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Inicio / Cuenteros Locales / claudiodavid / Crónicas Insomnes 11

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Aquella no fue la única vez que estuve en la casa de Raúl. Fuimos un par de veces más, no muy seguido, eso sí. Las más veces nos quedábamos en mi casa, otras salíamos a recorrer Viña del Mar por las noches. Frecuentábamos lugares muy distintos a los que acostumbraba a ir por ese entonces, lo cual me resultaba extraño, y a veces, aburrido y molesto. Pero no había mucho que hacer. Había que dejar pasar el tiempo, que se apaciguaran las cosas, y no quería que los matones se acriminaran conmigo. Estas preocupaciones me tornaron nervioso, insomne y mal genio.
La relación con Carolina, la China, o Anaís, tampoco andaba muy bien. Se perdía la magia, la atracción y la adrenalina del principio, llegando a preguntarme si había valido la pena dejar las cosas hacía antes de conocerla. Otra cosa que me preocupaba era su afición por la cocaína. Me molestaba el hecho de encontrarle siempre con unos gramos encima. A veces la sorprendía en el baño jalando el polvo blanco, con lágrimas en los ojos. Ella tampoco daba señales de querer mejorar las cosas. Descuidaba bastante el tiempo con su hija, a quien dejaba con su madre, mientras se iba conmigo para pasarlo bien. De algún modo era nuestra vida, desde el principio fue así, sin responsabilidades, sin freno. Todo era reventarse.
Julián me observaba siempre, sin decirme nada. Tampoco quería hablarle mucho, la verdad, era mejor dejar las cosas así. Cuando uno se mete en algo solo, tiene que salir solo o morir en su ley. Hasta que un día me dijo.
- Oye hueón, tengo que hablar contigo…
- Dime…
- Es de ti, de la China también…
- Que pasa, poh, hueón…
- Estamos mal, cabrito. Muy mal. Mira, no por mala onda, pero me está molestando que esta mina esté tanto acá, en la casa. Está invadiendo el espacio común nuestro… o sea, tú cachay, cierto?
- No… no cacho.
- Esta casa, o departamento, es nuestro. Nosotros lo pagamos para tener espacio propio, cosas tuyas y mías, el derecho de pasearte en pelotas por toda la casa si querí, hueón, y cuando está esta mina aquí se pierde esa hueá, cachay, hueón? Es que es como mucho, creo yo. Tú sabís que nosotros no tenemos problemas, pero tení que cachar que la China no es muy sana que digamos. Si la cacho que se cura con voh y todo, y también que se jala en el baño. Voh no vay a estar…?
- No… no, hueón, calmao. Si yo no pasa nah, hueón, si es esta mina la hueona por la chuchadita esa. Tranquilo…
- Entonces vaya cachando el mote, socito. Tampoco está bien la hueá de ustedes, se nota, y es mejor, en realidad… Aquí pasa de todo compadre, pero no quiero jaladas… en serio.
- Mmm…
No se equivocaba el hombre. Pasó la semana y a Carolina se le ocurrió visitar a Raúl, un viernes. Ya me imaginaba por qué. Asentí, no quise poner problemas. Esperaba el final.
- Vamos, pues. Llevemos un ron, que te parece?
- Si… me gusta el ron.
A la media hora estábamos en la casa de Raúl, nuevamente. Había gente que no conocía, además de los que ya eran habituales.
- Como están, chiquillos? – Raúl nos saludaba con su acostumbrada cordialidad – aquí estamos todos, ahora.
Entramos y me presentaron a quienes no conocía, entre ellos un par de minas, un joven, casi adolescente y homosexual, y un tipo con un corte de pelo estilo uniformado, de nombre Eduardo.
Mientras Carolina conversaba eufóricamente, yo no me sentía bien. Traté de entablar conversación con Patty, o con Raúl, a los que conocía mejor, pero no me fluía nada. Me quedaba callado, bebiendo el combinado de ron, escuchando más que otra cosa. Había cosas que aún no me cuadraba en el grupo, así que comencé a analizarlo, por sus conversaciones, y preguntas que iba haciendo disimuladamente. Logré convertirme casi en parte del mobiliario del lugar, una vez que ya poco hablaba. Y entre las conversaciones fui descubriendo cosas que quizás no hubiese querido saber.
