El capitán general Adolfo Grimaldi contemplaba desde su silla de ruedas un manzano demacrado en el patio. Estaba sólo en el gran salón cuando una enfermera jorobada le trajo una bandeja con manzanas picadas y un vaso de agua.
- ¿Son del árbol? preguntó con curiosidad
- No, señor dijo la enfermera con tedio. Ese árbol hace mucho que murió agregó mientras apoyaba su nariz contra el pringoso ventanal que daba al patio.
Apenas comió un trozo sintió nauseas y dejó el plato de lado. A esa hora, pensaba, ya debían haber llegado sus compañeros. Su ausencia era como una gratificación por las constantes molestias que le hacían pasar. Pero lentamente comenzó a oír sus ruidos, primero los oyó levantándose de sus camas como pasas parapléjicas y luego amontonándose frente a la puerta sin resolver quien entraba primero. Cuatro seniles se abalanzaron entre empujones por la puerta giratoria, y uno, Benito, quedó atrapado de las mangas. Tuvo que venir Marta, la jorobada, y sacarlo entre reproches. Finalmente los tuvo a todos asediándolo junto a su silla. Se sentía sofocado de tantos rostros rendidos ante el tiempo y de tantos ancianos incapaces de controlar el esfínter.
Toda la sensación de armonía allí acaecida se transformó en un vaivén de risas y tosidos carrasposos. Cuanta repugnancia le hacían sentir, los pensaba como rocas a las cuales había que alimentar y ayudar a orinar, rocas que, por supuesto, eran totalmente inútiles. Si aún estuviese al mando, ya me habría deshecho de estos parásitos, pensó con vehemencia. Benito, el menor, era el más arrugado de todos; lucía como un perro buldog con un extenso historial de complicaciones al pulmón. Era el humorista del grupo, que en realidad es mucho decir. Apenas sabía uno que otro chiste o demasiado vulgar o demasiado predecible. Lentamente iba desprendiéndose de sus facultades y de su lucidez, y abandonándose a un sopor constante. El proceso de la vida, según el capitán, acababa de la misma manera como se empezaba, amarrado a un cordón umbilical. Benito estaba junto al precipicio, apenas controlaba su esfínter y con esfuerzos percibía el abandono que sufría el asilo.
Una vez, no hace mucho tiempo, el asilo había estado tan pulcro como la patria, pero ahora, luego de constantes corrupciones y rotaciones de poder, más se asemejaba a gran fosa común, repleta de ramas secas y metales oxidados. Todo aquí se pudre, pensaba el capitán mientras miraba a las enfermeras que se debatían entre el cansancio y el hecho inexorable de que prontamente irían a ser atendidas por los ancianos. Por lo demás, no había mucho personal, además de Marta, estaban Marianela y Amaru. Todas eran jorobadas, quizás por cargar todo el día con un asco de toneladas. Aunque cada una tenía tareas definidas, se turnaban al azar quien se ocupaba de la higiene. Por eso todos los domingos en la noche era posible oír una pieza dramática cargada de angustia cuando una de ellas resultaba ser la escogida para la nauseabunda tarea.
Pero el azar no actuaba de la misma manera en el asilo. Por eso a Amaru no muchos la conocían, puesto que su suerte era del tamaño de su trasero, tan solo una vez se había ocupado de algo fuera de la cocina. Apenas puso un pie en su dormitorio se asombró, era tremendamente baja y gorda, de rostro lúgubre y decaído. No podía comprender como lograba desplazarse. Su figura, pensaba, era la reunión entre un bisturí y un científico miope.
Seguía contemplando el patio, ahora envuelto en el bullido de la ópera de voces pedregosas que se concertaban alrededor suyo. Epifanía, la mayor del asilo, tarareaba una canción al ritmo de su pie que el capitán no pudo descifrar. El ruido monótono del zapato contra el piso de cerámica y una jaqueca lentamente lo hartaban, primero partía soltándose los botones de la parte de arriba de su camisa empapada, y luego pidiéndole entre ademanes febriles que se detuviera. La anciana se detuvo, pero no dejó de mirarlo con rostro sonriente, estaba sentada en un andrajoso sillón color marrón mientras emitía desagradables ruidos con su lengua recorriendo su dentadura. Fue alguna vez bonita, pensó el capitán, pero nunca inteligente. Se la pasaba todos los días elaborando maneras de enervar al capitán y mandarlo a postrarse, y lo peor era que en la mayor parte de los casos triunfaba. Y eso la hacía jactarse, entonces sacudía su cabeza de cabello plateado en señal de regocijo. Pero no esa vez, pensaba el capitán, no lo derrotaría esta vez. Apretaba el puño como una roca mientras trataba de pensar en cualquier otra cosa, en recordar antiguas batallas y heridas mal cicatrizadas. Entonces su atención se desvió al patio, a través de la ventana, en el rincón inferior de una esquina, apreciaba nítidamente como una turba de hormigas devoraba sin piedad a un caracol dado vuelta y totalmente entregado a los pocos segundos que le quedaban de vida. Sentía el caracol en su caparazón, como una infinidad inestimable de salvajes se agolpaban sobre su cuerpo pegajoso y le inyectaban una sustancia desconocida que lentamente lo sumía en la más sofocante de las sensaciones, un calor como la de los tiempos de la canícula, pero que además lo petrificaba frente a la muchedumbre que iba desgajando trozo a trozo su carne. Y al capitán le pareció fantástico el espectáculo. No dejaba de admirar la estrategia de las hormigas, pero aún así no fue suficiente distracción. Inmediatamente volvió a su estado de lánguido soponcio, incapaz siquiera, por tedio, de desplazar ideas en su cabeza.
