«ETIQUETA PARA IR AL TEATRO COLÓN»
GUILLERMO SOUBELET
Encima los zapatos que me rompían los pies. Que te digo que si era por mí, me iba con las pantuflas de corderito que me compré en el “Todo por $2” de los coreanos de la vuelta de casa, me iba. Esas que uso en casa para ver la novela. ¿Si total, qué? ¿Quién se va a avivar, decime un poco? Y si se avivaban, quedate tranquila que no me iban a quitar el sueño. Pero como también iba la otra estúpida de la Trini, que ya viste como que es... Por algo en la cuadra le dicen Dragón, porque cada vez que abre la boca incendia a alguien. Así que por culpa de esa yegua me tuve que poner los zapatos de salir, que no usaba desde la comunión de la gorda inmunda de la sobrina del Mauricio Gastón y que aprietan que es un contento. No, si el Mauricio Gastón (que la tiene atravesada acá) tiene razón cuando dice que a la Trini le dicen Sietemesina: ¡Porqué no se habrá quedado unos meses más en la concha de su madre! Que, además, te digo que yo no quería ir. ¿Para qué, decime un poco? ¡¿Para qué?! ¿Para aburrirme con esos violincitos? Pero como el patrón del Mauricio Gastón, el Gómez ése, nos regaló las entradas (¡Y después te interroga, el muy guacho!) nos tuvimos que apechugar. Y yo no le dije nada para no preocuparlo; pero te digo que ese hombre lo debe odiar al Mauricio Gastón, porque sino no se entiende. Además de que tampoco quería pasar por estúpida, porque es como dice el Mauricio Gastón que salvo los rayos todo lo que venga de arriba ya se sabe; y que si una no aprovecha lo que viene gratarola a la final es como esos que solamente serían felices si las gallinas tuvieran tetas. Y, mal que me pese (porque todo hay que decirlo) hay que reconocer que es bien cierto eso que dicen que la cultura une a la gente. No te rías. Ya vas a ver.
Claro, yo, como el Mauricio Gastón pondrá voluntad, eso sí (pero me es medio bestia y le falta el roce) cuando se fue a dormir la siesta (para después no dormirse en el teatro) por las dudas y para no quedar como una caída del catre, me crucé enfrente, del Cacho - el coiffeur ese que siempre se disfraza de mujer para el corso de la Avenida de Mayo, y que le dicen lombriz (porque ni él mismo sabe si es macho o hembra) – y que siempre va de los museos, y de los conciertos y a toda la mierda esa; y le pedí que me contara como es la cosa ésta de los teatros de la cultura, con violines, pianos, hombres con moñitos y toda la milonga. Y ahí me quise morir, me quise. Ah, no sabés. El fulano la entró a hacer lunga con que esos eventos no son para cualquier gente (“Eventos” dijo, ¿podés creer?). Y que esto no se puede, y que lo otro tampoco, y que patatín y que patatán y a la final por poco le reviento esos granos inmundos de la cara de un sopapo, que creí que me estaba tomando para el churrete, el infeliz. ¡Conchitumadre, hay que ser propiamente facultativo para ir a ese teatro de tilingos pitucos! Para empezar, nada de las pantuflas (con el calor que hace) como ya te dije. Tampoco se puede traer la valijita del mate, como cuando vamos del camping del Automóvil Club de Villa la Ñata (y debe ser bien cierto porque con eso insistió mucho). Además parece ser que hay que ser bien pero bien puntuales de la hora. Un suponer: si el programa empieza a las 21 hay que estar sentada a las 21 propiamente. Porque 21 en punto vienen unos tilingos que te cierran las puertas y a otra cosa mariposa y ya no te permiten entrar hasta el intervalo los muy inmundos, que decime un poco qué les cuesta. Claro, después entendí que vendrían