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Inicio / Cuenteros Locales / Aristidemo / Resucitó al tercer día (en construcción)

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1


Resucitó al tercer día y se fue a jugar futbol. Los compañeros del equipo se sorprendieron de verlo tan entero, tan ágil, tan buen portero; como nunca. Se fueron a tomar cerveza para celebrar el empate a cero, y él brindó hasta que el último refuerzo calló y cayó como un bulto sin conciencia. Pagó la cuenta de todos y salió silbando a la luna como coyote enamorado. Estar muerto le vino bien. Durmió doce horas sin parar, sin cambiar de posición, sin tirar un mililitro de baba. Durmió sin sueños; como un recién nacido.
Al otro día se presentó puntualmente en la oficina. Él mismo planchó su traje gris, se recortó la barba, las uñas, se peinó de otra manera, le puso agujetas nuevas a sus zapatos, llegó a su escritorio junto a la ventana y comenzó a adelantar el trabajo pendiente. Nadie sabía que había muerto. A nadie le importaba. Y aún así, todos notaron que aquel apático del rincón ahora trabajaba como nunca, contaba chistes y se aventaba sobre Martita, Lupita y la hija de la señora de las papitas, también. Era otro.
Repintó su casa, compró sábanas nuevas, acomodó los cajones, compró una cafetera y se puso a escuchar, uno a uno, sus antiguos discos de jazz. Mingus seguía siendo la bestia que devoraba todo. Se acostumbró a dormir a media noche y despertar al amanecer; se detenía en seco a cada instante y respiraba profundamente, como si de repente descubriera que estar despierto, sobre dos pies, a un ritmo, a un compás tan vertiginoso, era un milagro. Un maldito milagro.
No era ingenuo. No pretendía nada. A nadie le iba a explicar que, después de estar muerto, la vida sabía mejor. ¿Quién le iba a creer?
Se puso a pensar en un nombre. Antes de morir se llamaba Pedro Alberto Cisneros Villicaña. Ahora que estaba vivo se daba cuenta de que podía llamarse Árbol Diamante Laguna Estrella, o como él quisiera. Así que decidió no tener nombre, no se llamaba de ninguna manera. Si alguien le llegase a preguntar “¿cómo te llamas?”, él respondería “como tú quieras”.
Comenzó a comer todo aquello que antes le disgustaba. Andaba por las calles de siempre como un turista sin cámara fotográfica. Por las noches, en su recámara, se ensimismaba en la contemplación de sus manos, sus pies, el movimiento independiente de los dedos. Se tocaba y descubría las diferentes temperaturas del cuerpo, reconocía la dureza de sus rodillas y la flacidez de su estómago, examinaba su pene con curiosidad de niño y, frente al espejo, redescubría su rostro, los colores, arrugas y gestos que lo cruzaban. Terminaba con la sonrisa complaciente de quien encuentra que todo aquello que conocía ha adquirido un nuevo significado más amplio y profundo. Su cuerpo era una extensión lógica del apabullante universo, un pedazo de todo lo que hay. Su cuerpo pensaba y actuaba por si mismo. Descubrió que el límite de la materia es el propio pensamiento. La vigilia y el sueño no lo confundieron más. El mundo se explicaba a través de los actos de quienes lo habitaban. Sin comienzo y sin otra finalidad que la existencia misma.
Esto duró unos cuantos meses. Entonces llegó Raquel, nuevamente. Llegó en forma de fantasma sin forma, en sombra de cuerpo que ya no existía, en ecos de una voz hecha polvo, en ojos de cualquier mirada. Raquel muerta junto a él, lejos de él, él prensado entre el volante y el parabrisas, ella volando por la ventana hasta llegar al centro de la nada. Y la tristeza comenzó a enfriarle las sábanas.
Se preguntaba qué privilegio le tocaba a él después de haber desperdiciado una vida entera en construir laberintos obscuros en todos los rincones que pisaba, después de haber robado tiempo para, simplemente, dejarlo pudrirse dentro de cualquier cajón. Y ella, que no era una santa, tenía la verdad en su sonrisa. Era como cualquier otra y nadie era como ella. Era el monstruo del amor callado, el ángel de los días ventosos, el demonio de su ausencia. Raquel ahora muerta era todo lo que sabía mal en la comida, toda la estupidez en las pláticas de cantina, todos los huecos en la oficina y todos los ruidos nocturnos del cuarto. Ese domingo le metieron seis goles...

Texto agregado el 19-12-2007, y leído por 138 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
2008-07-04 18:50:45 coincido con ian. sensei_koala< /a>
2008-03-11 06:02:04 Muy bueno viejo!! El cambio de actitud derivado de una segunda oportunidad en la vida... el descenlace va a ser bueno... (para los que no captaron, en construccion, osea que todavia no termina) IanAleksandrovich, si no tienes nada coherente que decir, cierra el pico. catoble
2008-02-29 21:29:43 Extraño el final, pero todo el cuento esta chilo. Gatoazul
2008-02-14 05:46:04 Un poco muy cursi, la resurrección y sus consecuencias. Eso de mirarse las manos y maravillarse, ¿quién lo haría? ¿quién le podría atribuir un significado amplio y profundo a su cuerpo como extensión del universo? ¿quién en su sano juicio se plantearía el pensamiento como una continuidad de la materia, y los sueños como una continuidad de la realidad? Por favor. Sin embargo el regreso de Raquel es promisorio. IanAleks androvich
2008-02-11 23:57:34 que chingón. jorge_jolmas h
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