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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «LA MUCAMA»

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«LA MUCAMA»

GUILLERMO SOUBELET
(La Leyenda Continúa)


Sigues pasando el plumero sin volverte, consciente de que la anciana te observa, siguiendo atentamente cada uno de tus movimientos. El silencio en aquél oscuro departamento es opresivo, y el tic tac del reloj de pared te crispa los nervios.
__ ¿Quiere que le prepare una taza de café, señora?
Pero no se produce la respuesta esperada. Y con toda seguridad no es la primera taza de café, té o una vaso de agua que le ofreces durante esa mañana. Ahora plumeréas el piano, siempre consciente de la mirada de la vieja clavada en tu espalda. El silencio de la mujer te ataca los nervios. No sabes si preguntar acerca del piano o seguir tanteando hasta dar con algún tema puente entre ambas. Eso de intimar rápido tiene su secreto. Los vendedores __ y los grandes seductores __ saben bien eso. Es cuestión de esforzarse. De tantear. De ir sondando hasta dar con un tema, un gesto, un comentario que encaje en los gustos personales o la psicología del otro. Entonces ya está. Inmediatamente se produce ese momento mágico en el cual dos personas que un minuto atrás ni se conocían comienzan a conversar animadamente.
__ Alejandra siempre me contaba cuanto disfrutaba usted escuchándola ensayar al piano… __ intentas.
La anciana tiene una pierna estropeada y necesita uno de esos bastones ortopédicos de tres pies para desplazarse. De manera que casi no se levanta del sillón junto a la ventana del living desde donde te observa en silencio. En el transcurso de la mañana solo se levantó una vez, con horripilante esfuerzo, para ir al baño.
__ No debe avergonzarte hacer este tipo de trabajo __ escuchas la voz de la mujer a tus espaldas __ Es un trabajo y punto. Además, ni yo (ni mucho menos Alejandrita) incluíamos en nuestro lenguaje la palabra mucama. Esa palabra es horrorosamente despectiva. Como esos que las llaman «la criada». ¿Sabes de dónde proviene ese término?
__ No, señora.
__ De la época en que «los señores» criaban a las hijas de las mucamas de la casa. Que terminaban, claro, siendo mucamas de la casa. De ahí el término «la criada». Claro que en tu caso es distinto. Tienes una educación. Colegio secundario y buenos modales. Además eres bella. Con toda seguridad aspirabas a más. Pero los tiempos cambiaron, querida. Por supuesto que es imposible imaginarse a Alejandrita realizando esas tareas (y no te ofendas); pero es que ella era especial. Un ser único. Bueno, tú la conociste. Era… luminosa. Una artista. Mi hija también lo era en cierta medida. Al menos lo era más que yo, eso sin ninguna duda. Pero eran distintas. Mi hija era producto del esfuerzo. Estaba obstinada en ser una gran pianista. Y a lo máximo que llegó fue a ejecutar las partituras a la perfección. Sin errores. Alejandrita, en cambio, era una verdadera artista. Estaba más allá de los errores. De la misma manera que Van Gogh estaba más allá de los errores y no existe conocedor que cuestione su genialidad. Pareciera que nuestra sangre se hubiera ido puliendo generación tras generación… __ la anciana se queda en silencio. Lejana. Con una mirada evocadora. Seguramente deleitándose con la imagen de su nieta __ Quizá Alejandrita debió morir porque llegó a un grado de perfección que ya no era posible mejorar nuestra sangre cuando le llegara la hora de tener sus propios hijos. ¿Quién puede saberlo? Y sí, es bien cierto lo que decías, hijita: yo me pasaba las horas deleitándome cuando ella ensayaba al piano. Sus manos… sus manos cobraban vida sobre el teclado. Era como si ella no hubiera sido concebida como todos nosotros. Solo para su arte. Las cosas normales no le interesaban en absoluto. No era como el resto de las chicas. No miraba televisión. No le impresionaba vestir a la moda. No le interesaban los muchachos. Bueno, sí, tuvo ese novio. Bah, novio: un chico con quien salía de vez en cuando. Aunque por lo general era él quien nos visitaba y pasaba la tarde aquí. Mario se llamaba. Educadito. Serio. Me gustaba. Pero yo me daba cuenta que para ella él no era importante. Quiero decir que la presencia de un hombre no era algo significativo en su escala de valores. A veces creo… a veces creo que se puso de noviecita con ese chico tan amable solo para darnos el gusto a la madre y a mí (que le insistíamos que debía hacer una vida mas normal para una chica de su edad). Salir un poco, divertirse… Pero es que ella era demasiado etérea. ¿Sabes lo que significa etérea?