a ser como carceleros, y que cierran bien cerradito para que no se escape el público. Igual el Cacho me dijo que, para que la gilada no se quede boludeando por ahí, avisan con un timbre. La cosa es que tanto jodió el Cacho con lo de no llegar tarde, tanto insistió, que a la final llegamos una hora antes y nos tuvimos que ir a hacer tiempo por ahí (¡Con lo que me apretaban la juanetería esos zapatos, estaba yo para ir a hacer tiempo caminando!). Aunque a la final estuvo lindo porque nos comimos unos cachos de pizza ahí, en los jardines de la 9 de julio. Y de paso, y como estábamos con la ropa de salir, nos sacamos unas fotos contra el obelisco, que ahora está adentro de una jaula, ¿podés creer? Encima el guarango del Mauricio Gastón que hacía un círculo uniendo las yemas del índice y el dedo gordo de la mano izquierda y con el índice de la otra lo metía apuntando para arriba y gritaba: «¡Mirá, gorda. ¿Te gusta el obelisco en la jaulita?» y todo el mundo lo miraba. ¡Y como para que no lo mirara! Resulta que, después de mucho discutir, el Mauricio Gastón se compró un traje, sí. ¡Pero qué traje! Encima llegó a casa contento como un chico. Va y me dice: «Vieja, mirá qué genio. En lugar del negocio careta que vos decías, me fui al Once y compré un traje entero por la misma guita que en donde vos decías me compraba solamente el lompa!» Yo estaba en la cocina pelando unas papas y cuando lo oí me clavé el pelapapas hasta el hueso. No te puedo explicar lo que era el traje ese. Cuando se lo puso, se me cruzaron los ojos y la pieza me daba vueltas. ¡Saco a cuadros, pantalón a cuadros, camisa a cuadros y una corbata con Homero Simpson en zoncillonca! ¡Encima remató todo comprándose un par de zapatos haciendo juego con el cinturón, ambos con unas hebillas así de grandes de los Chicago Bulls! ¡Así que como para que no me lo miraran!
¡Aunque te cuento que con la mierda que resultó después la atuación yo hubiera preferido llegar tarde para que no nos dejaran entrar hasta el intervalo y esperar comiendo otras porciones de fugazeta! Además, atenti, que «Intervalo» no es una revista, como yo creía. Viene a ser como un recreo. Un descanso, como si dijéramos. Cosa que cuando ya tenés las bolas llenas de los violincitos, te dejan salir un rato para que descanses, te echés un cloro, tomes aire, hagas de tripas corazón y vuelvas a entrar. Otra cosa que me insistió el Cacho para parecer que uno es de familia finolis (y porque lo conoce al Mauricio Gastón) fue que el Mauricio no haga el espetáculo y se aparezca en el teatro con la camiseta y la gorrita de ñul. Y eso sí que me costó un Perú porque el Mauricio Gastón es un anarquista y se brota y se me pone loco de la cabeza si lo andan mandoneando. Aunque te aseguro que, muy fifís, muy fifís, pero si vamos a hablar de dar el espetáculo, muchas de las mujeres que vi ahí llevaban unos escotes, pero unos escotes, con toda la inmundicia afuera. Y no eran ningunas nenas, te advierto. Bueno, la cosa es que tanto nos jodió el Cacho con que no llegáramos tarde que a la final, como no se hacía nunca la hora, ahí en la plaza que está mismamente frente a los Tribunales nos compramos unos de esos cosos que parecen un cacho de algodón lleno de azúcar que son para comer y que te lo dan en un palito, y nos fuimos para el teatro (que se entra por Libertad - fijate vos - y no por Cerrito, como yo creía; así que nos tuvimos que dar toda la vuelta al gas. Pero el Mauricio Gastón me lo echó en cara solamente quinientas veces). Y entonces él, que es mandado a hacer