Primero fue el asunto de la cocaína. Todos, excepto yo, cumplían con el rito de desaparecer a la cocina para drogarse. El hecho es que nadie habló de comprarla, de cuanto había costado, pero sí del proveedor. Patty, la mujer mayor que se encontraba ahí, viajaba casi todos los fines de semana al puerto desde Santiago. Claro, era ella quien traía la coca desde allá. Ella vivía de eso. Su marido, Rafael, era un conocido narco de La Legua, obviamente buscado por la policía. Quizás para evitar alguna redada los fines de semana Patty se venía a Valparaíso, con una carga considerable de polvo blanco, sólo para divertirse, tomar, recuperarse y seguir tomando con sus amigos, a los cuales conocía desde la infancia.
Quizás por diversión, o por escapar de cualquier eventualidad, Patty estaba todos los fines de semana acá. Y por esa razón se congregaban siempre todos, por la oportunidad de drogarse gratis. Por eso Jaime me había dicho en la primera oportunidad que estuve ahí que había mucha, que no me preocupara. Jaime también era amigo de años con el grupo. Entre trago y trago también me contó que había sido amigo del hermano de la China, un tipo llamado el “Yampier” (Jean Pierre), quien había sido un matón y lanza de Valparaíso, y había muerto en un enfrentamiento con otros de una banda conocida, del sector de Montedónico, en Playa Ancha. Estos eran unos matones tipo cuatreros, que andaban a caballo. Jean Pierre le había hecho “la mexicana” a uno de ellos, robándole al momento de negociar marihuana. A los días después tomaron venganza y lo degollaron en el cerro Cordillera.
- Y se lo echaron, así nada más? – pregunté.
- Mmm... si pues. Ni se arrugaron.
Jaime hablaba y hablaba, a medida que el trago le iba haciendo efecto. Al parecer no mentía, por el lujo de detalles con que se refería a los cosas. Pero ya de pronto estaba borracho y balbuceaba incoherencias, hasta que comenzó a quedarse dormido.
- Qué le pasó? – me preguntó Carolina – Ya se curó?
- Si... está como piojo.
- Y tú, como estás? Te noto raro hoy, hace rato...
- No, nada... tonteras.
- Ah... bueno...
Carolina seguía en lo suyo, conversando con el mariconcito joven al cual yo no conocía. Debía tener entre dieciséis o diecisiete años, y era pequeño, flaco, casi andrógino. Los ojos celestes del chico parecía que iban a salírsele de la cara, y las ojeras se confundían con la línea roja e irritada que se le formaba en el párpado inferior. Conversaba animadamente.
- ... y entonces salimos de la disco, cachay, cuando se nos acercó él y nos invitó a su casa. De ahí que andamos juntos. Es paco, pero no es cuático ni nada... Así que aquí estamos...
Se referían a Eduardo, que estaba en un sillón tirado, medio dormido. Ya con esto último terminé de asustarme. Estaba en una casa con una mujer que negociaba cocaína en Santiago, con maricones, drogas, y un carabinero que al parecer hacía las dos cosas, lo cual era suficiente como para que hicieran una redada y nos fuéramos todos derechito al calabozo. Terminé el combinado y me levanté.
- Carola, yo creo que es mejor que nos vayamos. Ya es tarde, tengo que manejar...
- Qué? No... como nos vamos a ir, es temprano, Claudio, vámonos más rato...
- No... vamos. Mejor nos vamos ahora… o al menos yo. Raúl, como siempre ha sido un gusto, pero yo me tengo que ir. Gracias por todo... vamos, China?
Me puse la chaqueta, me despedí de todos y tomé los dos cascos, ofreciéndole uno a Carolina. Pero no lo recibió.
- Qué te pasa? Yo no me pienso ir. Si quieres...
- Perfecto. Me voy solo. Chao.
Salí, tratando de aparentar tranquilidad. Me monté en la moto, me acomodé el casco y encendí el motor. Se abrió la puerta y saló Carolina.
- Y me vay a dejar aquí? Qué te pasa, huevón?...
- Mira, ya te dije… yo me voy. Si no quieres irte, quédate. Simple. Si no hay que darle tanto color a la huevá…
- No, si no me voy a ir… tú le…
- Bueno.
Partí. No quería ya seguir con la estúpida discusión. Me encaminé hacia el plan de Valparaíso sin mirar atrás, como si todo hubiese sido un mal sueño.

Texto agregado el 11-12-2007, y leído por 5 visitantes. (0 votos)


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