Aprendiendo a caminar, encontré que era excitante la idea de no hablarte, las miradas cruzaban nuestros cuerpos;
ya sabíamos que la cama era el final del juego.
Nunca pensé jugar este monopolio de la vida, pero seduce la constante incertidumbre de volverte a besar en algún sillón desocupado de algún lugar sin espectadores.
|