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Bestias celestiales
Bestias celestiales
Es el paseo de curso de Natalia; un día de campo cualquiera que se extingue en el calendario, entre las hojas marchitas de un otoño dormido y gris.
Estoy sentado al borde de la piscina, observando la quietud del entorno, sólo interrumpida por el alegre e inocente chapuceo de unos niños jugando en el agua. Está nublado, pero no me quito los anteojos de sol; no quiero que nadie vea mis ojos. Los demás parecen felices...
-¿Cuál es su hijo?- me interroga tímidamente una joven madre a la que veo por primera vez.
-Natalia- contesto... -¿Y cuál es el suyo?- pregunto forzadamente, para no mostrarme incivilizado.
-Arturo Schneider... "Arturito"- apuntando a un pequeño que juega en el pasto con unas piedras redondas.
- Ahhhh... "Arturito"... sí, claro que lo conozco; Natalia me ha hablado mucho de él- le miento a la mujer- y para mis adentros, me acuerdo de la unidad "R2-D2", de "La guerra de las galaxias"...
Alguien me pide que infle un flotador gigante en forma de cocodrilo. Hago mi mejor esfuerzo, pero al parecer el objeto está pinchado; debe tener alguna avería imperceptible para mis sentidos. Me doy cuenta de ello sólo cuando el plástico animal se hunde lentamente en el agua.
Un padre toma fotos con una cámara digital. No me gustan las fotos. No se si te lo dije alguna vez; quizá sea por su inmovilidad; me recuerda que el tiempo no existe y la sola idea de la inmortalidad me atormenta.
De pronto, alumbra el sol. El hecho es trivial, pero yo sonrío con satisfacción: ahora mis gafas se justifican completamente.
Inevitablemente te evoco; vienes a mi mente con tus ojos aztecas, tu mirada serena y tu figura aristocrática; igual que una partitura inconclusa; un epitafio a medio terminar; un luto inexpugnable; una cuerda fatigada, tendida entre la nostalgia pura y un puñado de imágenes difusas; mudas estatuas de sal recordándome la existencia de un pasado hermoso, pero que ahora me parece insoportablemente lejano.
El filo de la traición aún lacera mi carne trémula y no puedo evitar sentirme como una bestia acorralada, condenado a morar en un desierto plagado de pasillos inverosímiles, empujado a la cornisa de un abismo infinito.
Como un soldado agazapado en la hierba, aguardo el eco de un grito sordo, ahogado entre lágrimas de sangre, pero éste no llega nunca.
Pienso también en la redención, pero finalmente, comprendo que todo imperio tiene su auge y decadencia hasta volverse silente e invisible.
El sol vuelve a ocultarse entre las nubes, ahora definitivamente.
Es el epílogo.
Como el poeta, creo que algunas veces te quise; y que algunas veces, tú también me quisiste...
Texto de riverdelpuerto agregado el 12-12-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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