Apenas entré supe inmediatamente que algo andaba mal. Estaba colgado del cuello a una viga, con sus ojos como sapos asediados y con su lengua afuera. Le pregunté varias veces que hacía allí, pero no quiso responderme. Le pellizqué todo su cuerpo, que estaba como un tronco, hasta que se me quebró una uña y lo castigué por un mes.
Horas después volví a entrar. Me lo encontré en la misma posición, sólo que ahora de su nariz caían gotas que daban vida a un lago crepuscular.
-Vamos – le dije. Si no te regañaré. Pero baja ya de esa viga.
No me hizo caso. Y todo esto es demasiado extraño. Aún no comprendo como se las arregla para seguir ahí colgado. |