La madrina Elena fue una mujer muy sabia que pasó su vida enseñando en una pequeña escuela de la ciudad de Cañete. Acostumbrada a dar lecciones de buenas costumbres, en ella se desarrollaría un tiempo adicional de enseñanza… después de su muerte.
Madrina de bautismo, vivió con nosotras por mucho tiempo. De gran roce social y muy querida por los más connotados habitantes de la zona, era reconocida por la gran conversación y la buena mesa.
A diario y mediante varias charlas, la madrina reforzaba las enseñanzas de nuestra madre a mis hermanas y a mí; bueno yo recuerdo como si fuera ayer cuando decía: “lo que la mamá prohíbe se debe cumplir. Y no lo olviden jamás”. Nosotras, con pocos años de experiencia y acostumbradas a las travesuras infantiles, no asumíamos sus mensajes con mucha preocupación.
Inolvidables resultaban los cumpleaños… la típica torta hecha por mi madre y los famosos restos de apetitosos manjares de los preparativos. Todo era acompañado de intentos furtivos para apropiarnos de dichas delicias. Sin embargo, la poderosa voz de la madrina Elena impedía cualquier éxito en las maniobras: ¡Niñas, eso no se hace!
Para gran tristeza de la familia, un silencioso enemigo hizo presa de nuestra madrina: un fulminante ataque al corazón nos robó a un ser maravilloso, tal vez demasiado pronto.
El pueblo entero le ofreció un gran reconocimiento en un funeral muy bonito, pero nosotras no aceptábamos que finalmente se silenciaran aquellos consejos que ya eran costumbre.
Mas ciertamente el tiempo pasa y algunas enseñanzas comienzan a olvidarse…
Un buen día, en un nuevo cumpleaños, junto a una de mis hermanas decidimos acercarnos silenciosamente al mueble donde se guardaban los restos de golosinas. Era una noche oscura llena de truenos y relámpagos; el viento golpeaba con fuerza puertas y ventanas. Los árboles de nuestro patio apenas podían aferrarse a la tierra. Con cierto temor de ser sorprendidas por la nana que se encontraba en la cocina, decidimos apoderarnos del dulce trofeo.
Mientras evitábamos que la llave del mueble nos delatara, sentimos una extraña presencia a nuestra espalda. Supusimos que la nana nos había sorprendido; al darnos vuelta, una imagen quedaría grabada para siempre en nuestras mentes: era ella, la madrina Elena, que nos indicaba con su dedo: “¡Niñas, eso no se hace!”...
Jamás olvidamos que lo indicado por mamá debía obedecerse... siempre.
* Idea original de L.C.B. |