para estas cosas, entró cantando a los gritos: «¡Colón, Colón, qué grande sos!», pero se ve que ninguno de los culifrunci de la entrada le entendió el chiste, porque lo miraban como si les hubiera robado algo o si se le hubiese escapado algo impropio para la ocasión tan fina. Y claro, la víbora esa de la Trini, que justo llegaba (¿Vos te creés que saludó?) enseguida hizo así con la cabeza, como diciendo que no. Como diciendo Dios mío, llegaron los grasas. ¡Justo ella! ¡Que estaba haciendo el espectáculo propiamente, yéndose como se fue, amatambrada en un vestido de la mocosa de la hija (una atorranta que después te cuento) y esa horrorosa peluca roja de rulos que parece hecha de hilo sisal! Oíme: se había pintado tanto la cara esa que tiene, se había puesto tanto rojo en esos labios de hígado que usa, que el Mauricio Gastón no se aguantó y le gritó: «¡¿Pero porqué no hacés que empujas un vidrio o que caminás contra el viento?!» Y la verdad es que estuvo, porque la inmunda aquella, entre la peluca y todo ese maquillaje parecía el franchute aquél, el Marcel Marseau, propiamente. ¡Ah, y no sabés! ¡Encima había tenido la caraduréz de llevarlo al borracho sucio ese que tiene por marido! Oíme, en el barrio le dicen Mulita Puta: todos los días con un peludo diferente. Y no es por decir, pero mirá si será roñoso que le dicen Bandera Nacional: porque antes que lavarse, se quema. Que además es un inútil que le dicen Vestido de Novia: porque se luce una sola vez y, por más que intentes, para trabajar no sirve. Bueno, te cuento: el Colón adentro es una verdadera porquería (llevo fotos) como la inmundicia aquella del Lúb, en París, que ya te conté. Que una iba entusiasmada, con ganas de divertirse un poco y a la final era puro cuadro y estatua, y todo más viejo que la mierda. ¡Cada vez que me acuerdo de aquél viaje me dan las ganas de arrancarme los pelos de las cejas! ¡Ni playa había!
Bueno, el Colón, tanta fama, tanto renombre y es la misma mierda. ¡Ni pochoclo venden! Parece un museo, propiamente. Y hablando de museo, como esa inmundicia de algodón nos había dejado toda la cara pegoteada, quisimos meternos en el baño, pero nos perdimos y terminamos en el Museo de Trajes de Bailarines Notables. «¡Vieja, a mí lo único que me parece notable es el tobul de los bailarines, es!» Y la verdad es que tenía razón, porque había unos libros de bailarines y ópera (que no son galletitas) y toda la mierda esa, y los bailarines tenían unos bultos ahí abajo que para mí que es una enfermedad que les da, de tanto bailar en punta de pie. «Che, gorda: éste se debería llamar “Chica Grande”, se debería. Porque es Mucha... chota. ¡Juá!», gritó el Mauricio Gastón y todo el mundo se dio vuelta. Pero la verdad es que tenía razón. Yo miraba esos zodapes - ¡Y eso que eran bailarines! (que vendrían a ser mismamente como los coiffeurs o los modistos) - y se me hacía agua la boca. El bailarín ese tenía una cosa que, te digo, si yo me lo llego a encontrar, le reviento la cara de un sopapo. Porque, qué necesidad hay, decime un poco. Y ahí el Mauricio Gastón, que no puede con su genio, se acercó a unas chicas que miraban los libros y, señalándose la bragueta, les decía que del gimnasio de esos tipos, a él lo habían echado por demasiado pijón. Te digo que, salvo los tobules esos que te contaba (llevo fotos) el resto: un embole. Y la mayoría de la gente, en vez de sacarse fotos señalando a los pijones de la tapa del libro, como nosotros, se la pasaba mirando el traje de una tipa, Norma Fontenlla, que ni al Mauricio