Sueños /4
Diego me tomó de la mano y me llevó a pasear por uno de sus sueños.
En él, Diego me mostró los sueños que tenía, pero que el tiempo no le dejó soñar.
Estábamos rodeados de sueños, sueños tristes, sueños no soñados.
Los sueños, sueños incompletos, se proyectaban en las nubes como si fueran películas sobre un lienzo blanco; películas vírgenes, que se estrenaban a cada función.
Mientras caminabamos, veíamos a un Diego cuarentón que correteaba con sus hijos por el patio de una casa; y a otro más jóven que soñaba con una mujer que le arrancaba hasta las dudas; y más allá, se alcanzaba a ver a un Diego viejo, en un colegio, rodeado de jóvenes.
Yo lo miraba, caminando entre sus sueños, y sus sueños me dolían. Me dolían como sólo pueden doler los sueños que tenemos, y que nunca alcanzamos, o nunca nos animamos, a soñar.
Y desperté, soñando la pesadilla que interrumpió el dormir de Diego, y que terminó con el sueño que juntos tuvimos de hacer una realidad diferente. |