El cocacolero grita su pregón monocorde y excitado. Las luces bajan, y su alarido disminuye, mas no cesa. Entonces se encienden las luces del escenario, y el telón se abre, como en la mismísima creación, auyentando los fantasmas de las tablas. El cocacolero se repliega, expectante. Entra a escena la Vedette. El hombre vibra con los aplausos. Un espectador inquieto pide una cocacola. La abre, intentando disimular el chasquido, que se ahoga en un suspiro. Ve los destellos de la purpurina en los cabellos de su amada. La ama en secreto. Camina por el pasillo, las botellas tintinean y se desespera por no distraer la atención de la gente. Es una sombra vencida llevando en su hombro la sobra de los mercaderes. Nadie puede ver las lágrimas del cocacolero, enamorado en silencio desde la primera función; rechazado, insignificante, atormentado, vencido, ilusionado y vuelto a rechazar. |