Gastón ni a mí nos pareció la gran cosa (además de que andá a saber quién carajo será esa mina). También hay una trajecito que se llama tu tú (como la bocina) de la mina que bailó algo así como «La Muerte del Pato». Y que el Mauricio Gastón dijo que eso no es joda, porque cuando se te muere la gallina, no manera de revivirla, no hay». Hay un montón de trajes de bailarinas y casi ninguno de esos maricones que bailan en punta de pie y que el Mauricio Gastón me dijo «Vieja, si a mí me llega a salir un hijo que le da por estas mariconadas, le bajo los dientes a rodillazos, le bajo». Y la verdad, que tiene razón. Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Y entonces el Mauricio Gastón empezó a hacer burla, ¿no? Hacía como que bailaba de punta y se reía. Miró a una pareja y les gritó: «¡Qué giles! ¡En vez de tener que hacerlos bailar en punta de pie les convendría contratar bailarines más altos! ¡Juá! ¡Manga de putos! ¡No, si yo tengo razón cuando digo que a los trolos hay que matarlos a todos!» Y eso se ve que no le gustó a un tipo que lo venía mirando fulero de entrada. Y ahí el Mauricio Gastón se puso fulo y le gritó: «¡¿Qué defendé?! ¡¿Qué defendé?! ¡Si defendés tanto es porque también debés embarcar carne por popa, culastrón!». Y como se empezó a amontonar gente vino un tipo de ahí y nos dijo que nos dejáramos de joder. Así que nos alejamos, y mientras el Mauricio Gastón le hacía señas al tipo como que le mojaba la oreja, o, juntando las yemas de los dedos de una mano se la llevaba varias veces a la boca (como diciéndole: Vos te la lastrás) yo me entretuve mirando revistas muy viejas que no se entienden nada (están escritas en chino o algo así) y que se llaman partituras. También hay instrumentos musicales y de esos palos para tocar los violines. Pero ningún instrumento como la gente, no. Solamente de esas porquerías que aparecen en las películas cuando se casa la princesa y situaciones de la alta alcurnia. «¡Llegan a aparecer con esos instrumentos ahí del club del barrio y ya vas a ver cómo se los meten en el orto, se los meten!», gritó el Mauricio Gastón, y la verdad que, como siempre, tenía toda la razón. Pero otra vez nadie le festejó el chiste. Un encanto de jodones, esos. También venden libros. Una mierda, bah. Ah, hablando de tobules. Yo estaba furiosa. Porque después de todo estábamos en un lugar finolis, y el grosero del Mauricio Gastón, con ese asunto de que el género del traje le picaba, se pasó toda la santa noche rascándose las pelotas. Y no así, digamos, disimulando. Como si contaras las monedas del bolsillo. No se: silvando y mirando para otra lado. No. ¡No! ¡¡Así!! ¡¡Así!! ¡Parecía que estuviera batiendo claras, propiamente! Decí que es comprador como él sólo, y después me conmovió, propiamente. Tuvo un gesto romántico que me hizo acordar a cuando éramos novios y me hizo una corona de novia con el papel dorado que viene adentro de los paquetes de cigarrillos. ¡Ay, era de romántico por esa época! Después no sé qué pasó, que le vino a la cabeza la obsesión esa que tiene con el sexo. Bueno, la cuestión es que se había traído de casa uno de esos marcadores al solvente, que no sale. Y, cuando nadie miraba, en una columna, dibujó un corazón y adentro puso Mauricio y la Gorda. Y la fecha. ¿No te mata?
Y a la final, ¿podés creer? nos distrajimos con aquellos disfraces de mierda y casi llegamos tarde, nomás. Suerte del asunto del timbre que te contaba antes; que sino: alpiste perdiste. Decí que el tipo de uniforme nos miró fulero pero nos dejó pasar.
