Querido señor omnipresente:
Me siento desdichado, alejado de todos, al margen del gran huracán que despedaza ciudades e iglesias. Todo esto es como una gran ola que me revuelca y me lanza contra la arena sellándome la boca con cucarachas de la suciedad que los bañistas dejan. No sé que hacer, señor. Cuanto desearía no haberlo hecho, si es que esa es la razón. Creo que sería vulgar hacerme un poco más explícito, digamos que tomé prestado algo de una persona que guardaba confianza en mí. Pero me parte el alma saber algo que el desconoce, apreciar como sus mejillas de almíbar viajan como un mendigo ciego en el bus. Le rogaría que no acusara un pecado, porqué ya estoy cansado de pecados y errores, no quiero saber más de normas ni de acondicionamientos arcaicos. Sólo deseo que de alguna manera mi cuerpo se traslade a un campo inmaculado, donde crecen geranios fosforescentes y acacias púrpuras. Por un minuto desearía arrancarme de mi pasado y abandonarme al aroma de la soledad. Lo he tratado, señor. A pesar de que aún no lo logro tengo la estúpida esperanza de que algún día mis desesperados esfuerzos no serán vanos y fructificarán como las flores en primavera. Quizás esa es la muerte, un viaje hacia un campo florido donde no hay manera de recordar los dolores arraigados a nuestra alma. ¡Cuánto desearía morir! Aquí la soledad es un puñal en el vientre, una condición indeliberada, un encierro sostenido, un parche en los labios, un golpe en el rostro, una notificación judicial, un juguete de amor…Pero debo confesarle, señor, que no todo ha sido en vano. En esas largas horas de vigilia, cuando los ojos permanecen cerrados y la cabeza yace lánguidamente contra la almohada, aprendí a soñar y a desarrollar largos pasajes de novelas, parlamentos de personajes heroicos, reyes despóticos, mujeres altaneras, madres supremas y amigos de uña. Así comprendí el arte de escribir campos floridos, de pintar geranios ensimismados y de hundir en la bruma hermosas acacias blancas. Fue allí también donde lo conocí a usted, que no se le olvide, lo encontré recogiendo manzanas de un árbol podrido, y se me partió el alma notar que sus ojos ya no podía contemplar más que la penumbra de su mente, entonces le tendí la mano y lo llevé hasta otro árbol de semblante vigorosa y fresca, pero se detuvo y me tomó la mano sabiamente, dirigió su mirada magmática hacia mi pecho y me dijo que prefería las manzanas podridas antes que las frescas por ser testigos de mayor edad. No hizo más que obligarme a sonarme el corazón. Señor, debo confesarle que usted ha sido el único que ha logrado apaciguar el tormentoso cauce que recorre mi mente, si tan sólo pudiera abrazar el contorno de su figura decaída, pero nada puedo palpar con palabras. Espero, algún día, poder escribir sobre mi figura una que no esté obligada a ser testigo del genocidio constante. |