Amalrod había finalizado sus libaciones a Dilnos en agradecimiento por consrvar su vida y pidiéndole que eso no cambiase, y ahora corría diligente por la calle principal. Se dirigía hacia la alta torre de homenaje, la única construcción habitable de piedra de la ciudad. Llegó en unos minutos, subió una escalera corta hasta una plataforma que se elevaba unos dos metros y medio del suelo, y llamó a la puerta. Un guardapuerta corrió una rendija y lo miró sin reconocerlo.
-¿Quién toca?- preguntó.
-Soy Amalrod Emaldest-
El guardia lo observó y logró reconocerlo entre la suciedad y las manchas de sangre de su rostro y armadura.
-El señor está ocupado- advirtió el hombre -no espere que lo reciba bien-
Enseguida abrió la ancha puerta y el Alcaide pasó por un pasillo pequeño que daba a una gran sala circular. Estaba llena de nobles sentados en amplios sillones, y cuando lo vieron, sucio y cubierto de sangre, no pudieron más que escandalizarse y murmurar frente a él y a sus espaldas. Subió por una escalera en espiral que había a un lado sin prestarles atención.
Pasó por otros cinco pisos llenos de más personas y soldados que no hacían nada importante y en unos minutos llegó al último piso de la torre, donde estaba la habitación de Ergol. Era uno de los nobles que manejaba la ciudad, el más importante de ellos, el gobernante. Vestía ropas elegantes recamadas en oro y cargaba en cuello y muñecas, gruesas cadenas de plata y oro que relucían maravillosamente y solo competían en prestancia con sus anillos engarzados con piedras preciosas. Era un hombre relativamente joven de una importante familia de la ciudad, aunque sin linaje significativo, que nunca se había dedicado a hacer nada, excepto aprovecharse de la posición que le heredara su padre; muestra de ello era su gran barriga, que le caía sobre el cinturón.
La sala en sí misma concordaba con la opulencia de quien la habitaba, ya que estaba adornada con banderas, estandartes y tapices de excelente manufactura. Había una gran mesa de ébano tallada con delicadas figuras, un balcón que abarcaba la circunferencia de la torre, con vista a toda la ciudad, y un pequeño cuarto contiguo lleno de libros y papeles.
En una silla estaba Ergol sentado y con una copa de vino en la mano, que debía ser suficientemente valiosa como para costear el sueldo de unos doce soldados al menos tres meses.
Amalrod lo observó detenidamente, pensó en la cantidad de personas en esa torre que podría estar trabajando en las defendas de la ciudad y se sintió avergonzado de que esa fuera su propia gente. Su rostro, mientras meditaba esas cosas, se volvía cada vez más hostil, y dos guardias no tardaron en salir desde las sombras y pararse arrogantemente frente a su señor, enseñando sus lanzas filosas.
-¿Qué pasa ahora?- preguntó Ergol, con pocos deseos de escucharlo, parecía somnoliento, pero no por carencia de sueño, sino todo lo contrario; probablemente había vuelto a emborracharse como tantas otras noches y recién se estaba despertando.
-Las defensas han cedido, no falta mucho para que tomen la ciudad- explicó seriamente el comandante, con un tono algo vacilante en su voz, que emulaba una profunda preocupación, pareció bastante realista.
-¡¿Qué?!- gritó el hombre, aterrorizado -es como lo predijo Ghemil, por eso había humo en la noche ¡Mi caballo! ¡Preparen mi caballo y mis cosas! ¡Hay que huir!- gritaba Ergol, agitado, con un vivo miedo en el rostro.
Era evidente que en todo el ataque de la noche, ni siquiera se había asomado al balcón de su habitación (tampoco lo había hecho en todo el día).
Amalrod lo observaba y trataba de contener la indignación que le provocaba semejante estupidez, le asombraba tal despreocupación por algo de lo que, en fin, su vida dependía de igual modo. Si bien no siempre había sido así, ahora la influencia de la bebida y sustancias peores estaban causando estragos en su lucidez y salud, y no quedaba mucho que rescatarse en un hombre así; lejos de mejorar, la situación de Sarlos, desde que Ergol asumiera, unos seis años atrás, había mantenido un constante declive.
Una aparición inesperada calmó la situación. Desde la habitación contigua salió en esos momentos un anciano encorvado y chueco, vestido con una lujosa túnica verde, apoyándose en un bastón con engarces de oro.
-¡Se los dije!- gritaba -¡Yo lo predije y nadie me creyó! ¡El viejo dijo que su poder era implacable!- andaba frenético y juntaba pergaminos de la habitación -¡Hay que huir! ¡Guardias! ¡Mis cosas! ¡Él lo dijo! ¡Lo dijo!- solo él sabía a quién se refería.
Los guardias corrían de un lado al otro, llevando las notas del anciano, baúles de Ergol y muchas bolsas y paquetes de cuero que, por su peso y consistencia no debían estar llenos de nueces.
Amalrod contempló el lamentable espectáculo por unos momentos, pero enseguida lo invadió un profundo pesar. Se preguntaba cómo había permitido alguien que semejante gente llegara a decidir sobre otra, la escena no tardó en repugnarle y decidió acabar con su pequeña broma.
-No han tomado Sarlos- anunció -me asombra que pueda existir gente tan estúpidamente desinteresada ¿No se asomaron siquiera una vez a su balcón?-
No respondieron. Los hombres se habían detenido en seco y más de uno insultó al guerrero, perdiéndole el poco respeto que le tenían, ya que los guardias de la torre de homenaje eran servidores personales de la familia de Ergol, acostumbrados a su desdén y superioridad. Por su parte, el señor del lugar sentía humillado por lo que acababa de pasar y el viejo Ghemil había desparecido sin que nadie se diera cuenta, tal vez era el arte que mejor dominaba.
-“Preparen mi caballo”- repitió Amalrod con desdén -eso es lo que harías, evidentemente, abandonarías a todos a merced de la suerte y escaparías con el dinero robado- gritó Amalrod, furioso, y fijando su mirada en Ergol.
-No. Has entendido todo mal, yo no dije las cosas así- explicó de algún modo el hombre, en tono nervioso.
-¡Por los Seres! ¡¿Qué clase de estupideces está diciendo?!- gritó Amalrod.
