Tambalean sus ancas, repiqueteando el suelo con sus largas uñas cuando camina.
No es grande ni pequeño, un mezclado de razas, orejas de gremlin, rabo largo. Lo rescaté hace ya siete años de una pajarería oscura, su tumba, de no haber intervenido la casualidad (tal vez la causalidad).
Después de haberme trincado yo solita una botella de champagne, mis cuarenta primaveras no eran para menos, y con una melopea agudizada por algún que otro licor, aparqué como pude justo delante de una pajarería.
Y apareció él, saco de huesos color canela, remozado en tiras de periódicos meados, presidiendo desde su atalaya sucias jaulas con hámsteres y chihuahuas. Pájaros multicolores, revoloteaban entre los barrotes de arriba.
Cuando entré, me iba a desvanecer. Y él, mi perro, escuálido y sin raza, solo y triste, mi repetición, mi caricatura, arrastró su hocico húmedo hasta mis manos, jugueteando entre los barrotes.
Pagué un precio desorbitado por él. Será por eso que ahora se pavonea delante de mí, se sienta, estira su cuello y me muestra su perfil de esfinge egipcia.
No es para menos.
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