La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / ronalderom / El paipái

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:329699]

La noche era calurosa y brillante; el baile los hacía sudar cubetazos de una sustancia amarillenta y salina. Estaban en el bar, como en otras oportunidades. El viento era escaso y varios de los invitados, extranjeros en su mayoría, exigían copa tras copa de Whiskys importados. Muchos eran gringos; los otros apenas unos desgraciados que se arrimaron al enterarse del show. Entre estos últimos había un tipo alto y delgado cuyo nombre hacía referencia a la degeneración. Su nombre era Gagá y era uno de los más animados; su rostro evidenciaba un fervor creciente que contrastaba con el resplandor del océano y con la fatiga que experimentaban los yanquis bajo aquel ambiente oneroso que no daba tregua. Gagá, que siempre ensalzaba su galantería y latinidad, era un moreno de ojos aceitunados y cabellos crespos que estaba bebiendo en la barra y dialogando intermitente con el barman sobre cabarés y gastronomía costeña. Los gringos, entretanto, habían circunvalado uno a uno la pista de baile, y un hombre y una mujer de piel trigueña, adinerados en apariencia, habían empezado a bailar una pieza de merengue mientras los demás coreaban con estruendo: I don’t care… I don’t care. Algo que a Gagá lo confundía inmensamente. En realidad, no conocía el inglés, pero intuía que aquella frase nada tenía que ver con aquel baile, salvo con algún recuerdo en particular de alguno de los bailarines. Oh, my Gad, killing me softly!, gritó uno de los gringos totalmente ebrio.

-¡Oh, mái gat kilín mi sotlí!- repitió Gagá con notable ignorancia para sus adentros.

Gagá odiaba a los gringos muy en el fondo de su alma. Recordaba a su madre, una mulata esmeraldeña que había emigrado hacía quince años a los Estados Unidos y que había muerto víctima de un ataque de encapuchados; hombres blancos portadores de las siglas KKK que la habían torturado hasta la saciedad, dejándola finalmente colgada de un árbol en las cercanías de su departamento. Gagá odiaba sobre todo a los washingtonianos, a sus intromisiones y su sevicia. Pero sigiloso continuó bebiendo de su copa mientras los gringos continuaban con su festejo. Una dama de rojo, que estaba tendida sobre una hamaca cercana a la puerta de salida, que se ventilaba con la ayuda de un paipái, lo miró fijamente. Al parecer el calor había también fustigado el placer de los mulatos y negros obligándolos a retirarse un poco hacia la playa, donde las hamacas estaban pulcramente distendidas y las palmeras ventilaban con mayor fuerza. A Gagá, sin embargo, el calor de la noche no lo perturbaba, en cambio sí la mirada de aquella mujer misteriosa, cuyas amplias caderas se agitaban al ritmo de la cumbia que en ese momento empezaba a sonar. A Gagá el instinto de macho latino le removía las hormonas, y justo hoy, en que se aprestaba a atinar su venganza, como de costumbre, las mujeres y el misterio lo envolvían con sus inquietantes preguntas.

Abandonó su copa sobre la barra y se encaminó en dirección a la salida, donde la mulata, un tanto trémula seguramente por el trago, agitaba su paipái con fortaleza y detenimiento. Gagá, se hallaba también un poco ebrio, y ello lo testificaban sus ojos enrojecidos. Se le acercó y sin el menor decoro le dirigió unos cuantos piropos desagradables. La mulata, que había intuido dicha reacción, sonrió ampliamente iluminando toda la pista con sus dientes mientras Gagá se quedaba sorprendido, tullido y embobado, por la repentina reacción de ésta y por la inconfundible semejanza con alguien que no había visto desde hacía mucho. Entonces Gagá sintió en solo segundo que su embriaguez se disipaba y que se sentía abochornado por la experiencia erótica que había concebido al observar a aquella mujer.

-Alguien muere cuando el cuerpo se embriaga, mijo. Los muertos ven lo que el juicio y la imaginación no pueden. El blanco no es blanco ni el negro, negro. Ambos pueden tener colores malsanos en sus cuerpos y nunca darse cuenta. Ven, dale un abrazo a tu madre y vámonos de esta playa…


Ronald Escalante R.
(Machala, 2007)

Texto agregado el 03-01-2008, y leído por 44 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-01-24 12:20:52 Mis***** Tremenda y bonita historia. flop
2008-01-04 19:59:56 Buena narración,se entiende. 5* lovecraft
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]