__ Sí, señora.
__ Demasiado etérea. Sí. Como un hada. Y una no puede imaginarse a un hada preocupada por cosas como el sexo o la moda o ir al cine con las amigas. Y no porque esas cosas sean malas. Sencillamente a las hadas esas cosas les son indiferentes. Bueno, así era ella.

Ahora te dedicas a lustrar unos adornos de bronce y quedas de frente a la anciana, quien te observa con detenimiento indisimulado y se sorprende pensando en tu belleza. No es que seas una muchacha despampanante ni mucho menos __ piensa la anciana __ pero tienes un lindo porte. Hasta cierto estilo. Y unos hermosos ojos. Al principio no lo había notado. Pero es que ahora te da el sol de frente y es distinto. Hasta tiene un impulso __ que contiene __ de pedirte que te quedes en esa posición durante un momento, inmóvil. Como hacía su nieta. Con la misma manera de inclinar el cuerpo, la misma manera de quedarse callada escuchándola, sin realizar el menor gesto. La mujer está visiblemente conmovida, pero se recompone.
__ Alejandrita siempre me decía: «Abuela, debes contratar a alguien que te cuide, que te ayude. Ni mamá ni yo seremos eternas» ¿Ves lo que quiero decirte? Una muchachita capaz de esas cosas. De esos comentarios. Comentarios que finalmente resultaron un vaticinio. ¿Sabes lo que significa la palabra vaticinio?
__ Sí, señora. Una predicción.
__ Cierto que tú también tienes educación. ¿Se llevaban bien ustedes dos?
__ Sí, señora. No éramos íntimas amigas, pero nos llevábamos bien __ respondes, mientras piensas en aquello de que eso de intimar rápido tiene su secreto. Que es cuestión de esforzarse. De tantear. De ir sondando hasta dar con un tema, un gesto, un comentario que encaje en los gustos personales o la psicología del otro. Entonces ya está. Se ha construido en un plop y mágicamente el puente por el cual se desarrollará el resto. El resto… Decir en qué consiste el resto no es difícil. Decirlo no será difícil, pero llevarlo a cabo ya es otra cosa, te dices, nerviosa, mirando el reloj de pared y sabiendo que se te acaba el tiempo. El resto, lo que viene a continuación, ha sido cuidadosamente planeado. «El dormitorio de la vieja queda al fondo del pasillo. La segunda puerta del lado derecho de la pared. Primero está la cocina y después el dormitorio. En la pared que enfrenta la ventana habrá un mueble antiguo __ todo en ese departamento lo es __. En la parte del medio y la de abajo es biblioteca. Pero arriba hay tres puertas. En la del medio está colocada la llave. Esa llave es la misma que abre la cerradura de una caja de madera con dinero y joyas que hay dentro»

Desde donde estás parada, ves perfectamente la puerta abierta del dormitorio de la mujer. Durante toda la mañana le has ofrecido café, té y cualquier otra cosa que justifique abandonar el living y, simulando ir a la cocina, dirigirte hacia el dormitorio. Pero la vieja nunca quiso nada. Primero ese silencio exasperante y ahora esa catarata de palabras sobre la nieta. Si sigue hablando de la chica no tendrás posibilidades de abandonar el living y todo habrá sido en vano. Observas que el dormitorio no es visible desde el sillón de la anciana. Eso facilita todo. Para descubrirte, la mujer debería pararse y caminar hasta la posición que ocupas tú en este momento. Cosa improbable, pues has visto el trabajo que le cuesta levantarse (la única vez que abandonó el living para ir al baño no la ayudaste a levantarse sólo para confirmar su grado de incapacidad). Ahora sabes que su edad y estado de salud le impiden desplazarse con la rapidez necesaria. Además no es probable que lo haga. Está demasiado confiada. Demasiado ensimismada en sus ensoñaciones de su hija y su nieta perfecta muertas en el accidente del viaje de fin de curso de la chica. Aún así…
En ese momento suena el teléfono. Es Mario.
