“Hola, con Valery, por favor”. Era el mismo saludo de siempre, excepto por el nombre. Antes había conocido a Katiuska, a Alondra, a Jennise, a Tatiana, a Romina, a Fernanda, a Ágata, a Juliana, a Monique, a Paloma, y tantas otras que Valery parecía una más de la lista que crecía los sábados por la noche.
“Si, ella habla. Llamas por el anuncio, ¿no?” preguntó. Yo, como todo un experto en el tema, contesté: “Sí, ¿Dónde es y cuánto? La mayoría de las chicas a las que conocí tenían sus propios departamentos. Unos más elegantes que otros, algunos mejor ubicados, otros más caros y limpios. Recuerdo que más de una ves, alguna de ellas me dio la dirección de un hotel. Allí habían alquilado un cuartito bajo la tutela seguro del dueño o administrador. Era algo vergonzoso que preguntaras por la chica en la entrada, y que el encargado, el guardián y otros se enteraran que venías por la puta, y que llamaran en voz alta “Suba, Romina te espera”. Valía la pena, ya que las que trabajaban de ese modo cobraban más barato y no había peligro de que la policía ingresara.
“Queda en Miraflores”, dijo Valery. Luego me dio una dirección céntrica muy conocida que al principio dudé en ir, ya que suelo dar vueltas por Miraflores de cuando en cuando. Pero aquella voz, como las de teleoperadoras o las chicas 0808 – que muchas veces he llamado, tengo que admitirlo- me sedujo antes de verla, y no importó lo que dijo después. Gracias a mi buena memoria no necesité escribir la dirección, además ¿quién no conoce Miraflores?
Alguna vez me pregunté por qué la prostitución se está mudando de sitio. Ahora es un ciudadano más de Lince, San Isidro, Miraflores, San Borja, Surco y hasta la Molina. Ha dejado las callejuelas de la Arequipa y Caylloma para trasladarse a las altas sociedades, a pesar de que los que viven allí consumen menos sexo al paso que los de las afueras.
Entonces, creo, que las putas y proxenetas se escudan en que esos distritos de la alta sociedad son mas seguros ante las redadas de lo policías. Son intocables. Claro. Imagínese nomás que un día aparezca la gran noticia de que la policía ha allanado un prostíbulo en la Rinconada del Lago o en la Molina Vieja. Qué escándalo. Seria un golpe en el orgullo de la clase A, que se jacta de ser muy moral y culta. Entonces, como siempre, la policía duda en tocar algún inmueble de esas zonas. Aparte también, de que al trabajar allí, las chicas representan, de por sí, un estatus, tanto en el precio como en la belleza.
“¿A dónde va?”. Preguntó el guardián del edificio.
“Al piso 7, departamento 3” le dije. Sonrió, seguro sabía quién vivía allí y a lo que se dedicaba.
“El ascensor de la derecha. Toma ese, es de los impares” me aconsejó. También sonreí mientras me despedía del él.
‘¿Cómo será?’ Era la pregunta que cruzaba por mi mente, y seguro por todos lo que frecuentan estos sitios. No había misterio, por 250 soles seguro que era linda, su página web decía que tenia 19, además de su voz, como ya dije.
Me gusta que las chicas esperen vestidas, no muy tapadas, pero algo reveladoras. Así, el ambiente comienza a tomar el efecto que tendrá mas tardé. Ágata, la chica que menciono al principio, tenía 21, estudiaba ingles, según dijo, y en sus fotos de su web se mostraba vestida como una odalisca, con todo y turbante y pantalones de lino ancho. Así la encontré el día de la visita. Fue graciosa la escena. Parecía una niña disfrazada para la bajada de reyes, bailando como para una actuación de colegio, y yo, como el amo de la escena, esperando que complazca mis deseos.
El pasadizo estaba libre y bien perfumado. Parece que los departamentos de Miraflores se prestaran para el negocio. El de Valery tenía una puerta pequeña con el número 3 incrustado en lo alto. Ni un ruido escapaba de las puertas, me sentí más seguro de tocar el timbre.
“Eres Joaquín, ¿verdad?” me saludó con un beso en la mejilla, mientras me jalaba hacia adentro, para que nadie me viera ingresar.
“Sí” dije más emocionado que en las veces anteriores.
“Pasa. Ponte cómodo”. Un sofá grande descansaba en la sala. En realidad era un departamento hermoso, con vista a las afueras. Pude ver algunos compartimentos y una cocina muy elegante hacia el fondo, incluso algunos cuadros colgando de las paredes.
Me cogió de la mano con mucha confianza. Me dirigió a su cuarto. Allí la pude ver completa. Tenía un brasier blanco satinado de telitas blancas sueltas, no muy escotado, pero lo visiblemente necesario. También su minifalda estaba justo en lo alto que prefiero para esas ocasiones.
