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Siete años de mala suerte
Aunque no me considero una persona supersticiosa, siempre le he tenido un poco de miedo a los gatos. Nada muy grave, claro, sino más bien una cierta ansiedad asociada a su presencia, como si presagiaran una desgracia inminente. Sin embargo, como a mi hija Tina le encantan y ella es la persona que más quiero en el mundo, me aguanto y convivo con ellos, y a veces hasta finjo que sí me gustan.
El caso es que cuando a Piloto, nuestro gato, lo envenenó un vecino resentido por no sé que fechorías en su cocina, en honor a la verdad no lo sentí mucho. De todos modos, el espectáculo no fue agradable. El infeliz animal alcanzó a llegar nuestra casa con sus últimas fuerzas y tras vomitar un líquido amarillento y viscoso se dejó caer sobre el tocador de mi esposa, rompiendo la luna del espejo con su cabeza. Después de eso, ya no volvió a moverse.
Preocupada por la impresión que semejante escena pudiera causar en Tina, mi mujer me pidió que me deshiciera del cadáver, antes de que la niña lo viera. Haciendo un esfuerzo por reprimir el asco, tomé al bicho muerto con un periódico y lo aventé a una bolsa de basura, mientras mi esposa y la criada limpiaban el charco de vómito. Luego, no se me ocurrió nada mejor que poner la bolsa en la cajuela de mi carro, para ir a enterrarlo más tarde.
Apenas habíamos terminado de medio limpiar el desorden cuando llegó Tina, que se acababa de despertar de su siesta. Al ver el espejo roto me preguntó qué había pasado y yo le mentí que lo había quebrado la criada sin querer. “Yautzi tonta” dijo Tina con toda la inocencia de sus cinco años, “ahora vamos a tener siete años de mala suerte”. Yo le dije que no había sido culpa de nadie y que no creyera en esas supersticiones, y luego para distraerla, me ofrecí a llevarla a tomar un helado antes de su clase de ballet.
El helado nos lo tomamos, pero a mí me cayó francamente mal y justo cuando dejaba a Tina en la puerta de la academia de baile, empecé a estornudar sin poderme controlar. Hubiese querido ir a la casa y tomarme un antigripal, pero todavía tenía que deshacerme del gato muerto antes de que mi niña terminara su clase, así que me dirigí hacia las afueras de la ciudad.
Cuando encontré un lugar suficientemente solitario, me bajé del auto y me puse a hacer un hueco tan grande como pude. Ahora pienso que hubiera bastado con arrojar por la ventana la bolsa de basura a una cuneta, pero en ese momento me pareció que era mi deber moral enterrar al extinto miembro de nuestra familia. Apenas había empezado a escarbar, cuando se soltó un fuerte aguacero de primavera.
Después de terminar con mi labor volví a subirme al carro. Los mocos mezclados con agua se me escurrían por la nariz y estaba seguro de que tenía fiebre pues no dejaban de estremecerme los escalofríos. Maldiciendo a mi vecino envenenador, volví a tomar la autopista, ansioso por darme una friega de alcohol y echarme a dormir.
Afuera del auto la lluvia había arreciado y dificultaba la visibilidad. No sé si debido a las nubes o a la hora, el cielo se había oscurecido como si fuera noche cerrada. Por la carretera no pasaba ningún otro coche.
De pronto, tuve que frenar y escuché un golpe seco contra el cofre. Toda la sangre huyó de mi rostro cuando bajé del auto y vi a un niño con la cabeza destrozada. Quién sabe que estaba haciendo bajo la lluvia pero ya no lo haría más. Con una frialdad que me espantó, busqué con la mirada algún testigo del incidente y no pude evitar un suspiro de alivió al no encontrar a nadie. Volví a subir al auto y me alejé del lugar a toda velocidad. El agua de la lluvia lavaba los rastros de sangre del cofre.
Después fui a recoger a Tina de su clase de ballet. Aunque estaba seguro de que nadie hubiera podido relacionarme con el accidente, me sentía completamente desasosegado. Acababa de romper un espejo bien grande y no había helado que me distrajera de los próximos siete años de mala suerte.
Texto de jorge_jolmash agregado el 04-12-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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