-¡No voy a permitir que me hablen así!- advirtió Ergol, orgulloso, intentando desviar un poco el tema -esta es mi casa y mi ciudad, nadie va a decirme qué hacer. ¡Si te atreves a levantarme la voz nuevamente voy a mandarte a limpiar los establos de todo Sarlos hasta que los años te ganen y no puedas seguir moviendo las carretillas con porquería de caballo!- las palabras salían como un torrente de su boca.
Amalrod lo escuchó pacientemente y se enfureció cada vez más con cada palabra. Sin advertencia se abalanzó sobre Ergol, lo tomó por la ropa y le susurró amenazante al oído.
-Más te vale cuidar tus palabras- dijo -en esta ciudad y en todo el sudeste del país cuento con la lealtad de todos los soldados. Pertenezco a la nobleza también y podría tomar tu lugar por la fuerza o por medio de mis amigos nobles cuando así lo deseara, el consejo lo aprobaría con gusto y está de mi lado en este asunto, no olvides mi linaje ni que esta situación no es solo de ahora- le dijo, enfureciéndolo -no eres nadie para amenazarme, no posees la sangre. Estoy arriesgándome demasiado para salvar esta ciudad mientras que ustedes se aprovechan de la gente y se sientan a esperar que solucionemos todo a costa de nuestras vidas-
Los guardias de Ergol no permitieron que las amenazas continuasen y tomaron a Amalrod por los hombros, apartándolo violentamente hacia un lado. Pero sorpresivamente se resistió y enfrentó a ambos velozmente, no tardó en dejarlos a los dos inconscientes a puño limpio. Enseguida volvió a abalanzarse sobre el gobernante y a sujetarlo contra la pared.
-Afuera tengo a unos tres mil hombres dispuestos a morir por la ciudad, la mayoría son de la milicia, los elfos no son más que mil, los mercenarios han de ser doscientos o menos. Los Hathenn aún deben sumar cinco mil y tenemos hasta la noche para reorganizar nuestras defensas. Toda la gente que haya acá adentro tiene que salir a trabajar. Nobles o no, no me importa. Si queda alguno en la torre, tu incluido, voy a mandarte al destierro y voy a encargarme de que esta ciudad sea gobernada como se debe- entonces soltó al hombre, Ghemil miraba desde la puerta a su señor sin que este se animara a moverse siquiera.
-¡Ahora!- le gritó Amalrod.
Ergol pareció reaccionar al fin y corrió a buscar a los otros ociosos habitantes de la torre, no llamó a los guardias porque sabía que a pesar de todo, muchos de ellos estarían a favor de su atacante y estaba en desventaja. No tardaron en aprestarse y organizarse (gracias a la insistencia del Alcaide) y pronto estuvieron todos listos para asumir las diferentes labores. Salieron entonces a la ciudad a ensuciarse las manos con labores honradas por primera vez en su vida. Las mujeres fueron a tratar a los heridos a las casas de curación, los soldados pagos de la ciudad, al menos cincuenta, se dirigieron a las empalizadas, y los hombres restantes trabajaron con el transporte de armas, fabricación y reparación de flechas y tareas de esa índole.
Amalrod los contempló bajo sus órdenes y reparó al fin en el poder que había ganado en los últimos tiempos, un poder que no había ejercido en demasía; lo gratificaba que estuviera más allá de su alto linaje, pues se debía en realidad a la lealtad de los soldados y su lealtad hacia el consejo.
Meditando sobre estas cosas, recordó de repente que no le había comunicado a Ergol lo que debía, pero no se preocupó en demasía. Ese hombre apenas sabía más que la forma de acumular riqueza, las horas de la comida y las formas de embrutecerse con sustancias y bebidas. Era inútil hablarle de las estrategias y movimientos de la batalla anterior, los que se planeaban para la que llegaría seguramente por la noche, dar parte de muertos, heridos y pérdidas de ambos bandos y demás asuntos. Le pareció del todo infructuoso en esos momentos, así que finalmente se retiró de ese lugar que poco le agradaba esos días. La torre, llamada Torre de Laigos había sido originalmente una de las sedes del consejo de Naignárid y una fortaleza, pero había sido transformada por Ergol en lo que ahora era, un reducto para el vicio y la depravación de un sector corrupto de las familias pudientes.
Cuando salió al exterior, el viento sopló suave del este, traía olor a sangre y humo, y alrededor podían notarse heridos y muertos por doquier; ese fue un golpe de realidad que terminó de sacarlo de sus cavilaciones. Era en verdad muy diferente lo que se vivía dentro de esa torre a lo que en el exterior se daba, y si las medidas que se tomaban afuera no eran suficientes, el mundo de fantasía que se vivía cruzando la arcada de piedra se derrumbaría en un suspiro. Aún había mucho trabajo por hacer, pero al menos ahora los que habitaran el sueño de la opulencia gratuita se daban cuenta que el título puede resultar la perdición de uno cuando se ignoran sus beneficios usuales por causas mayores.
***
Las horas de la tarde transcurrieron entre trabajos y las murallas fueron reparadas en la medida de lo posible. Los hombres habían descansado rotando las guardias y labores, y muchos habían logrado sobreponerse al agotamiento de la noche pasada. La puerta que había sido destruida quedó bastante bien arreglada, considerando el tiempo que hubo para hacerlo, y las flechas que se pudieron recuperar fueron restituidas a los arqueros, que tenían nuevamente secos y listos sus arcos.
Todo estaba listo para la batalla que se aproximaba, pero había algo que mantenía a los soldados en duda ¿Dónde estaban los elfos, la caballería que había partido el día anterior? Muchos temieron lo peor, otros pensaron que simplemente se habían atrasado y trataron no preocuparse, igualmente los soldados tenían una esperanza en común, que los Anarassar regresaran a tiempo para el próximo combate, pues una caballería, por reducida que fuese, podía definir el desenlace de una batalla.
Alduris, Losgan y Garndred habían estado trabajando toda la tarde juntos, aprovechando para conversar, y trataban de comprender el porqué de que los Hathenn atacaran Naignárid y cómo podría llegar a relacionarse esto con la sombra que los acechaba, ya que al entrar en ese país, era que se había dado esa sucesión de ataques de extrañas criaturas. Las respuestas que se plantearon fueron vagas y poco reales, por lo que decidieron abandonar el frustrante tema de discusión a poco de comenzado.
