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Recaida inconsciente

II. Como en la antártida

Ricardo se adelantó a coger el caballo por las bridas, que paró en seco y casi me lanza disparado por encima del cuello y muy enfurecido, me clavó la mirada al tiempo de gritarme que, ¿cómo se me había ocurrido subirme al caballo en aquellas condiciones? y más que responder, me limité a encogerme de hombros con cara de inocente. ¡Es que no te das cuenta que estás sangrando por la herida??...jooderr! me gritó. ¿Qué herida? respondí, incrédulo y para nada, asustado. La del culo, ¡coño!..., que tienes encharcado el pantalón y la montura…, ¿es que no te duele? ¡Pues no!, no me duele nada, ni noto nada, tampoco. En ese momento ya se había acercado todo el mundo y salvo los ganaderos, que no acertaban con el problema, todos estábamos bastante alarmados, incluso yo, que al volverme para mirar, vi la gran mancha colorada sobre la montura y el lateral de mis pantalones. También noté, en ese momento, como si de repente despertara parte de la sensibilidad de mis posaderas. Intenté sacar un pié del estribo y como que no me respondía normalmente, intenté con el otro y lo mismo. Creía que estaba medio engaramado encima del caballo, pero iba rígido y como pegado a la montura, de manera que dejé que me ayudaran a desmontar. Ya en el suelo, quedé medio encogido y con las piernas encorvadas y dormidas hasta los pies, sin atreverme a caminar normalmente. No sentía dolor alguno y sí una gran tensión muscular de cintura para abajo. ¡Como para correr huyendo de un oso! Pensé para mí.

Estaban todos pendientes, más que de mí, de mis pantalones manchados, haciendo conjeturas y soltando sentencias y remedios y yo, en silencio y a punto de reír a mandíbula batiente por la situación tan ridícula y sobre todo, por la impotencia y fragilidad de sentirme en medio de aquel bosque, sangrando y sin un botiquín ni un médico cerca, seguramente sin poder caminar y a 500 kilómetros de mi casa. También recordé que la sangre fresca, atrae a todas las fieras.

Moví algo las piernas y noté el primer cosquilleo de que empezaban a despertar. No hice nada para descubrir de donde procedía la mancha, ni siquiera traté de desabrochar el pantalón, por miedo a despegar la tela del slip o del pantalón que actuaría de tapón en la herida de donde salía la sangre. Traté de calmar a todo el mundo, quitando importancia y comentando que posiblemente, sería un resto de algún punto de sutura, que no estaría cicatrizado del todo. Emprendimos de nuevo la marcha, esta vez, todos a pié. Al empezar, me notaba todavía agarrotado y seguía con las piernas arqueadas, como si acabara de apearme de una moto de gran cilindrada, lo que sin duda era muy beneficioso para airear y evitar rozamientos en la zona de la operación, pero según íbamos avanzando, las piernas volvieron a su estado natural y empecé, entonces, a notar un ligero cosquilleo que, en igual proporción que íbamos acortando el trayecto, iba aumentando hasta convertirse en una pesada sensación, de todavía, recientes y desagradables recuerdos.

Con dificultad y caminando bastante despacio en el último kilómetro, llegamos hasta el coche, agradeciendo a los ganaderos su atención y ayuda, que no hicieron otro comentario que desearnos suerte. Subimos al coche y salimos hacia el Centro de Salud más próximo; fuimos atendidos en Urgencias y me diagnosticaron baños de asiento y que evitara sentarme y no realizara ningún esfuerzo hasta por lo menos, en dos semanas. Comenté la necesidad de un viaje en coche de 500 kilómetros y recomendaron que utilizara una ambulancia, que un trayecto en coche de esa duración, podía generar algunas complicaciones.

Convencí a mis amigos para que me llevaran al caserón de la primera noche y que quedaría allí, solo y hasta estar en condiciones para volver recuperado a mi casa. Realizaron algunas compras de víveres y enseres de primeros auxilios, como para no tener que salir de casa en dos semanas y con apenas dos camisetas, un par de mudas y un pantalón manchado de sangre, quedé en la soledad de aquel caserón, en un paraje natural, lleno de cánticos y ruidos de animales, desconocidos para mí y con la misma ilusión con que iniciaría una expedición a la antártida para un salvamento de focas.


Texto de aac agregado el 06-01-2008.
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