Sonaba y sonaba el teléfono celular. Ya conocen la insistencia molesta de esos aparatos. Y más cuando no desea uno contestarlos. Respondemos con tal de que dejen de torturarnos.
Tenía yo la cabeza en otros derroteros; lejos de los problemas cotidianos que llenan nuestras vidas. Además ya era tarde. ¿Quién podría ser a estas horas? Por si fuera poco, me distraía de la observación detenida que hacia de las chicas que por la pasarela lucían sus curvilíneos cuerpos. Mi única y sana distracción me la fastidiaban.
El numero era el de la casa. ¿No les digo? ¿Ahora que chingaos querían? ¡No sé ni para que me casé! Les hubiera hecho caso a mis amigos. Bueno, no en eso de no casarme, si no en lo de apagar el maldito celular.
Contesté, preparado para una nueva sorpresa; aunque no como la que me esperaba.
-¿Bueno?
-Yo soy, papi…-era la voz de mi niña, que se medio escuchaba por el ruido del antro, llorosa.
-¿Qué pasa, nena?
-¡Tuve una pesadilla muy fea!
-No te preocupes, solo es eso, no pasa nada, duerme, anda- le dije con tal de apresurarla.
-Es que no quiero volver a soñarla
-¿Pues que soñaste?
-¡Que te cortaban la cabeza!
Y en ese instante la cabeza se desprendió de mi cuerpo y rodó, con los ojos azorados y la boca abierta del asombro, por entre los tacones de las chicas, las colillas de los cigarrillos desperdigadas por el suelo y los zapatos de mis compañeros de farra.
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