Luego de algunas horas de trabajo, fueron al lado de una casa para tomarse un descanso. En el momento en que Alduris buscaba un cajón para sentarse, otro elfo fue a buscarlo.
-El señor Manros solicita la presencia de todos los Anarassar- informó -diríjase a la plaza principal-
-Iré ahora mismo- respondió Alduris, el otro se fue tan velozmente como había llegado.
-¿Quién es Manros?- preguntó Garndred.
-Es quién dirige a todos los Anarassar que vinimos a Sarlos, nuestro alto comandante, la máxima autoridad en Naignárid. Bien, volveré en un rato-
Tomó una pequeña cantimplora y bebió algo de agua, saludó a sus amigos y se fue corriendo a la plaza romboidal, que tenía la torre de homenaje por centro, a reunirse con los otros Anarassar cuan veloz le permitió su herida.
En unos minutos llegó y vio en el lugar a unos quinientos Anarassar reunidos alrededor de una pequeña plataforma de piedra, usado seguramente para los discursos y anuncios de los Nagnárdos. Había cuatro elfos de pie, capitanes de las partidas que quedaban en la ciudad, faltaba un quinto, que dirigía a los jinetes que habían dejado Sarlos. A dos de los presentes Alduris no los conocía más que de nombre, Suldior e Ilgaris, pero identificó ahí a su propio capitán e intentó escapar de su vista, el último de ellos era Manros, más alto que el resto y de figura más esbelta, miraba a sus gentes y se veía solemne frente a la multitud. Dio un paso al frente y silenció con un gesto a los que hablaban.
-Es poco lo que voy a decirles, así que presten atención- anunció con voz firme, repasando los rostros de todos -cuando el enemigo se acerque, nosotros vamos a estar fuera de las defensas junto con la infantería de los hombres. Algunos de sus arqueros van a quedar en las empalizadas y con ellos cuatro grupos de caballería ligera de refuerzo. Afuera, yo los guiaré a ustedes y Amalrod a los hombres. Ustedes van a estar organizados en tres filas y todos con sus arcos listos. Cuando los Hathenn estén a nuestra distancia de tiro largo, comenzaremos las descargas- por descargas se refería a la sucesión de tiros alternados de diversas filas, que coordinaban sus ataques para formar una lluvia constante y sin pausa -cuando los Hathenn se encuentren cerca va a sonar una señal de cuerno gris- identificaban las tonadas con distintos colores -entonces todos vamos a cargar contra el enemigo desde el frente, los hombres de Amalrod van a disparar cuantas flechas puedan desde las empalizadas al grueso de los enemigos. Suponiendo que los Hathenn regresen por el sur, la caballería de Naignárid, al mando de Ceregraír, va a estar lista para salir de la puerta del este y golpear desde el flanco. El éxito dependerá de la velocidad que tengamos nosotros y ellos. Solo procuremos no ser demasiado efectivos para que la caballería local pueda hacer algo también- se burló, y algunos lo festejaron; hizo una pausa y pensó unos segundos mientras regresaba el silencio -es todo lo que les diré, dispérsense si quieren-
Ninguno de sus anuncios tenía una real necesidad de ser, puesto que cada capitán conversaría con sus oficiales y estos con sus tropas para explicar las disposiciones a seguir, pero Manros había asumido esa labor por una necesaria razón, el innegable efecto moral que tenía sobre todos. Era un comandante afamado y respetado por todos, reconocido por sus habilidades e inteligencia y probablemente un Belferion en poco tiempo.
Ya se daba vuelta para retirarse cuando uno de sus soldados lo llamó.
-¡¿Y qué vamos a hacer con la bestia?!- preguntó -¡Uno solo de sus golpes es suficiente para acabar con diez de nosotros!-
-Alguien va a encargarse de ese asunto, según sé, no dejará que aparezca en el campo- aseguró el elfo, algo esquivo.
Entre los soldados se rumoreó que sería el mismo Manros quién lo detendría, ya que era muy conocida su grandeza como luchador. Alegres, muchos afirmaron que él lograría vencer a la bestia y sus voces de gozo llegaron a oídos del aludido.
-No seré yo quién se encargue de él- anunció, cortando de tajo el rumor.
-¿Quién lo enfrentará?- preguntó uno de los jóvenes arqueros.
-Un enano- contestó el valiente capitán, con poco contento; hubo gran indignación entre varios los elfos.
¿Un enano se encargaría de Logregard en vez de uno de ellos? ¿Quién hubiera admitido tal posibilidad? Además sabían de qué enano se trataba, ya que era el único en Sarlos y se había ganado su fama por ciertos escándalos.
-¡Dispérsense!- ordenó Manros.
Los elfos se retiraron en todas direcciones, Alduris sintió un gran vacío en el pecho, contemplando la posibilidad de que Losgan combatiera solo una vez más contra la temible criatura.
Meditabundo, caminó lentamente por las calles porque le dolía la herida, y llegó donde sus amigos y él habían estado hablando momentos atrás, ahí se encontró solo con Garndred, el enano no estaba.
-¿Dónde está Losgan?- le preguntó.
-Se fue con Amalrod hace unos minutos, la infantería ya se está preparando para organizarse fuera de la empalizada. No entiendo por qué no dentro-
-Van a hacer un ataque completo desde el frente, yo también voy a ir afuera a luchar junto a los otros elfos- contestó Alduris.
-Entonces supongo que voy a quedarme yo solo en la empalizada- susurró el joven, de ánimo abatido.
***
Finalmente pasó la tarde y las tropas se prepararon para el ataque de los Hathenn. Rodeando la empalizada había más de dos mil soldados, y dentro unos doscientos arqueros listos a batallar. Frente a las filas se encontraban Manros y Amalrod, liderando a las tropas, y junto a ellos estaba Losgan con su hacha en manos, esperando a que su señalado enemigo se acercara.
La noche era clara, a diferencia de las anteriores, las estrellas brillaban en el cielo, más despejado, y una se destacaba entre todas ellas: Efferin, la primera creación de Herbos primero, señor del fuego.
