Tomó la copa de whisky y le dio el segundo trago que raspo profundamente su garganta. Miro el reloj por una costumbre estúpida de medir y tomar el tiempo para que no se le escapara como el licor que recorría su esófago. Siempre pensó que ver el reloj era su única prueba fehaciente de comprobar que avanzaba junto con todo lo demás y que no se había quedado estancado en un lapso eterno de sosiego. El mesero se acercó y pregunto si la mesa era para uno. Él no se atrevió a contestar y solo hizo una mueca de sonrisa falsa que el mesero aceptó para demostrar su comprensión. No gustaba de comer solo pero esta soledad era obligada. Lo había dejado. 3 años de su vida se esfumaron en cuanto ella se fue, y se quedo así, arrodillado en la habitación sin poder llorar. Pero ya pasó. Sacó un cigarrillo y lo prendió sin apuro. Le dio la primer bocanada y el humo blanquecino se postro junto a él. Quedó algún rato observando a la pareja de la mesa contigua que no dejaba de reír y platicar. ¿Hacia cuanto que él no reía? Ya no había nada o nadie que le causara el menor motivo para una risa sincera. Nada de él brillaba como antes y se creyó solo un espejo del brillo ajeno. Apago el cigarrillo para ordenar su cena. Ella no iba a venir y debía de empezar a aceptarlo. Este sería el primer aniversario en que no estarían juntos. La pareja de al lado le hizo recordarlos. Solían ser muy unidos y cuando estaban el uno junto al otro no necesitaban de algo más. En las noches de luna eterna se quedaban despiertos junto a la chimenea, con sus cuerpos desnudos y envueltos por una misma sábana, y así permanecían horas enteras hundiéndose en sus ojos sin fondo y evaporando su amor en largas humaredas que impregnaban la alcoba de un color casi blanquecino como lo hacia el de su cigarro en aquel lugar. Su cena llegó fría, o tal vez la enfrió su ánimo, el mismo que había congelado tantas otras anteriores. La devoró aprisa frente a aquellas velas que empezaban a consumirse por el tiempo de espera. ¿Hacia cuanto que el no se sentía así de solo? Frío y solo como su cena y la oscura noche, solo como aquella pequeñísima flama de vela que iluminaba su triste soledad. Nunca se imaginó que esa pérdida significaría el abandono de su propia ilusión. Ahora despertaba en las mañanas con un sabor insípido en la boca y un enorme hueco entre sus brazos. La cama que antes le parecía insuficiente a su lado, ahora lucía inmensa con su ausencia acompañándolo. Y él que se creía independiente. No se dio cuenta que su autonomía se fue con ella. Decidió que era tiempo de marcharse y agitando la mano llamó al mesero para pedirle la cuenta. Se levantó silenciosamente y escudriñado por los ojos filosos de los comensales, dejo un ramo de flores, como el que traía en cada aniversario, y lo puso en el asiento del lugar que nunca más ocuparía ella. Salio con pasos cortos y un caminado taciturno. Estaba lloviendo y las diminutas gotas estallaban contra su cuerpo con más fuerza de lo usual. ¿O seria que antes no percibía aquellos camicaces que lo bombardeaban sin tregua? La calle estaba vacía al igual que sus manos sin ese alguien que abrazar. Hizo una seña para detener al taxi que freno en seco y antes de subirse lo sorprendió la idea de ir a visitarla. Algo dentro de él lo obligaba a vencer sus demonios y orgullos, enfrentar su-soledad-ella e intentar retomar, aunque fuese en breves tragos, el agua de su vida. El coche surcó las calles de aquel húmedo Paris y al pasar la Rue de Champs viró a la derecha en su perpendicular entrando por la Rue de Seine. El conductor estacionó el automóvil frente a la reja negra y recibió su paga para luego hundirse por los vericuetos urbanos. El caminito empedrado comenzaba donde estaba parado y seguía más allá cruzando la reja y atravesando el terreno por completo. Los rechinidos de la puerta llamaron la atención del velador en turno que se acercó extrañado. Después de una rápida explicación, las manos lánguidas del viejo le indicaron el sendero que conducía hacia la cripta. Caminó entre los sonidos nocturnos y las flores de luto ya marchitas. La reconoció por la lápida que el mando tallar aunque era la primera vez que la visitaba. Para él los funerales carecían de sentido y nunca había asistido a uno. Pensaba que la última imagen de recuerdo debía de ser un momento vital y memorable, no una faz mortuoria con semblanza acartonada y pálida. Se detuvo frente al mármol sin epitafio. No existían palabras que sintetizaran su esencia y aun si las hubiera, dejarlas frente al escrutinio público era una insolencia tal que se arrepintió de no llevar martillo y cincel para borrar las letras de las otras tumbas. Después de tanto tiempo pudo vaciar aquel dolor vetusto y rompió en llanto con las gotas de lluvia en el rostro que atenuaban sus lágrimas. ¿Porque lo había traicionado si tantas veces le repitió que jamás lo dejaría? Al fin y al cabo la muerte era un abandono que no previeron pero que seguía siendo una traición. Ya no importaba más, ella fue un paréntesis hermoso en su vida y hasta ese momento se convenció de que tras aquel paréntesis sólo podía continuar un punto final. Sintió el revolver que le enfriaba el paladar y el estruendo despertó al velador que vio unos segundos más tarde el cuerpo inerte que yacía de bruces con una fatal sonrisa en los labios
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