Una cosa que me llamó la atención es que ni puerta pusieron para entrar. No. Una simple cortinita de morondanga, como donde te probás la ropa en los negocios, mismamente. Ahí el punto te pide la entrada y ya nos entraron a mirar fulero de movida. Porque las entradas no son como la de los cines. Son un papelito que te dan enrollado. Tipo cubanito, si los ubicás. Y el Mauricio Gastón los había usado para destaparse los oídos, ahora que los iba a necesitar. Y se ve que al chabón no le gustó nada. Andá a cagar. Y como si eso fuera poco, enseguida, después de una especie de hall, hay como un kiosquito, ¿no? Pero que en vez de vender, te sacan. ¿Podés creer que la tilinga estaba empeñada en que le diera mi tapado? Decí que apareció el chaboncito éste de las entradas para defenderla. Porque el Mauricio Gastón, que es de pocas pulgas, la agarró de la solapita y casi la revoléa, te juro. Te cuento: adentro es grande como la puta madre, en forma de redondel, y las butacas son de terciopelo rojo haciendo juego con los acomodadores, que están disfrazados de Pepe Grillo, pero de rojo. Eso sí: cuesta llegar a las butacas. Porque la alfombra es tan blandengue y esponjosa que se te doblan los tacos, propiamente. Y te digo que el arquitecto que proyectó ese teatro debería estar estúpido de la cabeza, debería. Porque en lugar de hacer como en todos los edificios, que los balcones dan a la calle, pues el señor no. ¡Hizo todos los balcones mirando para adentro, el ignorante! Y unos balcones de mierda, que ni macetas tienen, con lo lindo que quedan. Para colmo ni bien me senté pegué un alarido que todo el mundo se dio vuelta (y la turra de la Trini miró para arriba y puso los ojos en blancos, la muy estúpida). Porque sin decir agua va encendieron el aire acondicionado (que sale de abajo de las butacas) y es tan pero tan frío que sentía que se me metía como un chiflete por debajo de la pollera y me daba como cosa, me daba. Propiamente como cuando sale esa calor de las respiraciones del subte, que se te mete debajo de la pollera y te da como un gustito. Bueno, eso. Pero el calor es lindo, en cambio ese chiflete es como si te tiraran un baldazo de agua helada en la de parir. Yo puse la cartera, para tapar un poco, pero nada. Delante de todo, antes del escenario, hay como un corralito; así de baranditas de madera, como en el saloon de las películas de vaqueros. ¿Las tenés? Después yo pensé que debe ser para que el público no corra a los músicos y los cague a patadas. Mientras esperábamos, el Mauricio Gastón aprovechó para comentarme lo que son las casualidades en la vida del cosmos y del espacio. Que fijate que el teatro este justo se llama Colón: igualito al tano aquél que no sé qué boludéz hacía que paraba un huevo. Y que después de todo era una suerte que le hubieran puesto así. Porque imaginate que en vez de Colón le ponían Magallanes. Decime si es un nombre ese. Parece cosa de pedicuros, propiamente. «¡Tengo unos magallanes en los talones!». Además de que si le ponían Magallanes, cuando la gente empezara con eso de «¡Al Colón! ¡Al Colón!» se iban a confundir y no iban a saber adónde carajo llevarlos, ¿te das cuenta? Como pasaba el tiempo y no empezaba nunca con el Mauricio Gastón (que estaba haciendo unos globos enormes con el chicle) empezamos a chiflar y zapatear, como en el cine. Pero enseguida apareció Pepe Grillo y poniéndonos la cara muy cerca y modulando muy despacito nos dijo que la acabáramos. Ahí me acordé que el Cacho me había avisado que me iba a dar cuenta sola cuando empezaba el número vivo porque la araña del techo (gigante) se iba a empezar a apagar poco a poco. De adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, no me acuerdo. Y justo en el momento en que se apagara la última lamparita se abriría el telón. Y debe ser verdad nomás que el Cacho frecuenta estos lugares porque patente-patente como él dijo. Yo estaba distraída mirando el fileteado del techo y pensando ay madre querida a ver si se nos cae esa araña encima y justo se empezó a apagar la lámpara y entonces se empezó a abrir el telón. ¡Ah, el telón no sabés lo que es! Enooooorme. Y un desperdicio, la verdad. Porque no se avivaron de aprovecharlo como en los cines de barrio para ponerle propagandas de los almacenes, talleres y todo eso. Entonces salieron los músicos y se fueron sentando, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Ya a esa altura el aire acondicionado me había dado unas ganas de mear que creía que me moría. Pero no pensaba darle el gusto a aquella, a la Trini. Para que después te saque el cuero ahí en la peluquería de la vuelta de casa, de la Porota (la competencia del Cacho; aunque él dice que él es un artista y que ella no le llega ni a los talones). Lo que sí es que la gorda ésa mucha sonrisa pero es igual a la otra, la Trini. Que, como bien dice el Mauricio Gastón, si hay espada que no se desafila es la lengua de la mujer. Mejor haría en dejarse de meterse en la vida de los demás y hacerse curar esas várices inmundas como pulpos que tiene, esa.