Por todo el campo había hogueras encendidas señalando el perímetro, en las empalizadas habían cientos de antorchas y en manos de los soldados también, en esos dos días se debía haber gastado la mayoría de la provisión de leña que se reservaba en Sarlos para el invierno.
Todos esperaban ansiosos el ataque de los Hathenn y se sentían más seguros, los piqueros del frente de las filas, que ya habían demostrado su valía en batalla, mantenían sus pesados escudos en el suelo junto con sus largas picas para no cansarse, pero el resto de los soldados tenían, en cambio, sus armas listas y en mano para levantarse y combatir a la primera señal. Si bien no tenían la seguridad de un nuevo ataque, habían decidido esperarlo como si ciertamente así fuera, para no correr con riesgos innecesarios; confiaban además con las previsiones de los más conocedores y los pronósticos de esos ya se reflejaban en las acciones emprendidas.
No era media noche aún cuando regresó uno de los tantos batidores que rondaban los alrededores y trajo consigo la noticia del avance enemigo desde el sudeste, confirmando así las conjeturas.
Como en la noche anterior, pasados unos minutos se vieron desde lo lejos las primeras luces avanzando lentamente. Los arqueros se prepararon y las balistas en las torres también, los piqueros tomaron sus armas y escudos y se prepararon para formar una apretada falange de varias filas justo frente a la puerta sur, donde seguramente el embate enemigo sería más fuerte. Ahora todos los soldados de a pie estaban apostados en lo alto de la colina, de espaldas a la empalizada esperando en su posición privilegiada (las estacas y hojas clavadas en la base de los troncos habían sido removidos, por si acaso).
Los Hathenn avanzaron con su terrible comandante al frente, cuando estuvieron a unos trescientos metros de distancia las balistas comenzaron su ataque, era sabido que no suponían una gran merma para el gran ejército, pero servía para mantener nerviosos a los enemigos.
La bestia gritó entonces una orden en un idioma extraño y la carrera se desató hacia las tropas de hombres y elfos. Manros hizo sonar tres señales de Sorulnari, el cuerno blanco, a cortos intervalos de tiempo: la descarga de flechas se desató sin pausas. Desde la empalizada también atacaron con toda clase de proyectiles y tuvieron gran éxito. La lluvia fue la más mortífera vista en esas tierras, los Hathenn corrían con miedo y caían por cientos, heridos o muertos.
Algunas flechas le dieron a la bestia en la coraza y rebotaron, pero no disminuyó el paso y llegó a sus enemigos en poco tiempo, pero antes de que pudiera balancear una vez su arma, se encontró con el enano esperándolo. Cabe destacar que no hubo tan numerosos guerreros acobardados al ver a la bestia acercarse, esta vez la entereza fue más fuerte que el miedo (aunque tal vez la calidad de los que esperaban fuera era otra).
Los contrincantes reanudaron entonces su enfrentamiento inconcluso del día anterior y volvieron a pelear inagotables, dejando de pensar en la cruenta batalla que ya comenzaba a desarrollarse detrás de ellos.
Los arqueros élficos hicieron gala de toda su habilidad en esa noche, el silbido de las flechas pareció formar un solo sonido constante que destrozaba los oídos de los Hathenn, los arcos no dejaron de disparar ni un segundo hasta que el enemigo llegó a combatir de frente tras la tortuosa subida.
Todo el tiempo que los Hathenn tardaron en llegar hasta los soldados de la empalizada, y el tiempo que desperdiciaron tratando de abrir una brecha en el grupo compacto de Nagnárdos y elfos, les significó decenas de bajas. Su ejército se debilitó mucho en la carrera y llegaron agotados y temerosos hasta sus enemigos, para combatir en un terreno completamente desfavorable, y aunque esta vez habían llegado mejor pertrechados para emprender un asedio, los defensores no les permitieron esa posibilidad.
Desde el este, un reducido grupo de jinetes de los hombres tomaron su posición en el campo y los encerraron en la base de la colina desde el flanco, dándoles un durísimo golpe. Ceregrair no era quien los comandaba, sino un tal Demárcano, al primero no se lo veía por ninguna parte.
Los Hathenn que sintieron el rumor de los cascos y presenciaron la llegada a plena carrera de los Nagnárdos, cayeron presas del terror, pero los que trataban de huir eran obstaculizados por sus propios compañeros y morían en la retirada. Los hombres furiosos balanceaban sus espadas y atacaban sin piedad a sus enemigos, que morían mutilados y degollados uno tras otro. La sangre corría sin parar por la colina y los guerreros avanzaban cada vez más coléricos sobre los invasores.
Sin la guía de su supremo comandante, los invasores avanzaban desordenados y rompían filas, demostrando la valía de su poca disciplina y provocándose a sí mismos más desgracias que las que sufrirían por manos de los sitiados de Sarlos. Por eso sucedió que las fuerzas defensoras y las atacantes se mezclaron cuando las primeras comenzaron a ganar terreno y a dispersarse en campo abierto, bajando la colina. Así la organización que habían mantenido los hombres y los elfos se perdió en el frenesí que anunciaba la posibilidad de victoria y los llevó a perder el control de la batalla: los Hathenn comenzaron a atacar por la espalda o por grupos, y al ser mayores en número, lograron recuperarse poco a poco.
Las fuerzas de Sarlos se replegaron, cubiertas por los arqueros de la empalizada, y se formaron en estrechos círculos, entonces cargaron nuevamente sobre un enemigo que no se rendía y batallaba ferozmente. De ambos bandos las pérdidas eran considerables y los elfos eran menos aún por el grupo de caballería que había partido a interceptar al ejército de Ekermas la tarde anterior.
Desde las empalizadas, Garndred disparaba con el poderoso arco de Amalrod y su efectividad era bastante buena a poca distancia. Siete llevaba derribados y unos nueve de ellos solo heridos; junto a él, varios arqueros disparaban también constantemente y sin descanso, y cubrían a los soldados de infantería más descuidados. Algunas flechas volaban también en dirección a las altas empalizadas, pero no con demasiada efectividad ante la dificultad que significaba para los arqueros enemigos disponerse en el caótico campo y salvar la distancia necesaria para hacer suficientemente efectivos a sus pobres arcos.
