Durante un rato largo estuvimos bebiendo en silencio. La música era demasiado ruidosa para poder platicar, pero en parte por eso nos habíamos citado ahí. Así, por lo menos, no nos ofenderíamos con demasiadas preguntas. Apenas hace ¿cuántos? ¿cinco, diez años? el latido de la caja de ritmos nos habría parecido una invitación irresistible a bailar. Pero ahora sólo nos mirábamos de reojo, aparentando estar más interesados en la espuma de nuestras cervezas. El tema es que nos estábamos haciendo viejos.
Ella traía un pantalón de mezclilla deslavado, una blusa ajustada y una mascada anudada al cuello. La mueca de fastidio la hacía verse aún más guapa. Tan disimuladamente como pude, soplé en la palma de mi mano para comprobar mi aliento y me acerqué a su oído para hacerme escuchar.
- Y tú ¿cómo has estado?
- No me quejo – dijo secamente.
Para aliviar la tensión le ofrecí un cigarro y encendí uno para mí. Ella lo aceptó con una sonrisa torcida. Una de las causas que precipitaron nuestra ruptura fueron mis constantes críticas a su hábito de dejarlo todo lleno de humo, y ahora yo también era del vicio. Adelantándome a sus objeciones traté de explicarle que eso había sido hacía mucho tiempo y que la gente cambia, pero ella me calló con un ademán sin apartar su boca del tarro.
- Me gusta la cerveza oscura – dijo finalmente como si me estuviera revelando un secreto horrible.
- Si, me acuerdo.
- Mi favorita es la Nochebuena cuando es temporada, pero de ordinario me conformo con una Negra Modelo o por lo menos una Indio.
Me quedé viéndola como si estuviera hablando en japonés, pero supongo que en el fondo la entendía.
- Y en cambio, odio a la Sol clara, a la Dos Equis y a la Tecate – Su mirada me hizo comprender que sus palabras tenían un significado oculto.
Traté de recordar como había sido nuestra vida juntos, pero sólo conseguí evocar los peores momentos de las peleas que nos llevaron al rompimiento. Después recordé el accidente que al poco tiempo le quitó la vida y me sentí fuera de lugar. Con unas ganas cada vez más fuertes de llorar le pagué al cantinero por la cerveza que me había bebido y por la que había dejado quemarse en la barra y me fui a mi casa. Ella, por supuesto, no quiso acompañarme.
|