Había una vez un pez que todos los días soñaba que era una ballena y que recorría todos lo océanos.
Al principio era feliz. Se sentía inmenso y sabía que no había en todo el mundo una criatura más imponente que él. Podía recorrer los océanos a su entero antojo, por la mañana nadaba por el atlántico y en la tarde ya estaba en el pacífico.
Pero al poco tiempo sentía la angustia de ser tan grande y pesado, en realidad no podía moverse con la agilidad acostumbrada, eso le impedía ocultarse entre los arrecifes de coral, que era su juego favorito. No le gustaba tampoco ser gris, el color no le iba a su personalidad, prefería sus tonos anaranjados y amarillos, tan vivos como él. Pero nada le pesaba tanto como su soledad, pues él estaba acostumbrado a tener a todo el cardumen a su alrededor, y eso de recorrer los océanos en solitario lo ponía demasiado triste.
En realidad no quería ser inmenso ni recorrer los siete mares, eso no era para él.
Por eso, cuando volvía en sí, se sentía contento de ser un pequeño pez tropical, se divertía con sus cientos de hermanos jugando a las escondidas entre los arrecifes. Presumía sus colores y le encantaba ver cómo brillaba su cuerpo con los rayos del sol. Sabía que no estaba solo, que tenia la protección y la compañía de sus compañeros de toda la vida.
El pequeño pez vivía feliz, pero al finalizar el día, echaba de menos ser una ballena para recorrer los océanos, entonces posaba sus sienes sobre la almohada y se ponía a soñar… |