Si bien algunos dardos rozaron a Garndred, e incluso uno le atravesó la manga derecha, no recibió ninguna herida. El muchacho se encontraba tan concentrado (o estresado) en la batalla que estaba desarrollándose frente a él, que no recordó el dolor de sus manos sin sanar ni pensó en su familia, solo sintió ganas de derribar más Hathenn y contribuir a que todo acabase pronto.
***
En medio de los campos circundantes, Losgan seguía combatiendo con la bestia. Las hachas rasgaban el aire y las armaduras producían ruidos estridentes con el movimiento: se desafiaban y atacaban sin tregua.
Losgan solía golpear la coraza de su oponente sin gran efectividad mientras que este le lanzaba golpes poderosos que eran siempre esquivados. La historia de los embates pasados se repetía, ninguno de los dos se mostraba lo suficientemente bueno como para dañar al otro, ni lo suficientemente descuidado como para dejarse golpear.
Así habían pasado largos minutos, hasta que de pronto, en medio de la lucha, la bestia se detuvo y se apartó hacia atrás. Sosteniendo su hacha apoyada en el suelo, miró al enano y con un gesto le pidió que se detuviera; el otro lo observó con cierta curiosidad y vaciló, pero no se detuvo. Arremetió de frente contra su enemigo una vez más y le arrojó un golpe. Al ver que su contrincante no se detenía, la bestia tomó su hacha y lo golpeó con el lado, pero fue tal la fuerza y la velocidad que utilizó, que el enano no reaccionó a tiempo y recibió un impacto que lo arrojó al suelo metros atrás.
En vez de rematarlo, como otros hubieran hecho, la bestia clavó el hacha por el mango en el suelo y con un gesto volvió a indicarle a Losgan que se detuviera. El enano seguía consciente gracias a su armadura, pero se encontraba muy adolorido y decidió averiguar qué extrañas intenciones tenía su enemigo guardando una distancia prudente, y aprovechando, además, esos instantes para reponerse.
-¿Qué pasa? ¿Por qué deseas detenerte?- preguntó furioso.
El otro se irguió derecho y lo observó con curiosidad. Seguía sin decir nada, solo se oía el clamor de la batalla de fondo.
-Hay un asunto que debemos discutir- expuso al fin -pero primero prefiero hacerte una pregunta que no lo involucra- la bestia habló con una voz poderosa y amenazante, pero con una soltura y facilidad que dejaron sorprendido a Losgan, incluso pareció educado.
-Pregúntame- lo incitó
-Deseo conocer el motivo por el que te enfrentas a mí con tanto arrojo, quiero saber por qué me sales al encuentro en el momento en que me ves- preguntó finamente, debajo de su marcada bestialidad.
-Lo cierto es que no es realmente la gloria el motivo que me lleva a hacerlo, creo que es deseo de Jhubluk que yo te destruya y no otro… eso ya ha sido determinado- explicó de forma extraña, evitando mencionar sus verdaderas razones.
-Es obra del destino, entonces... - replicó el otro, cansinamente -... y vas a matarme... -
-Así será, bestia- afirmó Losgan, irritado por la forma en que le dijera eso último.
-No me llames bestia, enano-
-Es lo que eres a mis ojos y a los de cualquiera- contestó el Morokrand, cansado de la conversación.
-Soy más que una simple bestia, en realidad soy el más poderoso de entre las bestias y el primero de una raza superior creada por mi amo- dijo jactanciosamente.
-Explícate- exigió el enano.
-Soy el primer Oldgrag, la primera creación de Malnus y la más poderosa. Logregard es mi nombre-
-¿Quién es ese Malnus del que hablas?- preguntó el enano, con algo de curiosidad.
-Es mi señor, él Es en la tierra... no puede ser vencido por los medios que existan en el mundo-
-Solo estas diciendo vaguedades, no me respondes con eso ¿Quién es tu señor?-
-Ya lo conoces, hace un tiempo lo conoces, según sé- contestó Logregard, para la incertidumbre de Losgan -pero aún queda otro asunto- dijo enseguida, cambiando de tema -he comprobado tus aptitudes para el combate, has resistido algunas luchas conmigo y no pareces temerme en lo absoluto. Tu carácter es fuerte y el hecho de que seas un enano le interesó a mi señor, y se sintió atraído por esta ventaja. Desea que te unas a sus fuerzas para acompañar a sus ejércitos de las montañas australes-
Losgan observó perplejo a su oponente por unos segundos antes de comenzar a reírse a carcajadas.
-Se ve que no entienden de enanos- se acariciaba el pelo.
-Ríe, pero esto es un aviso de lo que vendrá- dijo el Oldgrag y arrancó su hacha del suelo -creo que ya habrá una conversación más extensa sobre el tema-
Cuando dejó de reír, pensó en esas palabras por unos segundos, no demasiado, pues debió evitar un hachazo poderoso, completamente sorpresivo, aunque más lento los otros que le hubiesen arrojado.
-Solo me está probando- pensó el enano -¿Me estará probando para que su amo me vea?... -
Abandonó entonces sus pensamientos y se entregó al reanudado combate. Luchó con más furia que antes y con más habilidad, casi perdiendo la calma, pero su oponente le mantuvo el ritmo. La riña siguió pareja, si con intención de Logregard o sin ella, Losgan no lo supo, pero no dejó de atacar ni por un momento. Continuaron así por largo rato, ambos balanceando sus armas, parejos, iguales, casi monótonos en una danza interminable.
***
En el campo de batalla el enemigo estaba logrando aventajar a los defensores a duras penas. Hathenn, hombres y elfos morían sin remedio, pero los primeros duplicaban el número de sus oponentes.
Las grandes ventajas que habían tenido los hombres esa noche habían sido anuladas, los arqueros élficos ya no podían arrojar flechas porque no les quedaban, y ahora la mayoría combatía cuerpo a cuerpo; todos los piqueros habían sido eliminados en una mala maniobra que los dejó abiertos para un ataque por el flanco y las cosas no dejaban de complicarse. Solo se encontraban en el campo la infantería profesional de Naignárid, los disminuidos Anarassar, y la pobre milicia local; la caballería ligera se había disuelto, por necesidad, los jinetes se habían apeado de sus caballos para combatir a pie en un tumulto que era demasiado confuso y poblado como para sus animales.
