Subo por la rampa vertiginosa
de tus pies descalzos, indefensos,
tus tobillos se elevan como ídolos perfectos,
me arrodillo, los adoro, los beso, y sigo
Cuesta arriba.
Rasgo suavemente tus piernas, aferrándome a ellas
Superando el vértigo delicioso del ascenso.
Miro hacia abajo, tan pequeño,
y siento miedo de caer,
apoyo mi rostro en tus muslos,
tu piel es mi refugio.
El descanso en la caverna desata
el salvaje instinto ancestral.
Y sólo puedo subir,
resbalando en el risco de tus caderas,
conquistando la cima de tus senos,
proclamándome rey y señor,
explorador inhóspito;
trepando con mi último aliento
a tus hombros de viento y calma.
Sepultado en el alud impío,
en la tormenta de tus cabellos,
finalmente llego a tus labios,
dulce manantial de lava,
sacio mi sed de fuego y me espanto,
en la oscuridad de tu boca tibia.
Y desde aquí arriba, te contemplo:
perfecta, sinuosa, eterna,
segura y vulnerable,
serena y tempestuosa,
guerrera y cautiva,
mía y de nadie…
Es hermosa la vista desde aquí, ¿sabes?
Desde el balcón perfumado de tus labios.
Mas no te preocupes, querida mía,
ambos lo sabemos,
Mi destino es saltar al vacío.
Hasta llegar a la base de otro cuerpo,
con dedos de ripio y uñas de diamantes;
Escalar otro abismo,
y perderme en otro laberinto
de selva virgen y manantiales.
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