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Inicio / Cuenteros Locales / eride / Hay un lugar

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No supo cuando ocurrió la primera vez. Tiene la impresión de que fue espontáneo. En un momento la realidad toda estaba ahí y luego ya no.
Al principio pensó que era el resto el problema. Que ese ‘todo lo demás’ se desvanecía por momentos. Cuando niña, para uno de sus cumpleaños, le regalaron un juguete que hacía ver una serie de dibujos como una película en movimiento. Era una bailarina haciendo una pirueta. Le gustó tanto. En algún momento pensó que tal vez, la película de su vida también era una suma de cuadros y esas desapariciones eran los espacios entre uno y otro. Quizás sólo ella percibiese el vacío.

Con el tiempo, Maite desechó esa idea. Se dio cuenta de que era ella la que se subía a la azotea de su existencia. Lo notó, porque en un estado intermedio entre su no estar y estar, veía el entorno como a través de unos vidrios empañados, y los sonidos y las luces se atenuaban hasta hacerse casi imperceptibles. Era un proceso, como irse desprendiendo, como si la claridad mental se diluyera y ella se adentrase en una especie de bruma hasta topar con la nada.

A veces ocurría en soledad, otras en lugares repletos. En esos casos, los otros solían intentar detenerla, o recuperarla. Para ella era violento, solía molestarse y alejarse cuando lo lograban. La tacharon de mal genio y claudicaron. Desde entonces la dejaban así, con la mirada apagada. Desde entonces, Maite iba y volvía sin grandes sobresaltos.
Todos se acostumbraron. Ella misma le restó importancia a esas escapadas furtivas. De adolescente, su madre las explicó como ensoñaciones románticas y con los años, la explicación mutó hacia noches de mal dormir, estrés o simple melancolía. Más de alguna vez, le preguntaron en qué pensaba, pero Maite no podía responder. No pensaba. Sólo dejaba de ser por un rato.

Trabaja como administrativa. Se esconde tras una pantalla y así disimula sus fugas transitorias. Cuando puede, trabaja concentradamente con respiraciones cortas y agitadas como si temiera perder un segundo de lucidez. Sabe que en un momento cualquiera dejará de estar y nadie debe saberlo, ni reprochar un atraso en el trabajo pendiente.
Llena su horario como si el ocio fuese un pecado, actividades múltiples y citas con gente que la mantenga atada a su conciencia. Maite está asustada, cada día se le escapa un lapso de tiempo más grande dejando al margen a su voluntad. Sabe que ha sido siempre así, pero nunca como ahora, nunca de esa manera invasiva y avasalladora.

No obstante, en ciertas ocasiones su mente parece no apagarse del todo sino entrar en un sopor dulce. Entonces ve cosas, siente cosas. Hay un lugar. Está recostada sobre arena y las olas la cubren y descubren. Cuando está bajo el agua puede ver el sol ligeramente deforme, atenuado. No respira, parece ser innecesario. Luego la marea sube y del todo sumergida puede ver peces que transitan sin percatarse de ella.

Si Maite tuviera dinero, iría a ver a un psicólogo para que le arreglara la falla. Como no tiene, se le ocurre buscar en internet a ver qué puede ser lo suyo. Sin gran trabajo, llega a un sitio sobre trastornos de ausencia. Le suena lindo, como poético. Se siente aliviada, si sale en internet alguien más ha de tenerlo. Esa tarde, sale del trabajo con unas hojas impresas. Se lleva la información para leerla en casa, donde no importará si se distrae un momento o una eternidad.

Se encierra en su pieza como una niña en medio de una travesura. Sobre la cama, recoge las piernas y abraza la almohada. Ha encendido la lámpara pequeña. Con una mano sostiene las hojas y sigue los párrafos con el índice de la otra, apoyado, para que el roce sirva de imán y le impida partir. El dedo avanza mientras las ideas trepan a su mente. El dedo se detiene en la palabra dolor.

Lo que más le agrada es la sensación exacerbada del peso de su cuerpo varado en la arena. Eso y los peces naranja que combinan tan bien con el turquesa tenue del agua.

Maite no le cree a la paginita ésa. Ella no tiene ningún dolor del que huir. No le ha hecho nada a nadie, no tiene de qué afligirse. Vive su vida tranquila y feliz. Feliz, tal vez sea mucho decir, suena grandilocuente, decidido ¿Se puede ‘ser’ feliz? Le suena la voz cansada de su madre diciendo que la felicidad son momentos. Trata de encontrar uno de esos momentos medio burlones, de esos que le sacan la lengua al resto de la vida. Algo escueto, pero sublime.

Por la mañana sale molesta, sin razón aparente, porque sí, porque tiene derecho a salir molesta de vez en cuando. Es uno de esos días nublados que dejan el mundo sin contraste, plano, aburrido. Le molesta el anonimato, es una más de camino al trabajo, una a quien nadie saludará ni insultará siquiera. Todo el trayecto atrapada entre una señora con bolsas y un joven flacucho de mochila que va escuchando música y moviendo la cabeza al compás. Su mente entra en fase neutra, pero nadie lo nota. Todos mastican sus propias historias.