Entonces volví de mi distracción porque el primer violinista cazó el violín, se paró dando la espalda al público, y dio lo que, según el Cacho, se llama una nota prolongada. ¡Twiiiiinnng! (¡Una mierda, no te vayas a creer!). Y ahí el resto de los músicos se ponen a hacer unos ruidos espantosos y es que afinan sus instrumentos de acuerdo al tono del violinista de la nota prolongada (que decime un poco sino podrían haberlos afinado en sus casas, que les estamos pagando los sueldos con los impuestos. Son simples estatales, después de todo). Cuando la acaban de afinar por fin sale el director (que vendría ser el chabón que tiene un palito y que es el único al que no le dan silla ni instrumentos ni nada, y que aprovechá para verle la caripela cuando entra porque el maleducado te da la espalda todo el tiempo, te da). Ahí hay que aplaudir (la verdad, no sé de qué, si el tipo todavía no hizo nada. Pero en fin). Entonces sí, se digna a darse vuelta y saludar al público. Pero nada de Bienvenidos amigos, bienvenida familia, esperamos que se diviertan en esta noche rutilante ni nada de eso. Minga. Medio que se agacha un poquito. Ni eso. Así, como si mirara si tiene los timbos bien lustrados, y si te he visto no me acuerdo. Se vuelve a dar vuelta y le da la mano al primer violinista y, si hay un solista - puede ser pianista - también le da la mano. Que te digo que ya parecía joda aquello de darse la manito a cada rato, como si no se conocieran. Cuando al fin la acaban con la boludéz esa de los saluditos, el director alza los brazos y ahí sí: mutis por el foro. Repulgue. Silencio absoluto por parte del público. Y entonces sí: chaaaannnn: empieza la música. Y ahí yo pegué un grito, porque tocan más fuerte que la mierda, esos. Y ahí te querés morir cuando escuchás la porquería que tocan aquellos tilingos, te aseguro. La cosa es que mientras esperaba que terminara de una buena vez aquél suplicio, yo me acordaba del Gerardo Sofovich. ¿Lo tenés? ¡El ruso ese que hincha las pelotas con el corte de la manzana y las pulseadas y toda la mierda esa! Me acordaba de él porque ¿viste que en vez de mirar al público (que no sé para qué van, propiamente) el Gerardo éste se pasa todo el programa dándoles la espalda, que decime si es forma? Bueno, lo mismo con el director de la banda esta. ¿A vos te parece? Si no le gusta el público, si se cree tan superior, que se dedique a otra cosa y listo. Un asco el tipo. Encima de lo nerviosa que estaba yo de que se nos cayera esa araña y nos hiciera mierda. Bueno, al rato, cuando uno ya bosteza sin disimular ni nada y sacó las facturas que llevó escondidas en la cartera (y nos hacíamos los giles, pero bien que lo veíamos al Pepe Grillo este que te contaba que cogoteaba mirándonos y haciendo ¡Shhh! con el dedo contra la nariz. Pero sin el sonido, eh. La mímica nomás) parece que termina. Claro, con el Mauricio Gastón, chochos, porque creyendo que había terminado nos paramos y empezamos a caminar para el pasillo. Pero no. Así que, para no pasar por salames, nos pusimos a aplaudir. Bueno, tampoco. Y ya vino de nuevo el tipo de uniforme y nos hizo callar. La tenía con nosotros, el sujeto. Y yo escuché bien clarito que el Mauricio Gastón, dijo por lo bajo: «¡Ma, que te den por el culo, que te va a hacer bien a la vista». Y es que si el director no se da vuelta, no termina el espetáculo, y no se aplaude. Pero paran de tocar un ratito (¡Gracias a Dios!). Bueno, ahí esta bueno porque se puede hablar bajo, toser, ponerle Corega la dentadura postiza, desabrocharte el cinturón, pelar caramelos, bananas, mandarina, etc. Lástima que esto dura mas o menos un minuto, así que cuando, de improviso, largaron de nuevo, el Mauricio Gastón se atragantó con las semillas de la mandarina, se atoró y se puso a toser y a escupir como un buey, el pobre. Enseguida lo teníamos a Pepe Grillo que, en lugar de palmearle la espalda y decirle San Blás, San Blás, con los ojos como agujas le decía que la acabara de toser y que ya mismo levantara el papel de las facturas y las cáscaras de mandarina del piso y se las pusiera en el bolsillo. Te digo que con la cantidad de gente que había