Escribir es un ejercicio de negación.
Se niega el caos al vaciarlo ordenadamente
en cada línea pergeñada.
El que escribe se sabe dios cuando ejerce la palabra,
aún a pesar de su ateismo,
sus juramentos de fidelidad a un solo dios, -individual, tripartita, o múltiple-
o su excesiva, bochornosa humildad.
Escribir es la práctica de la infidelidad:
es amarse a uno en un rostro ajeno,
en un distorsionado espejo.
Como un gato tirar zarpazos a la luna reflejada en los estanques
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