Todo, incluso los relojes, avanzaba de manera triste en el asilo. El tiempo parecía contagiarse cuando entraba al asilo, se sumía por osmosis en la más triste de las somnolencias, se hacía piedra cuadrada y avanzaba fatigosamente a través una acera horizontal bajo un sol incinerante. Y todos los ancianos decrépitos lo veían pasar frente a sus narices, como un mendigo cargando con un plato y un bastón apunto de quebrarse, pero no podían hacer nada por él, pensaban que si tan solo se atrevían a otorgarle asilo sus vidas se prolongarían aún más; y es que en el fondo de todo risa jubilosa había un anhelo por vestir cuanto antes la mortaja. Y eso el capitán lo comprendía cabalmente, quizás hasta él deseaba por momentos hundir su cabeza en la colcha de un ataúd en la cual no estuviera sometido a la obligación de pensar por pensar.
Hace unos otoños, envuelto en el misma dilema de no tener que hacer, había pensado en escribir su autobiografía, pero pronto la idea le pareció demasiado pueril y evidente, además habría sido un libro en vitrina del olvido inmediato; sin embargo, aún así sostenía la idea en su cabeza, porqué al fin y al cabo tenía que hacer pasar el rato de alguna manera y la recapitulación de sus hechos le atraía a tal punto que comenzó a escribirla una tarde, cuando las luces crepusculares apenas alcanzaban las esquinas del cuaderno cuadriculado. El bolígrafo se desplazaba con timidez sobre las diáfanas hojas, casi como si temiera revelarse alguna cosa y hallarse frente a una encrucijada demasiado lacerante. Pero pronto la tarea lo fue absorbiendo, sumiéndolo en recuerdos de su niñez y en la hacienda, el aroma a establo y pastizales y su Sir Francis Drake. Se detuvo y cerró los ojos, volvió a vislumbrar en la penumbra de su mente al caballo galopando a trote descarrilado por el accidentado terreno que a pesar de todo era incapaz de detener su febril curso, un río desbordado, un cuerpo geométrico inmune a cualquier secante. Cuanto extrañaba al corsario, como le decía su padre, un anglosajón de semblante recio pero de calido trato, al cual extrañaba tanto o más que a su perdida mascota de infancia. Cuando quiso regresar a la tarea ya emprendida con éxito, las palabras flotaban en un mar de lágrimas solemnes. Arrugó el papel y lo lanzó al basurero.
El asilo despertó esa noche de manera sorpresiva. Una tormenta sin precedentes cruzaba sobre la anciana casa de madera lanzando rayos y lluvias del filo de una espada. Se oía como un gran enfrentamiento sobre la cabeza del capitán, que no dejó de estremecerse ni pensar que la batalla no había terminado aún. Se levantó con dificultades y atravesó el lóbrego corredor, pero justo antes de llegar al salón lo detuvo Marta. En ese momento cayó un rayo sobre el raquítico manzano y la jorobada cayó con todo el peso del gran hongo que crecía en su espalda. En cambio, el capitán contemplaba con asombro mientras se apoyaba sobre el marco y se dejaba acariciar por el fulgor suscitado, y sólo entonces, el asilo volvió a iluminarse como en tiempos pasados.
A la mañana siguiente los ancianos no dejaban de hablar de la tormenta. Sus expresiones parecían haber rejuvenecidos a pesar del desvelo, recordaban vivamente tiempos en que las balas estruendosas eran asunto cotidiano y en que sus tímpanos se habían acostumbrado a soportar cañonazos. Al capitán nada de eso le ocurría, tan sólo contemplaba con angustia al manzano enlutado que paulatinamente iba perdiendo sus ramas entre polvo y viento.