El teléfono se halla en la mesita junto al sillón de la vieja. El timbre ha sonado solo dos veces.
__ Hola.
Pero nadie responde. Por el gesto de la mujer comprendes que no le responden. Ella insiste:
__ ¿Quién es? __ a todos nos gusta que un amigo nos llame por teléfono. Y la anciana está tan sola que no quiere resignarse a la frustración de que el llamado no fuera para ella.
__ ¡Hola!
Pero no le responderán, es Mario. Si le respondieran no sería él. Pero es él, tal cual lo planeado. No necesitas consultar tu reloj para saber que son las dos y media de la tarde. Aún así, en un acto reflejo, consultas el viejo reloj de pared y compruebas una diferencia de tres minutos. El reloj de la vieja atrasa. Es eso. Mario es infalible.
La anciana cuelga el auricular. No sabe que Mario acaba de inutilizarle la línea dejando descolgado el auricular de su propio teléfono. Anulando así todo intento de llamar a la policía. Mario sabe que la anciana no usa teléfonos celulares. «¿Ves qué sencillo resultó?», te dirá, riendo con su absoluta seguridad en sí mismo, rato más tarde, al comprobar que todo fue un éxito y será como un festejo y a la vez una pequeña recriminación por tus dudas, por tus temores.
__ Pero, Mario, es muy raro todo esto __ le dijiste __ Me parece sospechoso que siendo tan fácil otros no lo hayan hecho antes.
__ ¿Y yo qué culpa tengo si la gente no tiene imaginación? Yo vivo de mi imaginación. Además yo tuve la oportunidad de deambular muchas veces en ese departamento y los demás no. Tú no debes pensar ni preocuparte. Eso déjamelo a mí. Te repito: «La hija y la nieta de la vieja acaban de morir en un accidente en la ruta cuando viajaban para el viaje de fin de curso de la chica. La anciana está destruida porque la nieta era como su propia vida. Lo único que tienes que hacer es presentarte y decirle que eras compañera de colegio de Alejandra. Que la providencia quiso que te salvaras al quedar fuera de las chicas que viajaban porque no tenías dinero para pagar el viaje. Que estas viviendo una situación económica desesperada. Que estás incluso dispuesta a trabajar como mucama por horas. Que esa circunstancia apenó a Alejandra y que te aseguró que ni bien regresara del viaje hablaría con su abuela para que te contrate hasta que consigas algo mejor, algo más acorde a tu educación. Te contratará, yo sé lo que te digo. Sólo muéstrate educada, silenciosa y juiciosa. La vieja está toda la tarde sentada en su sillón de la sala de estar. Hay una puerta que da a un pasillo que conduce a la cocina, al baño y, al fondo, a los tres dormitorios. La puerta de la derecha al fondo es la del dormitorio de la vieja. Tienes que ganarte su confianza. Es fácil. Está sola. Necesita compañía. La cuestión es que no sospeche. Yo llamaré a las dos y media de la tarde y no colgaré mi teléfono. De manera que el de la vieja quedará incomunicado. Lo más probable es que te ordene que bajes al teléfono público de la esquina para llamar al servicio de reparaciones. Yo, luego del llamado me dirigiré a la plaza. Después de la llamada tienes dos horas para actuar»
Mario se había puesto repentinamente muy serio:
«No lo eches a perder. Todo depende de que logres la confianza de la vieja. Recuerda: debes ser muy agradable. Agradable, dije. No simpática ni risueña. Agradable, seria, educadita y con buenos modales. No uses minifaldas ni nada llamativo. Te espero a las cuatro y media exactas en la plaza. Sé puntual. Yo llamaré exactamente dos y media»

Las dos y media son las dos y veintisiete en el reloj de pared de la anciana; quien a esa hora cuelga el teléfono y, sin darle importancia alguna al llamado erróneo, continúa, diciendo:
