La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - josef - 'La consulta.'


La consulta.

Introducción a la historia:

Un vaso de coca cola para despejarme, un yogurt, un dvd interminable con cuatro horas de música heterogénea, una cómoda butaca forrada de azul, especial para ordenadores, la impresora Hp deskjet F370 lista para grabar todo aquello que discurra por mi cerebro, y tiempo, una tarde y media noche a mis espaldas ¿qué más quiero...?
En esencia tengo todo aquello que deseo, estoy listo. Sólo me falta la idea que me haga despegar. Espero, pienso ¿o no lo hago? La música... las melodías penetran profundo... Están ahí, puedo ver los espacios. Olvido referencias, distancias; ya no hay puertas ni paredes, tampoco lámparas ni marcos de madera. Mi mirada se concentra y funde en la consola del ordenador, la música crea el cuadro perfecto dentro de mi mente, estoy arrancando y listo para escribir...

La consulta.

Aquella tarde, mientras aguardaba en la sala de espera de mi psiquiatra, las Navidades se acercaban de nuevo imparables y yo me preguntaba: ¿Por qué estaba allí? Qué había sucedido para que una persona en perfecto estado mental tuviera que asistir a un psiquiatra. Eché cuentas y me espanté. Llevaba acudiendo a la consulta diez años. ¡Diez! Una década y para qué, si yo era un hombre normal. De hecho me había forjado una familia, tenía un puesto de trabajo, una mujer adorable, mis mascotas Timi el perro y Candy la gata, y a las cuales Adela, mi hija de cuatro años, adoraba... Tenía todo cuanto un hombre puede desear en la vida.

Helena, la psiquiatra, me hizo pasar. Era un despacho pulcro y cuidado en una zona céntrica y cara de la ciudad. De hecho, cada sesión me costaba un riñón. ¡Uf! Me arruinaba, aquello me quemaba. Debía hacer algo y terminar con esa situación... ¿estresante? No. ¡Vamos! Si yo no estaba estresado. Si ni siquiera entendía qué quería decir aquella absurda palabra.
Me invitó a sentarme mientras me ayudaba a quitarme el abrigo, hacía frío en la calle, en cambio allí dentro todo era cálido, tranquilo e incluso relajante. Se sentó donde siempre, frente a mí, en su lugar al otro lado de la mesa de cristal. Ella, siempre correcta, atenta, de hecho perfecta; sabía guardar las distancias. Sí, sabía comportarse y transmitir bienestar mediante aquella mirada preciosa y aquel rostro firme y siempre... aburrido. ¿Aburrido? ¿Acaso yo la aburría? ¿Qué pensaría de mí? ¿Sería uno más en su ajustado horario de consultas? Nunca me lo había dicho y en realidad no sabía nada de ella, ni siquiera si estaba casada y tenía un marido insulso listo vago o imbécil. En cuanto a los fines de semana ¿iría de compras a los almacenes como hacía la mayoría de la gente mediocre? En cambio yo le contaba todo. Diez años dibujando con esmero los detalles más procaces bellos e insulsos de mi vida, diez años de sumisión y había olvidado el porqué estaba allí...
Me enfrenté a su mirada, me traspasaba, era capaz de hacerlo sin esfuerzo, estaba seguro. Me conocía mejor que a cualquiera de sus hijos si los tuviera ¿o los tenía? Hice un esfuerzo por mantenerme sereno y le pregunté.

- Helena. Dime. ¿Por qué estoy aquí?

No se inmutó. Moviendo los hombros, tan sólo contestó.

- Tú sabrás...

Permanecí mirándola en silencio, mientras me frotaba las manos. Estaban frías y tensas. Sobre todo tensas. Diez años y la seguía temiendo. ¿Y por qué la temía? ¿Por qué no se lo decía y acababa de una vez? “Helena te temo. Tu mirada me desconcierta y descentra por completo.” ¿Por qué en todo ese tiempo no fuimos capaces de compartir un solo café ni hicimos un esfuerzo para intentar ser amigos? Y por qué después de cada consulta tenía que dejar sobre la mesa esos ciento cincuenta papeles. ¿Por qué el dinero? ¿Por qué? ¡Exigía saberlo!
Claro... No exigí nada. En cambio, le contesté.

- No lo sé bien.

De nuevo sus ojos estaban clavados en mí. Utilizando su fascinante expresión de Madonna me dijo.

- No lo sabes, o no quieres saberlo.

