Camino por esta playa desolada, y el crepúsculo me escupe sus tonos violáceos a la cara. Las olas, mansas y agotadas lamen mis pies con su suave lengua de yodo. Inspiro profundamente, y sonrío: te estoy olvidando, exorcizándome de tus besos venenosos, de tu boca de planta carnívora que desangraba mis labios, de tus ojos de medusa, tan serenos y salvajes y tan serenos de nuevo.
En un soplo de brisa salina también se han ido mis lágrimas. Todo brilla, allá en el horizonte, y aún más allá, si es que lo hay. La euforia me estremece. Lo he logrado, me siento dichoso, feliz, renovado, con ansias de volver a empezar. Ya no escribo tu nombre en la arena con mis pies, ya no adivino tu cuerpo en las constelaciones. Ya no más.
El oleaje arrastra un caracol que rueda y se detiene frente a mí. El sonido del mar, el susurro de una vida ancestral de paraíso perdido. Lo levanto y lo acerco a mi oído.
Y tu voz embrujada, deliciosa, vuelve a susurrarme Te Amo.
El caracol estalla en mil pedazos al caer sobre las rocas sembradas de musgos. Cierro los ojos y los abro frente a un paisaje aguachento y sombrío. Frente a mis pies está escrito tu maldito nombre. Basta ya de mentiras: no te he olvidado.
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