__ Así era ella…
__ Lo sé.
__ ¿Lo sabes? Creo que nadie que no sea yo la ha conocido de verdad. Ni su propia madre, mi hija.
__ ¿No le gustaría que le preparara un café o un té, señora?
__ Abre un poco más las cortinas. ¡Así! No, un poquito menos. Ahora sí. ¿Sabes? Es curioso. Vista así, desde este ángulo y con esta luz, tienes algo de ella. La postura de los hombros, la mirada… no sé, algo. No tienes su serenidad. Hay algo en ti, algo como de desesperación, un nerviosismo que no alcanzo a comprender, que ella no tenía. Pero sin duda te le pareces. Me quedaría mirándote la tarde entera.
Perturbada, bajas los ojos.
__ Ahora sí me gustaría que me trajeras una taza de café, querida.
Perfecto. La cocina no es visible desde el comedor. Al final del pasillo ves la puerta de la habitación de la anciana. Apuras el paso y te diriges al dormitorio. Agradeces que el piso esté alfombrado para que la mujer no pueda escuchar tus pisadas. Exactamente como te dijo Mario en la pared que no da el sol (la de la ventana) hay algunos cuadros al óleo, y en la pared opuesta te encuentras con un enorme mueble antiguo, casi todo biblioteca. Arriba están las tres puertas. En la del medio está colocada la llave. Tragas saliva. Sacas la llave (es una llavecita de bronce con el cuerpo con forma de mariposa). Tienes las manos transpiradas por los nervios y la llave se te cae. Te sobresaltas y miras hacia atrás. Nada. Levantas la llave, abres y ahí, al alcance de tu mano está la caja de madera oscura (una especie de cofrecito de madera). El joyero, labrado por algún ebanista notable, representa un paisaje de palmeras bajo la luz de la luna. Colocas la llave en la cerradura de la caja, abres y el paisaje tropical desaparece siendo reemplazado por un espejo que cubre la parte interna de la tapa y en cuyo reflejo tu propio rostro te sobresalta. Los ojos que ves reflejados en el espejo siguen siendo hermosos. Pero ahora su mirada es salvaje. La mirada de un animal acorralado que se sabe a punto de ser atrapado. En la caja está el dinero. Mucho. El corazón te salta del pecho en una taquicardia que no puedes controlar. Un grueso fajo de billetes doblado en dos que te recuerda a los paquetes de tapas de empanadas. En un pequeño cajoncito encuentras collares y joyas y anillos. Reconoces los diamantes de inmediato. No sabes qué piedras son las otras, pero estás segura de que son auténticas y valiosas. Apresuradamente colocas todo en una bolsita y la escondes dentro de tu corpiño, apretado contra tu seno izquierdo. Cierras el cajoncito, la cajita. Acto seguido cierras la puerta de la biblioteca. Sin perder un segundo escondes la llave entre los flecos de la alfombra («Una vez desvalijada la caja debes ocultar la llave por ahí. Si a la vieja se le ocurriera constatar que todo está en orden perderá unos minutos en encontrar la llave. Es el tiempo que necesitas para salir rápidamente de ahí con el botín. Yo te estaré esperando en la plaza. Tienes dos horas para hacerlo. Es facilísimo. Dos horas para realizar un trabajo de dos minutos. Es decir que tienes una hora y cincuenta y ocho minutos para preparar el terreno y dos minutos para vaciar la caja. No puedes quejarte»

Un minuto más tarde, mientras la anciana bebe su café, pasas el plumero a los cuadros con más rapidez que antes. Con movimientos ansiosos, nerviosos. Estás a punto de tener un ataque de nervios. Tienes que hacer un esfuerzo sobrehumano para no huir corriendo y gritando de ese lugar. La anciana te observa en silencio:
__ ¿Ves lo que te decía? Hay algo nervioso en ti que no acabo de comprender. Estás como temblando. ¿Te sientes bien? ¿Quieres tomar un té? ¿Estabas nerviosa porque no tenías trabajo? Pues ya lo tienes. Ahora debes relajarte. Además, con tu aspecto y educación seguramente no tardarás en conseguir algo mejor. Ven. Deja ese plumero y siéntate a mi lado.