“Siéntate. Piensa que estás en tu cuarto, con tu chica” me dijo. Era la primera vez que una prosti me hablaba con esa confianza que decidí quitarme la chaqueta y ensartarlo en el colgador.
“¿Que edad tienes?” prosiguió. Sonreí un poco, ya que todas las putas preguntan lo mismo.
“No te rías, ya pues dime, o te molesta que te pregunten tu edad” concluyó.
“No. No está bien. Tengo 25” Confesé.
“Ah okas. ¿Trabajas, estudias o haces las dos cosas? Disculpa que te pregunte estas cosas… es que me gusta siempre conversar con las personas para saber un poco de ellas” dijo.
“Supongo que está bien que converses con tus clientes, algunos quieren hablar de seguro, otros ser escuchados o descargar el estrés de la semana”.
“Claro pues, hay que ser media psicóloga es este oficio, Y ¿A qué te dedicas?”, prosiguió.
“Soy asistente de gerencia. Estudié administración” le dije.
“Asu, mare, mis respetos chico, y ¿tienes enamorada?”
Hablar en un momento así de mi enamorada me ponía feo, es decir, creo que la respetaba como para mencionarla en aquel momento, pero no sé qué tenia Valery que seguí adelante.
“Sí, si tengo, se llama Matty. Matilde” contesté.
“¿Y qué haces aquí?” me reclamó haciendo un puchero con su boca y diciendo no no con la cabeza de lado a lado.
“¿Deseas algo de tomar antes de empezar?” me ofreció
“Sí, por favor, ¿Qué tienes?” le pregunté.
“Cerveza en lata, soda, baileys y limonada del almuerzo… jajaja…” contestó.
“Un baileys, helada si tuvieras”
“Okas chico”
Algo quizás animado por la cerveza, y luego de un buen rato de charlar, le dije “¿Podemos empezar?”
“Está bien” me respondió mientras se dirigía al mostrador. Abrió una gaveta y tomó una caja de condones.
Y todo empezó. No era como las otras chicas al hacerlo. Creo que la única que podía compararse con ella era Paloma. Mi Paloma, aquel primer amor callejero y de quien aun extraño su cuerpo cuando amo. Pero la perdí. Aquellos amores que se encuentran en las calles siempre se pierden de alguna forma. Me acuerdo entonces de Henry Miller y sus miles de putas que dejó en el camino de su Trópico de Cáncer. Y mi Paloma se fue, quizás la encuentre retratada en alguna página de Miller, o alguna novela de putas de Almodóvar.
“¿No tienes frío?” me dijo “¿podemos taparnos con la sabana?” sugirió.
“Claro, adelante” obedecí
“Sabes, no eres como otros al hacerlo” me dijo
“Jaaa… seguro que dices eso para sonrojarme” le dije sonriendo.
“Ya pues, no te burles. Es la verdad. La mayoría viene me toma y ya. Son bruscos, pero contigo fue como hacer el amor. Me ha gustado. Por eso que estoy toda fría, me pongo así cuando llego al orgasmo” Me confesó.
No sé si era sincera al revelarlo, pero se había dejado amar, y yo renuncié a algunas cosas que me gusta hacer cuando estoy con ellas. Su delicada piel me provocó ternura y su forma de hablar me hizo sentir entre amigos.
La radio estaba encendida a bajo volumen. Ni siquiera me percaté de ello, hasta que Valery dijo. “Voy a levantar un poco el volumen para hablar de algo ¿ya?”
Entonces me reveló “Mira, acá trabajamos 4 chicas, No se gana bien. Hay que repartirnos el dinero entre las 4, más la señora que alquila el departamento y el chico que nos cuida. Queda muy poco”
“Debe ser” dije confuso al desconocer el negocio íntimamente.
“Ahora voy a trabajar sola. Ya conseguí mi depa en San Borja. Desde el miércoles estaré allí, pero ellas no saben nada. Te doy mi número para que me llames ¿ya?” me dijo.
“Oks”
“Grábalo en tu cell” me sugirió.
“No lo cargo conmigo. Qué quieres que me llame mi enamorada mientras lo hacemos”
“y ahora ¿Tienes Lapicero?” preguntó.
“Pues no. De dónde”
“Pucha y ¿ahora? Si salgo a la sala pueden sospechar, …pucha y tampoco hay papel”
Entonces, miró a la caja de condones. Lo tomó y partió un pedazo. El reverso estaba en blanco y servia para escribir.
