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Inicio / Cuenteros Locales / ronalderom / La manía de lo eterno

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Es lo más probable. Tomas una avenida cualquiera, apresuras tus pasos, te diriges al Centro Histórico, caminas y caminas por un amplísimo parque, observas las palomas sobrevolar el campanario y, al finalizar el día, posas tu mirada en lo que acontece alrededor mientras el sol se está ocultando. ¿Dónde? En el ocaso de tu mirada ausente que se cuela por entre los cristales de un restaurante, un café, una tienda cualquiera en la que has comprado un cigarrillo y lo enciendes, enojado, por todo aquello que ya no te apetece: la simplicidad de la vida, el periódico de la mañana, el sofá cubierto de pelos de gato y el testarudo vecino que insiste en que podes la trepadera que linda con su casa, donde sueles descansar luego de regresar de la oficina, donde nadie perturba tus ideaciones, donde el perro se acomoda a tus pies para que lo acaricies mientras estira su lengua y se adormece. Todo aquello se te escapa con el atardecer. Ahora lo compruebas al ver tu rostro en la mirilla de un automóvil que se ha estacionado junto a ti, en la pastelería, el lugar donde ahora te encuentras esperando a aquella mujer de gafas oscuras que en el pasado prometió volver a recogerte. Das una profunda calada, te apresuras hacia aquel automóvil al que han bajado una ventanilla, arrojas la colilla y entras.

Esta mañana los árboles te han parecido nobilísimos. Has descubierto en ellos un soplo diferente, como el de aquellas películas en las que el protagonista camina solitario por las calles desiertas. Sabes que hoy, por mucho que te esmeres, no conseguirás nada. El sexo no te apresura; tus instintos ya no te dicen que hacer -contrario a lo que pensaba aquel neuropsiquiatra que te habló del inconsciente-. No, ahora tu puedes asegurar que la razón está por encima de los instintos y que tú puedes hacer lo que te venga en gana. La mujer de grandes gafas ha volteado a mirarte; ninguno de los dos se atreve a articular alguna palabra. Haces bien, te dices; hace mucho tiempo que no la ves; habrás perdido ya la facultad… Ella lleva sus cabellos alisados, como en aquel baile de graduación. Tú, apenas has cambiado, piensas con ironía. Tu caneo ha retocado tu ego y le ha otorgado dignidad.

El automóvil se detiene; ahora están frente a una boutique: ella se ha bajado y tú permaneces esperando su regreso. No has cambiado, te dices, mientras la miras desde lejos. Te vienen a la mente tantos recuerdos; sueñas con el día aquel en que aquella mujer de gafas oscuras y grandes te dijo que sí. Ella regresa, de su brazo izquierdo ahora cuelga un enorme bolso que te ha enseñado junto con una forzada sonrisa. La ves más hermosa; le dices cuánto la amas y que aspiras verla lucir aquella prenda en la fiesta de esta noche. Ella te vuelve a mirar y por un instante te acaricia la mejilla. Luces fenomenal, le dices, me siento como en aquella estación… Ella comparte tu opinión y ambos emprenden el camino de regreso a casa.

-¿Ves como no han cambiado los tiempos?
-Sí; hoy lo creo y lo continuaré creyendo…

Se retiran a la habitación, miran el retrato de familia que la doméstica ha dejado sobre el velador y percibes que a ella se le humedecen los ojos. Hoy era vuestro aniversario, le dices, él estaría orgulloso...

-…pero no es así -replica ella-. Hace tanto tiempo… y las cosas siguen igual… -vuelve a decir mientras se va quedando dormida y solloza, confiada en lo que le espera al amanecer.



Ronald Escalante R.
(Cuenca, 2007)

Texto agregado el 03-01-2008, y leído por 30 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-01-04 20:01:23 Es una manía simplemente no se puede soltar. 5* lovecraft
 
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