Obedeces. Te sientas a su lado. Estás tan perturbada que estás a punto de gritar.
__ ¿Sabes? Mi enfermedad ya no es la pierna. Ahora mi enfermedad es la soledad. Y estoy agradecida de tener con quien conversar. ¿Te he aburrido con tanta charla? Alejandrita siempre me decía que la volvía loca con tanta charla. Dime: ¿te han amado alguna vez con locura?
__ No lo sé.
__ ¡Ay, hija mía! Entonces nunca comprenderás lo que yo sentía por mi querida nieta. Hagamos así, olvídate de la imagen que tienes de ella. Bórrate de la memoria lo que crees saber de ella. No sabes nada. Ahora cierra los ojos e… imagínate a un ser excepcional __ lo que no es nada fácil __ y una vez que tengas bien firme esa imagen comenzaré a hablarte de lo maravillosa que era Alejandrita __ la anciana se queda callada, recordando imágenes del pasado. De pronto rompe el silencio con una voz casi inaudible:
__ Todos te dirán que era muy bella __ sobre todo si estoy yo presente, porque me quieren y porque es gente buena __ Ya sé que tú me dirás que lo era. Pero no. No era bella, al menos en el sentido convencional. Todos la adoraban __ quizá sin darse cuenta __ por otra cosa. La adoraban y la veían bella por su delicadeza y su extrema fragilidad. Su belleza estaba dada en que al verla uno presentía que su paso por la vida sería efímero. Como ocurre con las rosas o las mariposas. Y ella también lo sabía. Sí que lo sabía. Lo sabía mejor que nadie. Y en cierta forma ese era el secreto de su atractivo, del misterio que la envolvía.
La mujer deposita suavemente la taza sobre la mesita. Apenas si ha bebido, pero, por su expresión, se descubre que ya no le interesa el café. La anciana comienza a relatar, con los ojos empañados por la emoción, dulces historias de la maravillosa infancia de si nieta. Habla de un mundo mágico, donde una niña maravillosa, mitad sueño mitad fantasía gira en una danza de tules y sedas y grandes conciertos de piano. Es conmovedora la manera en que la anciana se aferra a esa imagen fantasiosa creada por ella para soportar la pérdida de su ser tan querido. Te conmueve ese sentimiento tan profundo y te preguntas __ sin demasiadas esperanzas __ si alguna vez alguien te amará a ti con esa devoción.
__ Y, como te dije, ella presentía que su paso por la vida sería breve. Una prueba de ello es que cuando murió, a pesar de su corta edad, encontramos un testamento que había redactado indicando con precisión a quién le dejaría cada una de sus pocas pertenencias. Las poquitas cosas que puede tener una niña… Concordemos que ningún adolescente escribiría un testamento de manera tan seria y detallada a menos que supiera que sus días están contados. Y eso hizo: hizo desaparecer de esta casa la totalidad de sus cosas. Hasta la tontería más insignificante. Su dormitorio está absolutamente vacío. Los placares, cajones y estantes… todo absolutamente vacío. Desde sus medias hasta sus lápices. Desde su ropa a sus libros. Sus cosméticos, sus cosas de la niñez, sus… Absolutamente todo. Dio detalles de a quién regalar incluso su cama, su mesita de luz… Todo. Absolutamente todo. Es como si ella no hubiera existido jamás. Sólo dejó dos cosas en esta casa. Es decir, sólo dejó una cosa sin regalar. A mí me dejó el piano. Y a medida que fui cumpliendo sus deseos póstumos me percaté de que solo había una cosa sobre la cual no dispuso nada. Un collar color rojo que le regalé en unas vacaciones y que era (a pesar de ser un collar relativamente barato) sin lugar a dudas su posesión más personal, la que más identificación alcanzó con ella. No puedo imaginar un solo día sin que luciera su collar colorado. Y ese collar que ella tanto amaba, precisamente, es lo único que quedó de ella…
Como te quedas callada, la anciana te pregunta.