yo no se cómo se dio cuenta que las cáscaras eran nuestras. Entonces una vieja que tenía sentada ahí al lado, me dijo (sin que yo le hubiera preguntado nada) que después de ese silencio, cuando el director vuelve a levantar los brazos, te tenés que callar. ¡¿Y quién no lo sabe?!, le contesté, como para ponerla un poco en su sitio. Y yo no le dije nada al Mauricio Gastón, pero me di bien cuenta que el nabo del uniforme ya nos estaba mirando desde el fondo, como controlándonos. Y otra vez empiezan a hinchar las pelotas con esa música de mierda. Para colmo ya no paran hasta el final, me cachendié. Y aquello parecía un telo barato, porque no había una pieza como la gente. Además de que yo estaba furiosa porque me creía que el Colón era nada más que para que cantara el dogor. ¿Cómo se llama? ¡El tano! Pavarotti. Ese. Que será todo lo dogor que quieras pero tiene esa sonrisa de hijo de puta que me empapa la chabomba cada vez que la pela. El guacho sonríe y ¡Plin! se le enciende la cara. Encima este teatro no es como en los cines, que si te aburrís te podés ir a chapar a las últimas filas. Y, si no hay nadie cerca, hacerle un poco chupa al Mauricio Gastón, que las cosas que es capaz de hacer en una butaca de cine son de no creer. ¡Minga! Nada. Acá hay que estar sentada derechita, como con las hemorroides propiamente. Con cara mezcla de emocionada y caracúlica. Te digo más: la vieja de al lado mío se pasó la función con los ojos llenos de lágrimas. Yo también tenía ganas de llorar. Pero por otro motivo, te puedo asegurar. Te digo que a esa altura ya no sentís los pies por el maldito aire acondicionado. De la rodilla para abajo tenés todo entumecido por el frío y sentís como un hormiguéo, como pinchazos. Y ya a esa altura se me bajaban las persianas. Pero no quería ser papelonera como el marido de la Trini, que todo el tiempo lo tenían que codear para que se despertara. Francamente, es como estar casada con un mosquito ese sujeto: hay que matarlo a sopapos para que deje de chupar. Entonces el boncha del palito gira, saluda y la gente aplaude (para que se deje de joder de una buena vez). Y ahí el Mauricio Gastón, que desde que es delegado en la fábrica le da por adoctrinar a todo el mundo, giraba para todos lados y les gritaba a esos imbéciles que no aplaudieran nada. «¡Claaaaro! – decía - ¡Ahora sí! ¡Ahora que quiere que lo aplaudan sí se da vuelta el coso ese! Ahora. ¿No era que nos daba la espalda? ¡Minga de aplaudirlo! Ya van a ver que, si no lo aplaudimos, solito va a empezar a actuar de frente, el infeliz .¡Solito!» Pero nadie le hizo caso. Es más, se empezaron a quejar. Y en eso apareció Pepe Grillo con la cara roja de furia y se ve que había perdido la paciencia porque le dio semejante empujón que me lo encajó de vuelta en la butaca. Yo, muerta de vergüenza, miré para el escenario, pero nada nuevo bajo el sol. El dire que volvía a darle la mano al primer violinista, ”’cho gusto”. Aunque no lo puedas creer, toda esa milonga del saludito, Hola Don Pepito, Hola Don José, al terminar cada tema, que ya parecía joda aquello. Eso sí, cuando a la final termina el bendito concierto, la cosa se pone buena porque se arma la joda. La gente aplaude de pié y grita. El director gira otra vez, levanta los brazos - otra vez te tenés que quedar en silencio - y repite la última parte de la última canción pero con más polenta, con mucha fuerza. Y ahí sí gran quilombo. Joda permitida. La gente, feliz de que aquél suplicio haya terminado, se calza los timbos, aplaude de pié y grita ¡Bravo! (pero acentuando en la “o”. Así: ¡Bravó!), chifla y se tira pedos. Nosotros, para no desentonar, gritábamos «¡Al Colón! ¡Al Colón!». Ahora escuchá: cuando por fin se encendieron las luces, parecía que el escenario fueran nuestros asientos. Porque todos, todos, incluyendo a los músicos, estaban con la vista clavadas en nosotros. Incluso el infeliz aquel del Pepe Grillo, nos miraba y a medida que los demás iban saliendo les decía:«Disculpen. No volverá a ocurrir». Qué es lo que ocurrió sigue siendo un misterio. Porque a nosotros no nos dijo nada. Ni siquiera eso de «Disculpen. No volverá a ocurrir».
