluvia son rezo y agradecimiento”, dicen. “El río y la selva, los animales todos, el sol y la nube que lo cubre, son rezo y agradecimiento también”. Pacíficos y de lenguaje dulce, los sipapo viven en familia y un grupo de ancianos es el que, por medio de sus conocimientos, gobierna. De pequeña estatura y cuerpos fuertes, los sipapo no adoran a ningún dios, pues en su relación con la naturaleza no conciben a un ser supremo grabado en piedra, pintado, esculpido o en cualquier otra imagen particular. Andan desnudos. “El cuerpo y sus sudores, sus movimientos, sus habilidades, sus acercamientos a otros cuerpos, son rezo y agradecimiento”. Rodeados por la selva misteriosa, los sipapo cuentan con todo lo necesario para su alimentación y sus más elementales necesidades. Todas las noches se reúnen y, mediante ofrendas de pétalos y plumas de aves exóticas, mandan al cielo, en forma de humo, su rezo y su agradecimiento. Para ellos la vida “es el instante en el que la eternidad nos presta los sentidos”.
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Ante tan preocupantes muestras de atraso, el Banco Mundial ha exigido al gobierno que se lleven a cabo las reformas necesarias para que estos grupos sean integrados a la economía nacional y no queden rezagados en los programas de modernización global. Por su parte, el Vaticano ha implementado un programa intensivo de evangelización en la zona y hace un llamado a las nuevas generaciones para que ayuden a las misiones que tan urgentemente son necesarias.
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