Esa noche no soporté más y la seguí. Sí, me hice de la sombra y la contemplé marchando pávidamente en la penumbra, como si un repugnante insecto le succionara lentamente la sangre que recorría su cuerpo. A veces agazapaba su miedo encendiendo un cigarrillo, pero en otras no aguantaba y rompía en llantos de remordimientos que hacían florecer sobre su iris primaveral una selva tan inextricable, que acababa por perturbar mi mirada, entonces la perdía de vista y tenía que correr a su alcance. Tanto que corrí que tropecé sobre el asfalto conmovido de verme sobre su vientre, pero no pude hacerme de él, no, no esa noche. Nada iba a brillar esa noche, no habría ninguna sola sonrisa de la cual vanagloriarse.
Desde un gélido poste la vislumbré entre la muchedumbre, haciéndose paso para entrar. Entonces fue como fiebre, sí, un fulgor incontrolable, una erupción en mi frente que agrietaba paulatinamente mis sentidos; finalmente fueron fuego mi ojo y adiós perpetuo mi esperanza. Y también me hice paso entre los hombres que refunfuñaban, que reían, que bromeaban, que escupían, que maldecían y que se alarmaban. La vista la hice sombra y el puño de la penumbra que me guiaba hasta la decepción sobre una sudorosa sábana lo convertí en sangre sobre un labio que gimoteaba, que evocaba atardeceres mágicos y súplicas de conmiseración. Pero el fuego que refulgía hizo caso omiso y, con sus manos magmáticas, apartó al labio contra la pared. Era sin duda un cuadro magnífico, una pieza melodramática tan sincera que era palpable. Cuando no hubo palabra que acallar me marché envuelto en las sombras, y las luces del escenario me iluminaban el fuego y las sórdidas sirenas enredadas al tubo se enternecían y alzaban su voz al aire que penetraba la virtud demacrada de los espectadores. Entonces una ola contra las rocas y los fragmentos de vida sobre mi vientre y mi pecho y mi corazón que agonizaba en la oscuridad, aguardando penosamente su deceso, entre el humo que expiraban hombres de barbas cavernosas y la existencia que se hacía un angustioso adagio de satisfacción y remordimiento. Y allí mi corazón fue.
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