“Solo falta un lapicero y listo” dijo muy orgullosa de su ingenio
Y allí en su mesa pequeña de la esquina, recostado, descansaba su labial. Lo tomó, y, como una de las escenas más jocosas que he visto, escribió su número con el labial en el pedazo de la caja de condones, y me lo dio.
“No lo vayas a perder ah. Caray espero no se despinte. Prométeme que los vas a guardar” me dijo mientras su ojos acaramelados me miraban con algo de suplica.
Pensé que eso era todo, sin embargo continuó; “Oie, también si quieres podemos salir algún día. El tiempo que quieras, pero mínimo debes pagarme una hora. Podemos ir a donde sea, al cine, a bailar, y luego vamos a mi depa o a un hotel”
“De hecho que sí” le prometí”
No era la primera vez que una chica me daba su número. Todas las putas lo habían hecho y todas ofrecían lo mismo; salir y pagar mínimo una hora. Pero no lo hice. Solo Paloma ocupó una vez un espacio en mi celular, y ahora lo haría Valery. No tardé en guardar su número en mi cell tan pronto llegué a casa.
Después de un buen baño me eché a la cama. Recostada de lado dormía Matty. La luz tenue me permitía ver su cara bronceada, con su cabello lacio ocultando su oreja. Me acerqué y le di un beso en el cachete. Siempre la besaba antes de descansar.
Mientras miraba al techo, pensaba en Valery, en su silueta, en cómo besó mi cuerpo mientras me amaba y cómo descansé excitado en sus pechos mientras mi sexo hacia lo suyo. Claro, pensaran algunos, hay que tener sangre fría para hacerlo; para besar a la novia después de estar con una callejuela. Pero Valery, mi Valery no era así. Ella era como la flor sin estación, de toda estación, adornando estos muros de cemento de la aberrante Lima, como la única flor de Saint-Exupéry.
Quería que pasara la semana como loco. Olvidarme de los libros contables, de aquel folio del 98 que aun había que ordenar, de los cheques devengados, de las reuniones de gerencia, de las charlas en el mezanine a la hora de comer.
¿Y mi Matty? Mi Matty no es mi Valery. Mi Matty era mi soul-mate, mi work-mate, mi room-mate, incluso mi class-mate. Esa era mi Matty. Y no me pidan que les diga por qué entonces la engañaba, al menos les diré que con las putas podía hacer cosas que mi Matty, mi Matyy, la chica de la catequesis no aprobaría.
“Hola, Valery. Soy Joaquín. ¿Te acuerdas de mí?” La llamé un sábado a eso de las 3 de la tarde.
Sí, se acordaba de mí. Pensó que había perdido su número o que no la llamaría. Le ofrecí una cita para ese mismo día, a las 7 en el Ovalo Gutiérrez.
Yo había llegado como veinte minutos antes. Estaba emocionado. Ella bajó de un taxi con una blusa rosada y un pantalón Jean azul. Se veía muy bella y ligera para este verano de 31 grados.
“Uff qué calor” dijo
Entramos juntos al Bohemia del ovalo por unos tragos. Era caro. Cada trago me dolía en el hombro. Pero no importaba. Por mi Valery utilizaría hasta mis cheques de viajero.
“Adónde quieres ir entonces” le pregunté
“Oie. Yo solo soy tu compañía, recuerdas. Tú me estas pagando por salir. Así que decide tú” me dijo amablemente.
“Pero, a ver… a ver… entonces como el que paga, yo te pido que decidas qué haremos esta noche”
“Este chico. Me sorprendes ahh” Dijo riendo
“Oks, Vamos al cine luego paseamos un rato y comemos algo. ¿Está bien?”
Allí mismo entramos al cine. Basta decir que era buena compañía para las películas de comedia. Reía a carcajadas y se recostaba sobre mi hombro en alguna romántica escena.
Al final me dijo “Hace tiempo que no voy por la Unión. ¿Te parece si vamos allí, damos unas vueltas y comemos alguito?
Estaba feliz de hacerla feliz. Tomaditos de la mano transitábamos las calles céntricas de esta cuidad de los reyes. ¿Acaso éramos El Virrey Amat y la Perricholi, en uno de sus periplos amorosos?
La Unión ha cambiado mucho. Hay más vitrinas que paredes en las noches. Más escaparates, más vitrales, más maniquíes, más turistas, más gays, más lesbianas, más fletes y proxenetas, más discos y bares. A pesar de lo atiborrado de la avenida, a nadie le interesa qué haces ni quién eres.
“Un broster con una chelita” me propuso Valery mirando un restaurante.
Nos sentamos al fondo, pegados a la ventana. “¿Te molesta si fumo?”. Mentí y dije que no.
“wow este pollo está delicioso” Dijo.