__ ¿Te he aburrido, hijita? ¿Te has quedado dormida?
__ No, señora.
__ ¿Te sientes mejor? ¿Ya no tiemblas?
__ Estoy mejor, señora. Gracias.
La mujer te mira largamente y de pronto dice:
__ Quiero que te pongas ahora mismo su collar colorado.
Lo dice en un tono concluyente, como quien, luego de mucho cavilar, adopta una decisión trascendental.
__ ¡No! __ te exaltas __ ¡No, Señora! Yo no podría…
__ Querida, yo no puedo levantarme. Quiero que vayas a mi dormitorio. Es la segunda puerta a la derecha por ese pasillo. La puerta siguiente a la cocina. Hay un mueble grande. En la parte superior hay tres puertas. Abre la del medio. Encontrarás una cajita de madera trabajada. No hay confusión posible. Es la única que hay La cajita está llena de collares míos __ la mujer baja la voz __. (y también dinero). Pero tiene un doble fondo secreto. Si miras bien te darás cuenta. Oculto en el doble fondo está guardado el collar colorado. La llave de la puerta del medio es la misma que se usa para la cerradura del cofrecito. Por favor, tráeme el collar.
__ Señora…
__ Hazlo.

Ahora son las cuatro y media (las cuatro y veintisiete en el reloj de pared de la anciana) y Mario, sentado en un banco de piedra de la plaza, aplasta nerviosamente con la suela su cigarrillo contra el piso. Consulta de nuevo su reloj. Exactamente las cuatro y media. Se oyen las campanas de la iglesia dando las y media. Pasan los minutos. Ahora son las cuatro y cuarenta. Nervioso, mira hacia la dirección convenida y te ve llegar, con paso lento. Enciende otro cigarrillo. Se levanta:
__ Es mejor que caminemos. Hace demasiado que estoy sentado en este banco. Debería haber traído un libro para disimular.
Te observa, con tu cola de caballo en el cabello y la pollera a media pierna y sonríe con aprobación. Tú caminas a su lado, sin hablar.
__ ¿Porqué te retrazaste? ¿Algún inconveniente?
__ La señora me hablaba y no pude salir a horario.
__ ¿La vieja sospechó algo?
__ No.
__ ¿La caja de madera estaba donde te dije?
__ Sí.
__ ¿Algún contratiempo? __ te alzas de hombros. Mario permanece en silencio mientras pasan junto a dos policías apostados en la puerta de un banco.
__ ¿Entonces?
__ Nada.
__ ¿Cómo nada? ¿No estuvo todo de acuerdo a mi plan? ¡La vieja en el sillón, la caja con sus ahorros en el su dormitorio… !
__ Todo exacto. Todo perfecto. Todo brillante.
__ ¡¡¿Y entonces?!!
__ En la caja no había nada.
Mario se queda estupefacto por unos segundos, como un hombre a punto de ser arrollado por un auto. Inmediatamente reacciona, te agarra de la muñeca y aprieta con brutalidad hasta hacerte daño. Su rostro tiene una expresión llena de furia que te asusta y que te confirma que has hecho lo correcto. Los ojos se te llenan de lágrimas por el terrible dolor que te provoca la poderosa mano de ese hombre que te mira con odio.
__ ¡No trates de engañarme! ¡La caja con los ahorros estaba en ese mueble de su habitación! ¡La vi mil veces! ¡Mi plan era perfecto! Estuve meses planeán…
__ Sí. Perfecto. Pero la cajita esta vacía. O la mujer utilizó el dinero para algo, o lo escondió en otro lado… o alguien se te adelantó. Otros también pueden tener imaginación.
Te suelta el brazo y se queda pensativo.
__ Descríbeme exactamente cómo era el mueble y cómo la caja.
__ Una especie de biblioteca muy antigua. De madera oscura. Llena de libros viejos y adornitos. En la puerta de arriba, tal cual me has asegurado, estaba la llave.
__ ¿Cómo es exactamente la llave?
__ De bronce. Chiquita. Con forma de mariposa.
__ Continúa.
__ Saqué la llave, abrí la puerta y ahí estaba la caja. Como has dicho, la llave de la puerta es la misma que la de la cerradura de la caja.