La puerta giratoria se abrió repentinamente. Marta anunció que Amaru había enfermado gravemente y que irían al pueblo. El asilo quedará sin custodia, pensó el capitán anticipadamente. Amenazó claramente sin dejar de enseñar vistosamente una regla de madera golpeando su palma , que cualquiera que saliera del asilo iría a ser castigado severamente. Los ancianos, de ojos saltones, asintieron simétricamente. Pero el capitán no atendió a las amenazas, y apenas las enfermeras se perdieron entre los árboles, salió a recorrer el vasto parque que rodeaba al asilo.
Caminaba a paso ligero a través del sendero pedregoso. Sus piernas hacían un enorme esfuerzo por satisfacer las ansias del capitán. Ya hace mucho que había preferido la silla de ruedas, pero tan sólo por asunto de comodidad; en realidad la única invalidez que sufría era la condena de permanecer recluido de todo cuanto amaba.
Cuanto lo aliviaba perderse en el bosque de acacias blancas, dejarse sustraer por el suave perfume que penetraba sus narices. El suelo había sido víctima de la vertiginosa tormenta sucedida la noche anterior, y se encontraba completamente ahogado en aguas de hojas secas. El fin del camino, vagamente trazado, no se alcanzaba a vislumbrar y cuando el capitán sintió que ya era suficiente, y que el consume de esa distracción iría a durarle quizás algún mes, emprendió la vuelta.
Cuando volvió, los ancianos gritaban y saltaban penosamente de los sillones, al parecer la competencia consistía en el salto más alto. Pobre de Benito, pensó el capitán cuando lo vio boca abajo y con su dentadura postiza en mil pedazos. Y como hombres que han perdido el derrotero, y que se dirigen hacia la catacumba desde donde se concibieron, el ambiente se envolvió en un aria de voces sopranos. El capitán era el único que no se contagiaba, ninguna lágrima brotaba de sus ojos.
Para cuando las enfermeras volvieron ya había anochecido y las lágrimas se habían perdido en una memoria de corto plazo. Jugaban naipes, leían libros y contemplaban absortos. La hora de la cena fue anunciada con campanas, el capitán, que en ese momento ojeaba un libro sobre las catacumbas de parís, emprendía marcha hacia el comedor cuando Marta lo hice desviarse entre ademanes desesperados.
La acompañó hasta un cuarto contiguo, que por su lobreguez más se asemejaba a un confesionario. Oyó como se sentaba en una silla de madera cansada y como llevaba sus manos a los muslos mientras preparaba meticulosamente las oraciones en su mente.
- Señor Grimaldi dijo. Se tomó una pausa que puso nervioso al capitán. Se secó la frente mientras aguardaba a Marta, que rearmaba cuidadosamente su discurso. Tenemos miedo, señor agregó
- Es normal en la gente que no ha sido entrenada. Lo comprendo respondió el capitán apresuradamente
- No se trata de eso, señor. tiritaron sus palabras como si su cuello estuviese siendo ahorcado
- Entonces dígame pronunció seriamente el capitán, que se acercaba paulatinamente a la respiración de la jorobada inclinada en su silla. ¡Vamos! agregó impacientemente. Marta tomó aire, suficiente como para vaciar el dormitorio y poner morado el rostro fornido del capitán.
- ¡Señor, es que le han reconocido! grito mientras rompía en lagrimas de remordimiento y temor. El capitán echó su cuerpo contra el respaldo de la silla y sintió como un revoltijo indescriptible de emociones e ideas se licuaban en su cabeza. Finalmente se tradujo y con calma preguntó:
- Dígame ¿Quién me ha reconocido?
La jorobada le reveló entre susurros que un grupo de campesinos lo habían avistado a lo lejano y que habrían dado aviso a la autoridad regional. Y no pudo prescindir de llorar desconsoladamente mientras apretaba las manos debilitadas del capitán y le preguntaba obstinadamente porqué había salido del asilo siendo que le habían repetido que se quedara lo más escondido posible. El capitán respiraba ahora entrecortadamente y constantemente tosía para rellenar el silencio. Le pidió un cigarrillo a Marta, que luego de vacilar se lo puso en sus labios agrietados. Entre la musaraña que se formó frente a su rostro, le preguntó quien le había dicho tal cosa.
- Fue Artemio -. El nos ha ayudado desde que usted esta aquí señor
El cuarto resguardaba dos cuerpos abandonados al temor y a un silencio perpetuo. Cualquier leve movimiento, el roce del chaleco contra la silla, era oído como un estupor del cual deseaban cuanto antes alejarse. El capitán no dejaba de trasponer en la penumbra de su mente una serie casi infinita de posibilidades, aunque muchas de ellas demasiado absurdas como para llevarlas a cabo. Sentía que el silencio lo iba derrotando progresivamente y que cuanto antes tenía que contraatacar para no parecer demasiado irresoluto.
- Me marcharé por la noche. Encárgate de hacerme las maletas y hacer como si nunca hubiese estado aquí profirió tajantemente
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