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CONVERSACION CON LA MUERTE DEL OTRO.

Allá abajo dicen
que mi nombre es Jorge Luis Borges
(no sé la explicación,
pues si me llaman,
no respondo por él,
como ignoro si es abajo o arriba,
ya que tienen razón
de antiguo los astrónomos
en que no tiene signo el universo,
sino una loca organización
donde el norte ignora al sur,
el este al oeste
y el resbaladizo centro
a las fantásticas orillas,
tal como la vida y la muerte,
que no tienen diferencia
sino un tránsito con dos vías
que aparentan contrarias
y se unen como el cóncavo y convexo
de aquel lado del círculo)
y allá o acá
la muchedumbre humana
dice que hice una gran obra,
que soy famoso y emulable,
pero eso,
ahora en la muerte,
tiene para mí tan poca importancia
como la tuvo en vida,
porque nunca he comparado mi grandeza
con la de los hombres
pues entonces
se desparrama el concepto
en la fangosa tierra del espíritu.

Lo que me interesó de niño
fue compararme con los dioses,
hasta que supe de ellos
y encontré en los libros el chisme de su grandeza,
y empecé a preguntarme
si, tal como con los hombres,
valía la pena compararse con los dioses.
Si Apolo es bello pero es homosexual,
si Hermes es ladrón,
Vulcano cojo y feo,
Palas Atenea, sabia pero sin sexo,
Afrodita con sexo y sin cabeza,
si Zeus aplastó a padre y hermanos,
y junto a Yahvé, Amón y Krishna,
han violado a mancebos, vírgenes,
gopis, huríes, sacerdotisas
y son padres de niños incestuosos y bastardos.

Si Dangbé tiene la virtud de ser negro
y la disvirtud de arrastrarse en el lodo,
si de Zandor no sirven ni el nombre ni los hechos,
si los dioses druidas tienen el encanto de pequeños
y el desencanto de ponerle agujas
al hielo que irá a la boca de las niñas
que piden limosna al frío.

Si Osiris e Isis tienen hermosos nombres y figuras
pero son maridos y hermanos
y hermanados
engendraron a Horus,
el odioso niño del olimpo de Egipto.

Si el dios de Moctezuma era tan torpe
que confundió su figura con la del matador
que a matar a caballo trajo el barco.

Si el dios de Africa antigua
se alimenta de sangre,
si el Mitra de los persas
odiaba tanto que a sí mismo se incendiaba,
y el de Mahoma regala la esclavitud de las mujeres
como paraíso de los hombres.

Si a Cristo lo envió un dios infanticida
que lo sirvió a la muerte
en vez de suicidarse él mismo
por haber hecho imperfecto el universo.

En fin, ví que los dioses eran tan tontamente dioses
que desprecié ser dios lo mismo que ser hombre.

Y ahora en esta tumba ginebrina
sé que son mucho más pequeños
que el chisme que de ellos
cuenta el libro sagrado,
y menos quiero identificarme con su nada,
pues no logran levantar mi carne ni mi espíritu.

Hace rato, al principio del poema,
quería salir del cementerio y estar junto a los ángeles
(ya que mi cuerpo
no tiene condiciones
para volver a ser hombre,
ni yo quiero,
y ya mi alma
-bastón que lo guiara-
ha huido a no sé dónde
para no sentir el hedor
de lo que tanto quiso)
pero acabo de mirar a todas partes
y ver que mi esencia no tiene ya lugar,
y que ser dios y ser hombre y ser nada
es lo mismo.





Texto de delfinnegro agregado el 04-01-2008.
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