Afuera, un tornillo, querida, un frío que casi te dan ganas de volver a entrar. ¡Mirá lo que te digo! Ni bien pisamos la vereda y el chiflete aquél nos dio de lleno, el Mauricio Gastón miró al cielo y dijo «¡Gómez, y la puta que te parió!». ¡Como quince cuadras tuvimos que caminar hasta la parada del bondi! Aunque me parece que nos equivocamos y habría una parada más cerca, porque cuando al fin vino y subimos, la Trini y el choborra del marido ya venían sentados. Bah, ella sentada y el dormido. Pedazo de pelotudo, pensé, ese sí que es un flan casero: lo hicieron para no tirar la leche. Por supuesto que la otra hizo como que no nos vio. Y fue una risa, porque la Trini ya se había sacado la peluca, y cuando nos vio aparecer se le pusieron los ojos así (como cuando el tordo te hace el tacto rectal) y a toda velocidad la sacó de la cartera y se la puso así, toda torcida. Y al rato (y decime si no es una infeliz esa mujer) para hacerse la culta, hacía como que leía el programa (moviendo los labios) mientras se hacía rulitos con el dedo. ¡Y la tarada agarraba el programa dejando el meñique paradito, como hace la gente finolis cuando toma el té! Y hacía que sí con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con lo que leía. Yo, ¿sabés adónde le hubiera metido nuestro programa, no? Decí que no lo tenía más, porque lo tuvimos que usar para envolver las cáscaras de mandarina del Mauricio Gastón. Eso sí, bien que la pesqué que mucho rulito, mucho programa, pero se emboló igual que nosotros. Cuando se creía que no la veía, bostezaba y cabeceaba igual que nosotros. Bien que la vi por el reflejo de la ventanilla.
Y ahora viene lo que te decía de que la cultura une a la gente. Al otro día, volviendo del mercadito, me la encuentro ahí, del Cacho. Claro, en todo el barrio se había corrido la voz de que habíamos ido al Colón. Así que las chusmas estaban que se tiraban al pozo ciego de envidia. Entonces la Nancy, cizañera como ella sola (tanto que le dicen Pañal Elastizado: porque no se le escapa nada) saca la cabeza del secador y nos pregunta ¿Y, chicas? ¿Qué tal estuvo el concierto? Se creó un clima tenso, horrible. Y acá para entenderme tenés que haber jugado al truco por señas. Entre el Cacho, la Trini y yo hubo como un relampaguéo de miradas. Una cosa así, rápida. Desapercibida para las demás, pero que a nosotros nos unió como ninguna otra cosa. Entonces, comprendiendo, dije:
__ ¡Ay, una belleza! ¡Impagable! ¡Nada que ver con lo que ustedes están acostumbradas! Con decirte que con la Trini y el Cacho ya estamos planeando ir juntos de nuevo.
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