El qué... ¿Qué era aquello que no quería saber? Dónde residía el misterio de mi vida, de mi pasado. Que yo supiera mi actitud como persona, como ser humano, había sido siempre intachable. Al menos mejor que la de cualquier desgraciado de...
Mi mano izquierda comenzó a temblar. Con disimulo la oculté bajo mi brazo derecho. Eran ellos, los echaba de menos, los medicamentos. Para colmo no recordaba qué ración había olvidado tomar aquella mañana.

- Cuéntame... ¿Y cómo te va? Me preguntó.

Y qué... Qué contar cuando en mi vida no pasaba nunca de nada. Si era un continuo fluir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pero para esa clase de pregunta si estaba prevenido y llevaba respuestas preparadas. Utilicé una que tal vez sonara bien y conviniera.

- ¡Oh! Ja... Sabes. Ayer le compré un gatito a la Candy.

Permaneció mirándome inquisitiva unos segundos, sus labios esbozaron una sonrisa... ¿burlona? Y mirándome divertida, me inquirió.

- ¿Le has comprado una gatita a tu gata?

Mierda... Sin querer debía de haberme tomado el doble de ración de Orfidal y la memoria me fallaba. Sonreí nervioso y corregí.

- No... En realidad fue a mi hija. Sí, a mi hija...

- ¡Ah! ya. Y dime. ¿A cuál de tus cinco hijas se lo compraste? Me preguntó con renovados ojos de felicidad.

¿Cinco hijas? No tenía sólo... ¿una? Ya no había duda. Algún medicamento me estaba afectando y me inducía efectos contraindicados. Sin duda era culpa mía, por no leer una vez más los detalles de las posologías.

- A Adela... Sí, a Adela. Respondí, mientras hacía un esfuerzo para no gritar del miedo y la ansiedad.

Pero Helena ya se había dado cuenta. Nada pasaba inadvertido a aquellos ojos de ave rapaz ¿o de buitre?

Haciendo una mueca dolorosa, lo dijo. Preguntó exactamente lo que tenía que decir y lo que yo, retorciéndome los dedos, esperaba que dijera.

- ¿Necesitas que te extienda alguna receta?

Resoplé con júbilo encubierto. Al fin se producía lo que deseaba y en realidad lo único por lo cual acudía de nuevo a la consulta. Me apresuré a responder dando los datos que estaban a mi alcance.

Pues sí doctora, en realidad necesito que me extienda unas cuantas. Verá... Se me terminó casi todo...

- Veamos, dijo ella. Hagamos un repaso a lo que estás tomando para ver si estás debidamente reforzado. Y comenzó.

- Humm... Para estabilizar tu estado ansiolítico tomas dos pastillas de Orfidal Wyeth. Una por la mañana y otra antes de dormir. ¿Correcto?

- Sí...

- Tres grajeas de veinticinco miligramos de Topamax antes de dormir como tratamiento preventivo contra las migrañas asociadas a tu stress. ¿Correcto?

- Sí...

- Dos Frosinor de veinte miligramos después del desayuno y dos más de Deanxit para la astenia y para prevenir la depresión crónica. ¿Correcto?

- Si. Bueno... no exactamente. Tuve que añadir un par más...

- ¿Cómo? ¿Un par más? ¿Te sentías tan... mal?

Sus ojos me exploraron de forma huraña y amenazante, me puse a temblar.

- En realidad yo... No lo sé. Solo sé que tuve que añadirlas...

Pareció relajarse de pronto y me miró con aprobación. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su cómodo sofá y añadió.

- Bueno... No es problema. Si te van bien continúas así. Sigamos.
Para regular los estados anímicos alterados y restablecer la percepción real del mundo que te rodea tomas las ocho capsulas durante la comida de Tropargal que te prescribí. ¿Correcto?

- Si, si...

- Ah, y además te voy a recetar seroxat, un antidepresivo de nueva estructura química, cuatro pastillitas diarias. ¿Podrás? Y para tu memoria que veo te flojea vitamina B1 y B12. Por supuesto no olvides vacunarte de la gripe este año también. No te me vayas a enfermar...

Resultaba curioso pero tampoco recordé haber enfermado de nada grave jamás...

Me pasó las recetas. Las guardé con manos temblorosas. Me ayudó a ponerme el abrigo y me acompañó hasta la puerta. Esbozó una sonrisa en cierto modo prescrita y me extendió una mano distante, que ya no formaba parte de su aséptica e intachable consulta. Era Navidad, aún así ni siquiera permitió que la despidiera dándole un beso.


José Fernández delo Vallado. Josef. Diciembre. 2007.










Texto de josef agregado el 12-12-2007.
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