Sonó entonces la señal prolongada de un cuerno estridente. Desde el oeste se oyeron cascos de caballos que se acercaban velozmente y en pocos minutos llegaron los jinetes que aún no habían atacado; al frente iba Ceregrair sobre un espléndido zaino.
Entraron pronto a la batalla y comenzaron a combatir, eran unos doscientos bien armados, con yelmos y cotas relucientes; algunos traían armas de asta y otros espadas. Con su primera carga inclinaron la balanza a su ventaja en momentos.
Ciertamente se notó su efectividad en el campo. A pesar de su escasez fueron poderosos combatientes y destrozaron la resistencia del flanco enemigo en segundos. Los Hathenn eran decapitados y atravesados a gran velocidad por jinetes experimentados, era muy difícil que uno cayera bajo armas enemigas y por momentos parecía que el resultado definitivo de la batalla iba a decidirse en esa carga, pero no era una impresión correcta. El número enemigo era abrumador y pasó, a pesar de todo, que los jinetes comenzaron a ceder.
En una maniobra acertada, un capitán Hathenn llevó a varios de los suyos armados con lanzas a que cerraran las vías de salida de los atacantes, por lo que pronto se encontraron encerrados e imposibilitados para moverse. Muchos murieron al verse encerrados entre enemigos o debido a animales encabritados, sufrieron las mismas dificultades que habían llevado a los primeros jinetes a abandonar sus monturas, pero de forma mucho más grave. Aún así, la batalla aún no podía definirse.
Los Anarassar combatían feroces a su vez en el centro del campo, delante de la empalizada, y no se dejaban amedrentar. Alduris se mostraba inagotable en la lucha a pesar de su herida y a veces parecía ser envuelto en un halo transparente. A su lado, Manros combatía con igual ferocidad y vencía a los invasores con hábiles movimientos de su cimitarra de ligera curvatura. Ambos luchaban en el frente de las tropas, uno por ser el capitán de los elfos, el otro solo por haberse dejado llevar.
La batalla se volvió más violenta junto a las fortificaciones a medida que los defensores iban perdiendo terreno en la base de la colina y las fuerzas se dividieron. Muchos se vieron rodeados por enemigos contra los muros y debieron soportar solamente con la ayuda de las construcciones guardando las espaldas mientras que tantos otros aún intentaban empujar desde el sudoeste. Con la llegada de los jinetes, habían comenzado a agruparse tras ellos y se había formado un grupo compacto luego de que debieran abandonarse las montas. Los más valientes de ambos frentes mantuvieron a raya a los atacantes con ferocidad, pero algunos no tuvieron la entereza o habilidades necesarias.
Manros mismo se vio envuelto en una situación así de complicada. Había tropezado y rodado colina abajo, y varios enemigos lo rodearon cuando apenas se ponía de pie, maltrecho; dos estaban armados con lanzas y el resto con espadas, y se defendió ferozmente logrando acabar con tres atacantes antes de ser herido. Su brazo derecho, el que esgrimía su arma, recibió un corte de cierta profundidad bajo el codo y dejó caer la espada ensangrentada, y enseguida, una de las lanzas se dirigió hacia su garganta y le rozó el hombro al ser esquivada. Cuando pensaba en el inevitable final, vio una espada balancearse frente a él, presta a darle muerte, pero la hoja no cayó. El Hakenn que blandía el arma fue atravesado en el vientre por una cimitarra élfica, y otro que se abalanzó con su lanza de frente, también fue reducido enseguida de un efectivo tajo en el rostro.
Manros contempló sorprendido entonces a su salvador. No lo conocía, pues no pertenecía a las tropas que él había liderado hasta Naignárid. Parecía estar rodeado por un halo transparente, aunque tal vez estuviera imaginando eso; no lo dejó luchar solo mucho más tiempo, tomó su arma del suelo con la mano izquierda y combatió junto a él como pudo.
-¿Cuál es tu nombre?- le preguntó cuando se dispusieron espalda contra espalda.
-Alduris, de Galrin, señor-
En segundos redujeron a los Hathenn restantes, entonces siguieron luchando lado a lado, abriendo brechas entre las defensas enemigas con un ímpetu digno de que los reconocieran como los más esforzados guerreros del enfrentamiento. Uno entusiasmado como antes lo estuviera y otro decidido como nunca en su larga vida para mantenerle el paso al primero, parecían moverse sin pensar, llevados por la lucha. Combatieron feroces, sin temores ni ansias, las hojas relucientes se movieron sin descanso todo lo que restó de la noche. Sobre el fragor de la batalla, sobre los aullidos y sobre los gritos de los que morían, se escucharon los severos tajos que herían aire y carne con tonantes golpes, constantes y melodiosos, mortíferos. Los dos elfos lucharon con gracia y habilidad, codo a codo desde esos momentos, moviéndose juntos, arrogantes, asiendo el destino de la batalla y repartiendo dolor y muerte a quien osara aparecerse ante ellos.
Veloces se movían entre los Hathenn y abrían caminos con las hojas plateadas en el desbande de los enemigos, cada golpe que arrojaban daba con alguno de ellos, fue un espectáculo deslumbrante. Muchos se detuvieron al notar a las hojas gemelas arrasar lo que encontraban, eran como animales insaciables alimentándose de carne lacerada de los oponentes y bebiendo de su sangre expuesta. Lado a lado, las espadas se batieron toda la noche sobre los infortunados que osaron sitiar Sarlos.
Los Hathenn que los observaban, se hallaban ante una visión terrible, ninguno de ellos soportaba el temor al encontrarse de frente a aluno de los dos elfos, parecían iluminados por la estrella Efferin y llevados por el viento con una ligereza y gracia fantasmales, pues por momentos era como si sus pies dejaran de tocar tierra en su suave y armoniosa velocidad. Entraron así por el centro del ejército Hakenn, desde la base de la colina que la ciudad coronaba, y lentamente lo atravesaron, abriendo un camino de espanto entre los enemigos y llegando al otro lado del campo, dejando tras ellos un caudal de sangre. Al verlos realizar tal hazaña, todos los Hathenn sucumbieron ante un terror que parecía originarse en lo más profundo de sus corazones y expandirse sobre sus cuerpos como el torrente poderoso de un río nocivo que lentamente les llevaba la muerte, miembro a miembro. No soportaron tal situación por mucho tiempo.