__ ¿Cómo era exactamente la caja?
__ Es una especie de cofrecito de madera. Lindo. Elegante. En la parte exterior tiene tallado un paisaje. Con palmeras y una luna. En la parte de adentro tiene un espejo. Cuando la abres parece que alguien te estuviera mirando.
Mario vacila:
__ ¿Estás segura que estaba vacía?
__ Claro, no soy estúpida.
Mario te observa, desconfiado.
__ ¿Cómo es posible? Sé que guardaban ahí todas las cosas de valor.
__ ¿Y yo cómo puedo saberlo? Ya te dije: las habrán cambiado de lugar. O las vendieron o qué sé yo. Yo solo fui quien, confiando en tu plan, puso en juego su libertad arriesgándome a ser arrestada si la mujer llamaba a la policía. Yo no tenía que pensar, recuerdas? «Tú no debes pensar ni preocuparte. Eso déjamelo a mí», me dijiste! ¡Y todo por una caja vacía!
__ Ven __ te dice con la voz endurecida aferrándote con fuerza del brazo__.
__ ¿Adónde vamos?
__ Al auto.
Te aterrorizas.
__ ¿Adonde me llevas?
__ Sólo al auto.
Llegan al autito de Mario. Un coche viejo y bastante venido a menos. Mario abre la puerta del lado del acompañante y te ordena:
__ Entra.
__ ¿Adonde vamos?
__ Entra.
Entras al auto. Mario da la vuelta y entra también. Los fuelles del asiento rechinan bajo su peso. Arranca y, luego de dar unas vueltas, se estaciona junto a un terreno baldío. No hay testigos.
__ Sácate toda la ropa.
__ ¡¿Qué me vas a hacer?! Yo no hice nada malo. ¡La caja estaba vacía!
__ ¡Sácate toda la ropa! Quiero asegurarme que no tienes escondido el botín en el cuerpo.
Te desvistes y le vas pasando tu ropa, que revisa minuciosamente.
__ La bombacha y el corpiño también.
__ Pero…
Te quitas el corpiño y la bombacha. Nada. Estás completamente desnuda, a excepción del collar colorado.
__ ¡Ese es el collar de Alejandra! __ te grita Mario.
__ La señora me lo regaló.
__ ¡La vieja jamás te hubiera regalado ese collar! ¡Ese collar ordinario era el preferido de su nieta!
__ Sin embargo me lo regaló.
Mario extiende velozmente su mano y de un tirón violento te lo arranca del cuello.
__ ¡Devuélvemelo! ¡Es mío! ¡Ella me lo obsequió!
__ Sí, y yo soy el Papa. Vístete y bájate del auto __ te ordena mientras se guarda tu collar en el bolsillo de la camisa.
__ Quiero mi collar…
__ ¡Vístete y bájate del auto!

Obedeces. Cuando bajas de auto Mario arranca a gran velocidad y sabes que no volverás a verlo. Piensas que has hecho bien. Él no se merece ni las joyas ni los ahorros de la anciana. Ahora te sientes bien contigo misma. Sonríes. Te sientes feliz por primera vez en mucho tiempo. Entonces vuelves sobre tus pasos hasta el bar de la planta baja del edificio de la anciana y recoges la bolsa con las joyas y el dinero que has escondido en el baño antes de ir a la plaza. A ti tampoco volverán a verte.

Texto agregado el 08-01-2008, y leído por 52 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2008-02-03 18:38:22 No hay comentarios. Bastan las cinco estrellas. aprendi zdecuentero
2008-01-09 01:46:41 ***** para vos gui!!! aunque me dio tristeza, ya sabes que espero algun final feliz! jajaj. realmente exelente. Cada frase del texto me encantó, cada dia aumenta mi admiracion hacia vos, en todos los aspectos! un beso MAGAROSA
2008-01-09 01:42:25 no coincido con el comentario anterior..pero bueno, para mi esta PERFECTO.CINCO ESTRELLAS diamela1973
2008-01-08 13:36:39 Muy bueno. La variación de los climas está bien llevada, al igual que el discurso de los personajes. Me ha parecido que hay información excesiva. Creo que estaría bueno dejar algunos huecos para trabajo del lector. Felicitaciones. miriamdiaz
 
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