“¿Y qué haces en tu ratos libres Joaquín?” preguntó.
“Pues juego mucho en la computadora por las noches, algo de fulbito los domingos y también leer” Contesté. Obvio que no le diría que los sábados visitaba chicas de las calles, pero dije lo que ella quería saber.
“¿No me digas que lees los libros de tapa a tapa?” preguntó algo risueña.
“Pues sí, de eso se trata” le dije riendo.
“Yo he leído dos” me dijo.
“Cuáles, a ver” proseguí.
“Pues solo los de Jaime: No se lo digas a nadie, y la mujer de mi hermano”.
“Ahhh” exclamé, ya que nunca he leído a Jaime a pesar de mi morbo personal.
“Ese pata es un confesor compulsivo” me dijo.
“¿Y eso qué es?” quise saber.
“Pues mira. Es como una catarsis personal. Cuentas lo que te hace daño o lo que le contarías a un psicólogo o amigo. Pero no te atreves. También es como un síndrome, es decir, confiesas lo que consideras importante por propia voluntad. El chiste es que hagas lo que hagas o si cometes un pecado lo vas a confesar, tarde o temprano. No puedes ser una tumba”.
La miraba mientras consumía su cigarro tratando de captar lo que decía. Entendí bien la última frase; ‘No se puede ser una tumba’.
“¿Entonces un confesor compulsivo, o eso que dices tú, siempre va a confesar todo lo que hizo o ha hecho?” Quise confirmar los que dijo.
“Right baby, eso mismo. Así que para mí Jaime es uno de ellos” concluyó su teoría.
No le pregunté de dónde sacó esa idea o quién le habló de esa teoría. No quería subestimarla, supongo que para ser una chica de bien, habrá estudiado en un buen colegio.
Llegamos en 20 minutos a su departamento. Este no era tan grande como el otro. Más bien parecía un cuarto de estudiante con su pequeño lavadero y un baño personal con ducha y tina.
“¿Una ducha fría?” propuso con la más descarada mirada.
Entonces hubo ducha fría y caliente recorriendo cuerpos entrelazados, algo cansados de tanto decir ‘Si, Si’ con cada gemido.
No tenia ganas de nada al llegar a mi depa. Había hecho de todo en ese día. La noche parecía perfecta. Abrí la puerta presuroso con ganas de tomarme un whisky o una soda, y allí en la mesa, con una sonrisa de mil años, estaba mi Matty. Me acerqué y me abrazó, me dio un beso y me dijo “te he preparado tu plato favorito; Pastas a lo Alfredo y Pie de manzana”. Sí, era mi plato favorito y aquel el postre con el que siempre Matty me engreía.
Sentado, con mi Matty a mi costado, la miraba de reojo de rato en rato. No tenía palabras. “¿Sucede algo, Joaquín?” preguntó Matty.
‘¿Sucede algo?’ aquello me reventaba en el estómago. Sucedía algo de mucho tiempo, de muchas noches, de muchos sábados.
“¿Qué pasa Joaquín?” Insistió Matty. Los dos dejamos los cubiertos en un sorprendente silencio; aquel silencio de confidencia, de culpabilidad, silencio de veredicto.
“¿Qué Pasa? Pasa que eres muy buena Matty” atiné a decir mientras tomaba aire para continuar con mis palabras. No podía después de todo, después de lo que Matty era y de cómo me trataba, seguir con el engaño, y más en esa noche en la que se confirmaba como la más buena de la tierra.
“Maricón de Mierda” me gritó mientras me encajaba una cachetada. Me rompió el labio con el anillo que usaba en esa mano, y se fue.
‘¿Maricón o Marica?’ aun no sé la diferencia. Maricón le gritamos al que nos empuja en la combi, al que nos pega un globazo en febrero, al que nos insulta por la calle, al que nos da una moneda falsa adrede, al que nos fregaba en el colegio, al que estornuda en frente nuestro, al que por poco y nos lleva de encuentro con la bicicleta, al que se roba nuestro pan de los domingos, al que nos despide sin sentido, al que nos engaña antes de la boda. Tantas cosas habrá querido decir Matty, mi Matty, con su ‘Maricón de Mierda’, y otras tantas más que no recuerdo en este momento.
Supongo que Valery tenia razón: ‘no podemos ser una tumba’. Confesamos ante la presión, o al más mínimo o dulce encanto.
¿Será cierto que Jaime es un confesor compulsivo? ¿Sería yo, acaso, uno de ellos? Después de todo Matty no me puso un cuchillo u obligó a confesarlo, y, quizás, como el acto más ambiguo de los confesores compulsivos, aprieto OK ante la pregunta de mi movil: “¿Desea Borrar el número seleccionado?”
A Valery
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