-¡Los fantasmas de plata! ¡Se acercan Fantasmas de plata!- chillaban en su idioma, presos de un horror insoportable al verlos acercarse posesos de esa incontenible furia destructiva -¡Utug Engradidg-kemedg! ¡Nurderureh Engradidg-kemedg!- aullaban corriendo hacia los lados, sin escapatoria.
El espanto al fin los venció, el ejército de Hathenn se vio envuelto en un frenesí de terror y se disgregó rompiendo filas en todas direcciones, a pesar de que aún eran muchos. Sin un comandante que los organizara o guiara, cientos murieron en minutos, sin presentar resistencia.
-¡Ut gurlud az ut ekrud vierung numarhrur!- gritaban en la huída: -¡La luz y el viento nos atacan!- y eran atravesados por las armas de los hombres y los elfos.
La batalla terminó así. Sobre un monte regado de cadáveres, los dos elfos se detuvieron con armas en alto y gritaron su victoria, los enemigos habían sido expulsados, a pesar de ser aún muy numerosos. El sitio había sido levantado, los sobrevivientes gritaron con ellos y agradecieron a los Seres, elevando plegarias y cantos al cielo.
***
Un último combate se desarrollaba aún a espaldas de los victoriosos defensores de Sarlos: dos hachas se enfrentaban en la penumbra y no eran notadas por nadie. Logregard arrojó un golpe al enano agotado y lo desequilibró, Losgan rodó hacia atrás y se detuvo. Ambos permanecieron en silencio y escucharon los gritos de victoria de los hombres y los elfos.
-Parece que te encuentras solo ahora, Logregard- dijo el enano arrogantemente, respirando agitado -los Nagnárdos son más duros de lo que creían…-
-No es algo que me preocupe- contestó el Oldgrag, aunque pareció un poco desconcertado.
-¿No piensas huir ahora que no te respaldan?- preguntó Losgan, tratando de irritarlo.
-No sé por qué habría de hacerlo-
-Es que estoy recordando cierto flechazo de un elfo- se burló el otro.
-El elfo no me asusta y tampoco su flecha, solo me sorprendió-
-Seguramente, tanto que huyes cada vez que lo ves-
-No es por temor. No debo lastimarlo, aunque lo desee. Mi amo lo pidió, hay asuntos de los que debe formar parte aún- dijo Logregard.
-También dijo que iba a hacerme parte de sus futuras tropas de enanos, y sin embargo me sigues atacando-
-¡Ja! Si deseara matarte, lo hubiese hecho hace mucho tiempo-
-Por supuesto- contestó el enano, enojado por haber sido subestimado con tal arrogancia- ¿Por qué no me muestras un poco de esa habilidad que oculta?-
-A tu pedido- dijo Logregard con un susurro malicioso.
Entonces tomó con fuerza su hacha y se abalanzó sobre el enano. Losgan no había reaccionado cuando la bestia lo alcanzó y lo derribó con un golpe terrible en el lado izquierdo. Si Logregard hubiese usado su hacha con la parte filosa, probablemente el enano habría sido cortado en dos pedazos, pero el Oldgrag atacó con el lado plano de su arma y le asestó un golpe contundente que lo arrojó por los aires a unos seis metros de distancia. Losgan perdió el conocimiento y quedó solo en el suelo cenagoso, Logregard miró hacia atrás y rió, dio media vuelta y se fue corriendo hacia las montañas a gran velocidad, a intentar poner en orden a las tropas disgregadas.
***
El sol salió nuevamente y mostró con su llegada una visión terrible: el suelo estaba totalmente teñido de sangre, había cadáveres mutilados o atravesados hasta donde la vista alcanzaba, las armas en el suelo o cavadas en los cuerpos estaban por doquier; el terreno, antes hermoso, estaba pisoteado, cubierto de flechas y dardos, y muchos heridos gemían de dolor sin remedio, mientras se retorcían entre cadáveres.
El júbilo se calmó pronto y cedió lugar al lamento. Debían resolver y ocuparse ahora de muchos problemas urgentes, los heridos eran los principales, pero también quedaban los muertos propios y los enemigos. Logregard se apareció solo mientras pensaban en esas cosas, y sorprendió a todos, llenando de miedo a muchos.
-Vengo en paz- anunció -deseo parlamentar-
Amalrod, que no había sufrido heridas, se adelantó enseguida, sin demostrar temor ni vacilación.
-Habla, no serás atacado-
-Soy Logregard, el comandante de estas tropas, que se declaran vencidas. La jornada es de ustedes y no serán atacados nuevamente. Lo que sucedió en este lugar ha sido un error a un nivel mucho mayor del que imaginan, y puede que en algún momento se enteren del por qué. Ahora solicito su venia para retirar a mis muertos y heridos antes de alejarnos de sus tierras-
-Tienen mi venia. Procedan-
Se saludaron respetuosamente y se separaron para dedicarse cada uno a sus problemas. Si bien no había sido realmente una victoria, aún quedaban muchos vivos, la ciudad seguía en pie y sabían que no volverían a ser atacados, Amalrod no podía dejar de mostrarse satisfecho.
Numerosas carretas fueron enviadas al campo para que comenzaran a recoger a los heridos y los llevaran a las casas de curación; los médicos no parecían suficientes, en realidad no lo eran. Los soldados juntaron armas y flechas y las llevaron a las armerías o las dejaron a un lado de la empalizada para guardarlas más tarde, trabajaron siempre con un grado de inquietud, pues los terribles enemigos que enfrentaran hasta hacía unos momentos, ahora caminaban entre ellos pacíficamente, mostrándose sorpresivamente educados y reservados.
Mientras todo eso se desarrollaba, desde la puerta sur apareció un mensajero, un Anarassar que buscaba a Manros. Cuando lo vio aún sobre la colina, junto a Alduris, corrió hasta él.
-Señor, le traigo noticias de la puerta oeste- le dijo al llegar.
