Desde la torre redonda el camino baja hasta la calle del viento. Y pegado a un seto de baladres sin flores serpentea el pequeño río que desciende suave entre carámbanos de escarcha. Invierno crudo. Estamos a tres bajo cero.
Para no variar voy contra la costumbre, río arriba, de atrás para adelante, como los niños que juegan a vencer el aire con sus espaldas de escudos de cartón mojado por el callejón que emprotra al viento contra el puente allá abajo en la llanura. Y desde la parte alta del viejo castillo contemplo a lo lejos la ciudad con su vega de parcelas descoloridas, una gama de verdes secos, el mismo pueblo de mis padres muertos.
En el brocal del nacimiento a natura de un arroyo prefabricado por la industria humana resoplan blancas bocanadas de espuma, una espesa luz que emborrona a presión artificial el color de la mañana. Luego más tarde la cortina de seda, lámina de cristal empañado, se descorrerá soleada sobre el estanque iluminado de los patos.
El lecho del cauce es limpio, que siempre parece nueva y viva la corriente; pero a decir verdad, siempre la misma. Los largos brazos del agua, una vez que han alcanzado donde se pierde el sendero del río, se ocultan entubados para regresar por obra de un interruptor eléctrico a su mismo lugar de origen. Una sepultada bomba hidráulica se encarga de engañar a los ilusos que creen que el agua es siempre viva y otra.
Nuestra vidas son los ríos a decir de Manrique. Pero este río es un canal mecanicista, repetitivo, mentiroso, que aparenta un prístino fluir. El acontecimiento de la sucesión continua de su manto líquido es siempre el mismo, viciado de tanto rodar sobre sí mismo. Siempre los mismos callosos dedos del agua, su música rallada. Los niños que ayer jugaban a tapar las calles por el callejón del viento son los mismos viejos que hoy calientan sus huesos al rescoldo de la tarde en aquel banco junto a la revuelta de la churrería de la hija del sebo.
Hoy una muchacha embellece su figura con su media hora de gimnasia por este paseo junto a la senda del agua. Mañana será aquel otro senderista que con sus auriculares y su trote recorrerá el mismo camino del agua. Otras nubes, otras lluvias, otras zapatillas, pero siempre la misma agua con su sonrisa falsa, el engaño entubado que nos regala de nuevo la misma vida como si fuera estrenada, envuelta en su nuevo papel de embalar tras el deshielo del mediodía.
Ahora soy yo, pero ayer fue mi padre el que anduvo este mismo camino del agua que va desde el estanque de los patos hasta la torre redonda. Los mismos gansos de ayer con otras plumas.
Aquí junto a este estanque redondo mi padre sintió también el mismo olor a domingo, a churros calientes con chocolate en una mañana soleada y fría. El frito de la masa seduce su pituitaria progenitora. Y tras guiñarle el ojo a la joven churrera le compra una rueda a la hija del sebo.
La misma rueda, otros churros, el mismo sebo, otro aceite, el mismo chocolate es el que en esta mañana de crudo invierno saboreo junto a mi mujer y mis hijos al calor de la lumbre de unos troncos de olivera, el mismo olivo que antaño plantó mi abuelo. |