Cuando despierta, ya ha sobrepasado su destino varias cuadras. Lamenta su torpeza, sus ojos se apenan y apenados se topan con otros ojos, verdes, verde turquesa como las aguas de su estado de ensueño. Todo comienza otra vez. Baja del transporte a tantas cuadras del trabajo, que debe tomar un taxi para no perder su empleo. Una vez allí se sienta en la silla de siempre que ya tiene la marca tácita del peso de su cuerpo. Bajo la luz de tubo fluorescente, Maite quiere ir a su azotea mental una vez más, a buscar algo, aunque sea un silencio. Lo desea con fuerza como hace tiempo no deseaba nada, pero entre más es su ansiedad, menos logra liberarse de olor a encierro, del murmullo de los otros, del frío mal disimulado por una vieja estufa.

La marea está baja, el agua no la cubre sólo la rodea. Siente el sol en la piel. Recostada, mira el cielo despejado. Una vez más, varada como un bote que se dañó y más valía abandonar. Pero hoy vino por propia iniciativa. Eso la hace sonreír.
Quiere sentir la textura de la arena. Mete los dedos, rompe la superficie. Es fina, casi blanca. La yema de sus dedos tropieza con algo duro, resistente. Curiosidad. Se incorpora y desentierra el objeto. Es sólo la concha abandonada de un ostión.

De pronto es otra playa, antigua, con otro sol. No es sólo estar, es estar de vacaciones. La playa interminable y ella sentada ahí al borde, donde el agua apenas llega. Agua más agua, mira sin hallar a su madre. Siente sus manos pequeñas acomodando el gorro mientras sus ojos buscan. Llora. Le asombra la sensación de sus manos pequeñas, ínfimas, tratando de enjugar las lágrimas que se multiplican, un poco por la pena, un poco por la sal.
-¿Por qué estás llorando?
Maite ve sólo los pies del niño, más grandes que los suyos. Entonces sigue hacia arriba y ve que lleva un bañador azul. Llega a su cara, la ve borrosa. No responde, está asustada, pero se le apaga el llanto. Otra vez.
-¿Por qué lloras? Toma.-
Le pasa una concha en forma de abanico y le dice que es de ostión, que hay muchos ostiones por ahí y que son muy ricos.
-¿Te gusta?-
Maite le sonríe. Le gusta el regalo. Juegan. Él es mucho mayor, sólo la distrae mientras su madre aparece. Ahora ella se da cuenta, al revivir. Él se afana, la ayuda a construir un puente. Escoge un sitio apropiado para que no llegue tan pronto el mar. Para cuando el agua los alcanza está listo y su madre apareció y le da a él las gracias.
Maite juega con la imagen de él. Se esfuerza por capturar detalles perdidos. Piensa que cuando vuelva, ¿adónde, a aquélla otra playa o a algún otro sitio? Se le desdibuja el camino y no le importa. Ha escogido su momento, podría vivirlo una y otra vez.

Maite no respira, en ese lugar parece innecesario.



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2007-09-03 22:38:44
Otra excelente narración con "final abierto", Eride. Por lo menos, para mí. tiresias

muy bueno, como siempre. peinpot

2007-09-06 04:47:32
sabes, me lleno de soledad.. me hace regresar a lipovetsky y su era del vacío con tantos tantos reflejos inescapables. trabajado un poco más sería excelente, pero en todo caso, es muy bueno. me gusta tu estilo; da gusto encontrar algo así moribunda

2007-09-04 00:03:42
Trastorno de la ausencia ahora controlado? Se muere? Como sea, la narración está buenísima, y las descripciones, más todavía. Me gustó esto de que sintiera una cierta "poesía" en la frase trastornos de la ausencia, jajajjaa, yo también la sentí. Muy bueno, Eride y no me extraña. A este llegué a tiempo, menos mal, che...... chantal-deveraux



Texto agregado el 05-01-2008, y leído por 683 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2008-07-09 17:14:57 Muy buen cuento. eride, da gusto leerlo. El tono es entrañable, casi íntimo, muy bien logrado para ser un narrador en tercera persona. Saludos. justine
2008-06-30 17:33:28 Afable, muy bonito, pero me lleno de tristeza. Será porque nos encariñamos con los personajes y asumimos sus quebrantos y alegrias. Eres muy sicologica y poética, la narración es cosistente me hace sentir como subirme a un bote y dar un lindo paseo. Felicitaciones y mis stars jaimitoelt
2008-06-25 19:48:36 NO. No hay mucho que decir acá. No hay comentario que pueda describir el estado psicoemotivo en el que me dejó tirada este cuento. Me mató. torovoc
2008-06-23 18:32:21 saludos .....realmente muy buena esta narrativa....la comparto porque evoca una cierta nostalgia..... kathyuska
2008-06-17 19:25:14 Señorita, la he atrapado...(*). Ya veo para qué lee usted a Lola Hoff... *Se lo diré luego christian_z ero
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