-Habla-
-Recibimos un ataque por la noche de unos dos mil, muchos están muertos ahora, otros huyeron, perdimos a pocos más que doscientos y tenemos unos quinientos heridos también- informó el mensajero, cansado por la corrida.
-¿Cómo es posible que cuatrocientos entre hombres y elfos pusieran en fuga a un enemigo tan numeroso?-
-Es que... - y el mensajero fue interrumpido enseguida por Manros.
-Los jinetes de Encadir ¿Volvieron, verdad?-
-Así es, señor, también tienen noticias-
-Dime todo- pidió Manros.
-El primer día encontraron a los Ekermas que buscaban, pero muertos todos los hombres capaces de luchar, y con mujeres y niños entre ellos que se lamentaban y no querían dejarlos. No hicieron nada en cuanto a ellos, los dejaron estar, pues hallaron un rastro cercano que llevaba a un campamento Hakenn. Se movían junto a las montañas, eran menos de mil. Los hostigaron con sus flechas por dos días, hasta dispersarlos en todas direcciones. Capturaron a algunos, pero ninguno dijo una palabra en una lengua comprensible. Tras eso regresaron lo antes posible, llegaron por la noche y atacaron al enemigo por la retaguardia en el mejor momento-
-¿Cuantas bajas tuvieron?- preguntó Manros.
-Las bajas eran mínimas hasta que llegaron a enfrentarse a los que atacaban aquí, tuvieron un total de perdidas de unos sesenta jinetes, o menos, y de esos la mitad de los caballos-
-Muy bien, den parte en toda la ciudad de lo que ocurrió aquí- ordenó Manros.
Para esos momentos Alduris había abandonado el monte y salía en busca de sus amigos. En la plenitud de su consciencia nuevamente y siendo su sola voluntad la que lo movía, caminó hacia la empalizada y notó a Garndred corriendo hacia él.
-¡Alduris!- gritaba -¡Alduris! Vi lo que hicieron con el otro elfo-
-Eso... no estoy muy seguro de qué puede haber pasado- contestó este -... parecía algo ajeno a mí- se sentía desconcertado como en las anteriores ocasiones que se viera manipulado por el inexplicable fenómeno.
-¿Supiste realmente lo que hicieron?- le preguntó Garndred -atravesaron al ejército Hakenn por el centro, más de cien deben haber muerto en sus manos- exageraba emocionado.
-Pero parecía muy irreal, ya varias veces me ha pasado en estos días. Desde la cueva que ocurre- explicó, confundido.
-¿No le has preguntado a Losgan si le ocurrió lo mismo en algún momento?- quiso saber el muchacho.
Entonces notaron la ausencia del enano y en su sorpresa corrieron a buscarlo al instante, sin hablar más. Alduris no sentía molestia alguna en su pierna en esos momentos, a pesar de que la herida no había sido tratada aún.
Recorrieron el campo sin verlo en el lugar donde la batalla se había desarrollado, preguntaron a varios hombres si lo habían visto, pero no tuvieron suerte tampoco, y necesitaron andar por el lugar casi media hora para hallarlo. Estaban perdiendo las esperanzas cuando la luz del sol mostró un reflejo en las lejanías, el brillo de la armadura plateada. Encontraron de ese modo a Losgan tumbado en el suelo, y la desesperación los invadió por unos momentos, pero notaron pronto que sus preocupaciones eran insostenidas.
-Solo está inconsciente- le dijo a Garndred, para su alivio -no entiendo qué le habrá pasado- susurró mirando al enano y notó que en el lado de su armadura estaban hendidos la hombrera y la greba izquierdas, y el peto también del mismo lado.
Alduris lo sacudió un poco hasta que recobró el conocimiento.
-¿Dónde está la bestia?- preguntó Losgan desorientado, sin saber quién lo sacudía; las manos le temblaban.
-No está por acá- contestó Alduris, ayudándolo a incorporarse -¿Qué ocurrió?-
El Morokrand comenzó a acomodarse mientras que reconocía al elfo y al joven Nagnárdo. Se puso de pie a duras penas, tambaleándose un poco durante unos segundos, y comenzó a narrar ahí mismo el combate y la extraña conversación que mantuviera con el tal Logregard.
Los tres estaban intrigados por el hecho de que la bestia hablara de Losgan como si fuera un futuro capitán de tropas enemigas de enanos, o montañeses, como los llamaban algunos. Por otra parte ¿Quién era Malnus, su señor? ¿Cuáles eran sus intenciones? Trataron de encontrar relación entre esto y lo que les había estado ocurriendo los últimos días, pero solo lograban quedar cada vez más confundidos; probablemente estaban intentando atar cabos que tal vez no tenían relación. Garndred pensó que la sombra de sus sueños podía ser el renombrado líder, pero descartó pronto esa teoría.
Volvieron a la ciudad conversando sobre esas cosas. Losgan necesitaba reposo, la bestia le había quebrado varias costillas con el duro golpe y sus compañeros lo llevaban como podían en hombros; Alduris también necesitaba tratamiento, pues su pierna herida aún seguía sin cuidados.
***
La batalla contra los Hathenn acabó así, y todos pagaron un caro precio por sobrevivir, nadie supo el motivo del ataque y Losgan lamentó no haber siquiera mencionado esto a Logregard, que podría haberle dado alguna respuesta.
Amalrod y sus hombres terminaron con el trabajo de limpiar el campo varios días después que Logregard y los suyos, que se fueron esa misma jornada, y tras sepultar a los muertos y practicar sus correspondientes ritos fúnebres, por mucho tiempo en adelante lamentaron a sus hermanos caídos y lloraron sobre sus tumbas y túmulos.
Los hombres volvieron a la ciudad, golpeados y dolidos tanto en el aspecto físico como en el mental, las casas de curación quedaron llenas por muchos días y la gente volvió a salir de sus hogares después de tantas privaciones y encierros. La calma pareció reinar una vez más para los Nagnárdos, aunque la posibilidad de una nueva amenaza preocupó a muchos, pues no se fiaban de las palabras de Logregard y el curioso asunto con los Ekermas seguía en suspenso. Promesas de violencia y oscuridad fueron hechas en el sitio de Sarlos, y probablemente habría alguien para llevarlas a cabo en el futuro.
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