Dimas
Dimas desea morirse; a sus noventa años se ha habituado a la felicidad, la ha poseído, hasta se ha hartado de ella y no obstante la muerte remolona lo ignora cada vez que se le asoma por el rabillo del ojo y lo contempla.Y Dimas se pregunta a qué viene tanto cuento y porqué su familia rompe en lágrimas alrededor de su lecho, si lo que él quiere es partir y que lo dejen morir en paz, pero por no desequilibrar su triste armonía, se limita a responder con una mirada risueña cada llanto de los suyos. No hay manera piensa, la muerte se retrasa y la historia continúa.
Por cierto, hablando de historias, Dimas se acuerda de una que excepto él nadie conoce, mucho antes de que le sonriera la fortuna, cuando en sus años mozos era un bandolero peligroso que primero disparaba y luego razonaba, hasta aquel día en que en un tiroteo acribilló a esos dos chiquillos que de repente cruzaban corriendo el camino y se tropezaron con sus balas o las de la policía. A Dimas el corazón le dio un vuelco y su sudor se hizo piedra al contemplar a los dos mocosos desangrándose sobre el polvo. Ni siquiera se percató de cómo lo arrojaban al suelo y lo molían a palos. Tampoco le importó cuando a los pocos días del suceso lo condenaron a muerte y sin embargo, por ironía del destino, una nueva revolución, frecuentes y violentas por aquellas décadas, envió al juez y a su condena al carajo y Dimas se vio de nuevo en la calle y libre de todo cargo, solo y con el insoportable peso de su remordimiento; y fue éste quien le devoró la razón y le indujo a poner fin a su vida, pero sólo se quedó en el intento ya que nunca llegó a apretar el gatillo y el cañón de su pistola se enfrió sobre su frente; alguien o algo le impedían consumar el acto.
Hastiado de si mismo decidió emborracharse, tal vez así lograse lo que le resultaba imposible. Al final de la noche con el canto del gallo a cuestas, Dimas permanecía sentado en la mesa de un tugurio entre botellas vacías, la pistola y su coraje derrotado cuando alzó los ojos y se tropezó en la mesa vecina con una mirada que despuntaba en dos témpanos celestes. Dimas creía conocer esa mirada, la había sentido muchas veces clavada en su espalda.
-- Usted es el verdugo...¿No?...Me parece haberlo visto durante el juicio...--- Exclamó Dimas con voz pastosa.
-- Mas o menos, algo parecido -- afirmó el de la mirada fría.
Dimas con los ojos llorosos se alzó y en un arrebato de furia cogió su pistola y la deslizó sobre la mesa del otro...
-- ¡ Ten!...Mátame -- le suplicó Dimas
-- No soy quien para liberarte de tu culpa o tu condena;por lo visto no ha llegado tu hora todavía... Pero el motivo principal es que hoy no estoy de servicio -- afirmó tranquilo el extraño sin dejar de mirar a Dimas, antes de levantarse y desaparecer por la aurora.
Lo que luego le aconteció a Dimas es otra historia, pero cierto es que no le fueron tan mal las cosas y Dimas regresa al presente, a su lecho, esperando a la muerte rodeado de los suyos; y cuando Dimas opina que aún puede echar una cabezadita antes de que aquella se presente, siente su presencia a su lado y Dimas le sonríe. Su sonrisa se dilata en alegría al reconocer aquellos dos ojos fríos que ahora arden celestes, y el forastero se limita sólo a sacudir indulgente la cabeza.
-- Vamos, ven, es la hora.
Churruka, 27.12.2007 |