LA MANO
Hace treinta días maté a mi esposa. La estrangulé.
Y mientras su cuerpo convulsionaba desesperado, yo reía sádicamente. En determinado momento, tratando de prolongar su agonía, aflojé mis manos para que inhalara vida por breves segundos. Quería darle la oportunidad de articular una frase y sentir la satisfacción de escuchar de sus labios un último e impotente insulto, una última injuria. Una súplica, talvez.
Pero no fue así.
Mirándome con un atisbo que parecía provenir desde los linderos del más allá, dejó escapar un balbuceo sibilante que más que vocablo era una promesa indefectible de funesto cumplimiento.
- “Volveré”
Por esas razones que la razón ignora, aquella palabra inflamó mi arrebato hasta el borde del colapso, y terminé mi tarea con una satisfacción que se me antojaba deliciosa, macabra y gratificante como un orgasmo a las puertas del infierno.
En la soledad del campo y con la oscuridad por cómplice no me fue difícil deshacerme del cadáver, pero desde aquel día, esa palabra resuena en mi mente con ribetes obsesivos de acoso y persecución.
Cuando la noche está por convertirse en aurora, siento la presencia de Valeria rondando mi cama, y en la penumbra me parece que su mano, fría con hielo espectral, toma mi mano tibia, esa mano que le dió muerte y la acaricia como tratando de convertirla en una aliada comprometida con su venganza…
Para mi sorpresa, una madrugada dejó de venir y su presencia se esfumó. En realidad, ya no fue necesaria pues, a partir del día siguiente comenzaron los extraños sucesos que desde entonces me atormentan.
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Jadeo. Despierto sofocado y sudoroso. El aire no llega a mis pulmones y la angustia se agiganta en proporción directa a mi ahogo.
Mi mano derecha está férreamente asida a mi garganta y aprieta. Aprieta. Aprieta hasta que la conciencia se va convirtiendo en un puntito luminoso decreciente.
Y cuando la pequeña luz se transmuta en un ronco estertor de agonía, mi mano, mi mano que ha cobrado vida propia, afloja la presión y el aire penetra en los pulmones con un retumbo que más que una respiración es un bramido escalofriante y aterrador.
A continuación, moviendo los dedos como desentumeciéndolos, se acomoda suavemente entre las sábanas, mientras una risita sardónica golpea mi imaginación.
Resoplando agitado permanezco largas horas sentado en la penumbra de mi habitación contemplando aquel engendro. Trato de sacudirla pero no obedece. Como si de un ser vivo se tratara, extiende los dedos, da la impresión que se acomoda y se duerme.
Noche a noche batallo por no dormir, pero al final el cansancio me vence. Por fracciones de segundos pierdo la conciencia pero enseguida, como resorte activado por el instinto de supervivencia, alzo la cabeza y abro los ojos.
Y lo primero que veo es a la mano.
Y está ahí. Quieta. Inocente. Despreocupada. Sabiendo que su momento llegará. Dormir se ha convertido para mí en el peor castigo. Y mientras insomne permanezco anhelante, mil pensamientos cruzan delirantes por mi mente, pero aquella palabra, su última palabra martillea mis sienes como un herrero maldito condenado a golpear eternamente en el yunque de mi conciencia con un mazo de congoja y desesperación.
Anteanoche desperté sobresaltado y vi con asombro que la mano acariciaba a la otra, y desde entonces he comenzado a temer que también esa, como si se tratara del contagio inevitable de una peste medieval, comience a hacer lo mismo.
Escribo esto con mi mano izquierda pues soy zurdo. Veo con horror como la mano comienza a despertar, como si un ente misterioso le avisara que ya es de madrugada. Los dedos están crispándose, se asemeja a un tigre que tensa todos sus músculos antes de dar el salto asesino.
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